Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Imagino

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 25-05-2003 00:00:00

Por Sandra Russo

Sería interesante saber cuántos de los votos que formaron parte del célebre 22 por ciento fueron votos convencidos. Uno tiene la impresión, a ojito, de que buena parte del porcentaje que pasará a la historia estuvo formado por votos a regañadientes, por votos a los empujones, por votos ariscos. Y eso por no hablar de los, a mi humilde entender, mal llamados votos útiles, como si algunas de las mejores cosas de la vida no se lograran cuando uno logra unir lo útil y lo agradable. Como fuere, aquí lo tenemos a Kirchner, asumiendo después de dos semanas sorprendentes. Para empezar, si me remito a la semana pasada y escribo tres o cuatro líneas sobre Menem, va a sonar extemporáneo: es increíble, pero en seis días el tipo fue derecho al pasado. Fue. Para seguir, de la presunta y casi lógica especulación acerca de la debilidad intrínseca de alguien que llega a la Presidencia con la magra feta del 22 por ciento, esta semana pasamos, Kirchner y un montón de gente, a otro estado. Un estado como de fotoshop: no diré que Kirchner esta semana parece más buen mozo, pero sí que sus intervenciones fueron vistas, oídas e interpretadas con una de las mejores predisposiciones que recuerde. Y para terminar (este párrafo), ¿no hay en el aire cierta alegría?
En la capital del tango nos salen mejor el corte, la quebrada y el lamento que la esperanza, y vaya si hay motivos. Hay más posibilidades de encontrar sirenas en el Riachuelo que gente ilusionada por la calle. Y sin embargo, esta semana, la vi. Por estas latitudes las ilusiones se manejan con suma cautela y una considerable dosis de pudor. La ilusión siempre es medio pava, y como nadie quiere pasar por pavo, si es portador de alguna clase de ilusión la comunica más con la mirada que con palabras. Así que ésta fue una semana en la que hubo que estar observando los ojos de la gente. Y juro que la vi ahí instalada, incómoda, ocupando buena parte del brillo en muchos ojos, retenida todavía por la sana conciencia de la realidad. La vi, a esa ilusión, peleándose furiosamente con el cinismo al que hemos ido adhiriendo lentamente, como quien ha decidido no ganar para no correr el riesgo de perder. El cinismo, claro, lo pone a uno a salvo del desencanto, y uno cuando se da por desencantado se da automáticamente por estafado, por engañado y por traicionado, pero ojo: también se da por vencido.
Bueno, entre el anuncio del Gabinete, los dichos de algunos miembros del nuevo Gabinete, N. Kirchner y Cristina F. De Kirchner hablando súbitamente en castellano después de décadas de dirigentes hablando en otra cosa, ciertas peleas que ellos aseguran que van a dar y uno no está seguro de que vayan a dar, pero está convencido de que alguien, alguna vez, debería darlas, el rictus escandalizado y los desbordes histéricos de la legión de comunicadores más preparados para describir el ajuar de Niño No Nacido Menem que para criticar y rebatir, por ejemplo, que toda aspiración de mayor equidad es absurda y retórica si no hay una previa decisión tomada para que la política deje de ser una pantomima y dispute claramente el poder a los grupos concentrados que lo han monopolizado hasta ahora, bueno, todo ese paquetito, esta semana, nos batió como una licuadora de ésas que alguna vez se compraban en veinticuatro cuotas.
Nadie nada en una pileta con agua. Nadar, nadamos, pero todavía nuestras brazadas, nuestros actos de fe, son gestos en el aire, mímicas voluntariosas que se detienen como en el juego de La Estatua cuando Scioli aparece en la tele y vuelve a desaparecer el castellano y reaparecen el todos juntos para adelante, hay que construir el futuro de grandeza que este país se merece, vamos a demostrar que con esfuerzo y trabajo podemos lograrlo, y todos los lugares comunes que son el no-lugar de la palabra, porque con ellos no se habla, se declara. Pero no puedo negar lo que he visto, y tampoco lo que alguien, si me ha mirado bien, debe haber visto en mí. Esta semana vi un brillo diferente en muchos ojos, un embrión de entusiasmo, una ideíta: ¿Y si ahora sí? ¿Y si lo hacen? ¿Y si saben? ¿Y si se animan? ¿Y si hablan en serio? ¿Y si alguna puta vez se produce la alquimia entre los representantes y los representados? ¿Y si de un 22 por ciento y un ballottage malogrado resulta que nace una chance? ¿Y si la aprovechan? ¿Y si a medida que la aprovechan el cinismo se nos borra de los ojos y esta ilusión púber se nos enciende?
Porque después de todo, ¿en qué estamos pensando? ¿Qué hay atrás de este boceto de ilusión? No es nada raro, nada excéntrico, nada que deba mantenerse en secreto. Imagino para alguien, para cualquiera, para todos, un desayuno. Café con leche y galletitas con manteca y miel. Imagino padres que se van al trabajo y chicos que se van a la escuela. Imagino aulas con techo y baños con puertas. Lápices y cuadernos. Panzas llenas. Imagino oficios que permitan vivir. Hospitales en los que se den turnos, se hagan radiografías y se repartan anticonceptivos. Imagino reencuentros familiares a la noche, camas secas, abrigadas, sopa espesa o churrascos, buenos ánimos, paseos en el fin de semana, cada tanto alguna carcajada de ésas que hemos exiliado porque en cada familia hay un desocupado, un enfermo, un depresivo, un violento, una víctima de algún tipo de abuso.
Imagino un lento y sostenido movimiento hacia la equidad, un emparejamiento suave y constante de las posibilidades de cada uno. Un país menos cruel, menos sádico, menos psicópata. Habitado por gente reconciliada con su historia personal, porque con la suma de esas historias personales satisfechas no solamente se construye una sociedad más sana. También, con ese trasfondo de gente no agredida, defendida, protegida, representada, se construye la legitimidad de un gobierno.
Tengo la impresión de que Kirchner asume hoy con su magro 22 por ciento de votos, pero con un caudal mucho mayor de votos de confianza. Es que la pulsión de la fe forma parte de nosotros como el pelo o la estatura. Si habla en serio, no le será fácil. Los perros salvajes no largan los huesos porque alguien les haga saber que no les pertenecen. Y si hay que tironear, habrá que ver de qué modo Kirchner nos hace saber que debemos tironear con él. Si sigue, como hasta ahora, hablando en castellano, es probable que se haga entender.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-20566-2003-05-25.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Anonimatos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 24-05-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

Encontrar al padre puede ser una tarea difícil, aun teniéndolo en casa. Fue imposible para Alec Guinness, hijo de madre soltera que nunca le reveló quién era el suyo. “Debo admitir que mi búsqueda de un padre ha sido mi constante pensamiento durante 50 años”, confesó el gran actor británico alguna vez. Para su amigo John Le Carré, la versatilidad actoral de Guinness, su capacidad para encarnar los personajes más disímiles, la riqueza expresiva de su rostro en consonancia con cada papel, derivaban de una genuina preocupación interior por su propia identidad. El escritor afirmó que la personalidad de George Smiley –el espía inglés que protagoniza algunas de sus novelas y que Guinness interpretó en película– fue “un refugio” para el actor. Tal vez. Lo cierto es que Sir Alec odiaba representar caracteres que se le parecieran. Más bien se buscaba en otros. No deja de ser una manera de practicar el anonimato.
Abundan las anécdotas que registran su deseo de pasar inadvertido. El se complacía en contar que, ya famoso, fue a cenar a un hotel, dejó su abrigo en el guardarropas y el empleado le dijo que no era necesario que diera su nombre para recogerlo al salir. Cuando lo hizo, descubrió que en su contraseña habían escrito “calvo con anteojos”. “Como persona era casi invisible –observó Ronald Neame, productor del film ‘Grandes expectativas’ basado en la novela de Dickens–. Me recordaba a esos muñequitos de mi infancia a los que les ponía distintas cosas y se convertían en soldados o en pilotos.” En la partida de nacimiento de Alec estaba vacío el renglón “Nombre del padre”. Quizás ésta fuera la razón de su afinidad con T. S. Eliot, quien supo establecer: “A nadie le gusta que lo dejen solo con un misterio. Pero hay más que eso. Hay una pérdida de personalidad, o mejor, se pierde contacto con la persona que uno piensa que se es. Uno ya no se siente totalmente humano”.
“Un actor es el intérprete de las palabras de otro, a menudo es un alma que desea revelarse al mundo pero no se atreve, un artesano, una bolsa de artimañas, una bolsa de vanidad, un frío observador de lo humano, un niño, y en el mejor de los casos, un sacerdote expulsado de la Iglesia que por una o dos horas puede convocar al Cielo y al Infierno para fascinar a un grupo de inocentes”, asentó Guinness en sus memorias (Blessings in Disguise, 1985). En sus diarios, que se publicaron gracias a la tenacidad de un editor (My name escapes me, 1995-1996, y A Positively Final Appearance, 1996-1998), lamenta que a su pesar “no puedo ocultar mis fobias, mis enojos y prejuicios, tampoco mi infantilismo y mi frivolidad”. No incurrió en la egolatría tan frecuente en los libros de no pocos actores y actrices –como el estridente y fascista Un cri dans le silence, recientemente perpetrado por Brigitte Bardot–, pero en sus páginas tampoco aflora el ser íntimo de Alec Guinness. Sólo hablan de su estar, de su afuera más que de su adentro, como si representara otro papel, eso sí, carente de malicia, modesto y con humor.
Los excelentes retratos de hombres de teatro notables –como John Gielguld– alternan con anécdotas como la de Ralph Richardson, que brinda “A la salud de Jesús, qué tipo formidable”, o el relato de la ayuda que presta a una vecina para desmalezar su jardín, o las discusiones con su esposa acerca de cuándo y cómo se produjo tal o cual hecho, razón –afirma– por la que escribe un diario. Este hombre, que al mirarse en un film que pasa por la televisora se asombra de verse “muy viejo, muy feo, muy gordo”, fue dueño de una ironía finísima. Le encantaba escuchar los pronósticos meteorológicos por radio: “Es algo romántico –apunta–, tiene autoridad, es fascinante y comprensible. La muchacha que habla tiene buena voz, clara, sin afectación, y trata a todas las zonas con absoluta imparcialidad. Entre muchas otras cosas excitantes, hoy tenemos: “... Finisterre, lluvias intermitentes, visibilidad una milla, aumentandolentamente”. No había juicios morales en su voz cuando agregó: “Dóver, visibilidad diez metros, cediendo rápidamente...”. El subtexto para actores es claro, dice sin decir. Así construyó sus personajes. Los habló también con el silencio.
De abril de 1934 a mayo de 1989 Alec Guinness interpretó 77 papeles en el teatro, 55 en cine, 14 en obras para televisión, obtuvo dos Oscar y fue nombrado caballero del reino por la reina Isabel. Las generaciones jóvenes hoy lo conocen sobre todo como el Jedi Obi-Wan Kenobi de La guerra de las galaxias, en que actuó parecido a sí mismo, con su tono de voz natural y sin maquillaje. Me trajo su recuerdo una reciente proyección de El hombre del traje blanco (1951) y volví a preguntarme cómo pasaba de la ingenuidad camaleónica de su protagonista a la ciega rigidez del coronel británico prisionero de los japoneses en El puente sobre el río Kwai (1957) o a la imperiosidad tranquila del príncipe Feisal en Lawrence de Arabia (1962). Los diarios y las memorias de Guinness probarían que, como es el caso de todo gran artista, el secreto de sus creaciones fue un secreto para él mismo.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-20501-2003-05-24.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Una historia alemana

Archivado en María Esther Gilio • Fecha: 19-05-2003 00:00:00

MARGRIT SCHILLER, DEL GRUPO BAADER-MEINHOF

Hace treinta años fue presentada al mundo como una peligrosa guerrillera, aunque nunca había participado de un acto de violencia. Después de siete años de prisión y tortura psicológica, se fue a Cuba. Ocho años después, “por no poder contar lo que me pasó, nadie me entendía”, recaló en Uruguay, donde acaba de publicar un libro con sus experiencias y de donde acaba de volver, al fin, a su país. La historia de un grupo combatiente que en realidad no quería tomar el poder.

Por María Esther Gilio

–Creo que lo primero que cualquiera se puede preguntar es cómo una alemana vinculada con el grupo Baader-Meinhof vino a dar a Montevideo.
–En un momento salí de Alemania hacia Cuba, donde viví ocho años. Allí nacieron mis mellizos que hoy tienen 14 años. Un tiempo después de llegar empecé a escribir el libro que se acaba de publicar, Una batalla por los recuerdos, donde relato mi experiencia en la lucha armada y la cárcel.
–En Cuba la animaron mucho para que escribiera esa experiencia.
–Sí, insistían pero, luego de que empecé a hablar y a escribir, me di cuenta de que en Cuba nadie entendía bien cómo había sido esa experiencia que yo quería contar.
–¿Cómo que nadie entendía, si ellos mismos habían tenido una experiencia en parte, similar?
–No, no. Ellos piensan que en Europa está todo bien. Son ricos y no tan malos como los norteamericanos, ¿por qué la guerrilla?
–Claro, ustedes ya tenían las cosas por las que ellos habían peleado. Independencia, trabajo, vivienda, salud, educación.
–Claro, pero además les costaba entender cómo se podía luchar en medio de las ciudades.
–Usted hablaba y ellos...
–Nada. No recibía respuesta. Ellos no podían imaginar una lucha así ni tampoco las condiciones de la tortura tal como yo la había vivido. Te doy un ejemplo. Yo tenía en Cuba una muchacha muy amiga a la que empecé a contar sobre mi vida en la cárcel. Yo necesitaba hablar de eso. Pero al poco tiempo ella empezó a llorar y me dijo “No puedo imaginar lo que tú me cuentas”. Ella nunca había salido de Cuba. Esa experiencia se repite a veces acá. A la gente que nunca salió de Uruguay le cuesta entender mi manera de ver el mundo.
–No sé, pero no por las torturas. Aquí hubo torturas, murió gente en la tortura. La tortura psicológica a la que usted llama “tortura blanca” es terrible. Pero una picana en la vagina o en las encías no es menos terrible.
–Sí, claro. Ahora, lo que yo necesitaba, cuando hablaba era sacar eso de adentro. Y no recibía respuesta. Apenas asombro.
–Sintetizando, no le entendían.
–Por eso yo digo que viví ocho años muda en Cuba. Aprendí muchísimas cosas en Cuba pero nunca encontré un intercambio de verdad.
–Después de ocho años decide irse. ¿Por qué a Uruguay? ¿Qué sabía de Uruguay?
–Primeramente yo quería volver a Alemania. Pero tuve una serie de problemas con los papeles. Terminé por cancelar el viaje a Alemania, por el momento. Poco después me enteré de que la Inteligencia alemana había ido a casa de amigos míos a preguntar por qué yo no había embarcado y les habían hecho propuestas. “¿Usted no querría ir a Cuba? Nosotros le pagamos el pasaje para que usted vaya y le haga unas preguntas a la señora Schiller?”, le dijeron a una amiga. Esto fue en el ‘92. Al mismo tiempo me entero de que en la ciudad de Rostock la gente reunida en torno de una vivienda de extranjeros la había incendiado con todos sus habitantes adentro. Y que cuando las ambulancias pretendían abrirse paso las detuvieron al grito de “que se quemen”, “que se quemen”.
–Algunas veces mataron así a familias turcas.
–Sí, muchas veces. Ahí decidí no volver a Alemania.
–Empezó a pensar a dónde ir.
–Sí, primero surgió México. Más cerca de Cuba. Pero no era fácil México. Otra cultura. Es una cultura indígena.
–¿Y Cuba no?
–Nooo. Es verdad que Cuba es otro planeta si la comparás con Alemania. Pero México es todavía más diferente. Sus costumbres. Son tan distintos a nosotros, que me costaba, incluso, distinguir las caras. Sí, no se asombre, a los cubanos les pasó lo mismo con los alemanes. Yo hacía cincoaños que vivía en el mismo apartamento y un día una vecina me dice: “¿Cuándo va a venir tu hermana otra vez?” Yo le digo: “¿Mi hermana?” “Sí, la muchacha que siempre viene.” Para ella todas mis amigas alemanas que me visitaban eran una sola, y tan parecidas a mí, que eran mi hermana. No podía distinguir entre las distintas caras. Porque además están los gestos y la manera de decir las cosas. Tanto en Cuba como aquí, yo digo: “¿Querés un café?” Me contestan: “Bueno”. No “sí” o “no”, “bueno”. Y ahí no sirve el diccionario. Es inútil. Finalmente una pareja alemana que vive acá se comunicó con nosotros a través de amigos de Alemania. Nos dijeron “Ven, te puede gustar”. Yo agarré el mapa y miré. “Aquí está Brasil, aquí la Argentina, y chiquito, en el medio, Uruguay.”
–No lo conocía para nada.
–Un poco por los tupamaros. Bueno, tomé el avión y vine, sola, a ver cómo era. Me encantó.
–¿En qué mes vino?
–En diciembre.
–En diciembre. Era difícil que no le encantara.
–Es correcto. Por otra parte Uruguay no era otro planeta. Había habido cárcel, exilio. Experiencias semejantes. Esto también fue importante para mí. Mucha gente del país había estado exiliada en Europa. No era otro planeta.
–¿Y?
–Fue un aprendizaje brutal.
–Un duro aprendizaje.
–Claro. Si tú vienes con dos niños chiquitos, el padre es negro y los niños una mezcla.
–Sus hijos son lindísimos.
–Sí, son, pero no son blancos. Llegar acá fue muy difícil. Las personas que nos ayudarían no tenían nada que ver con nosotros. No conocíamos a nadie.
–Pero venían con algo de dinero.
–Yo había recibido la herencia de mis padres. Después de pagar los pasajes me quedaban unos 12 mil dólares. Me habían dicho: “No vengas sin tener resuelto el problema de vivienda”. Pensé que con eso podía comprar. Pero vi que no. Mis amigos de Alemania me prestaron algo. Y luego de caminar durante tres meses, me compré la casa que tengo hoy, muy vieja por Millán. Quedamos sin un centavo. Ahí empezó un tiempo terrible. No teníamos trabajo ni dinero y, a menudo, por la mañana, yo no sabía qué dar de comer a mis hijos. Fue un período muy difícil que duró un año. Mis hijos en ese primer tiempo lloraron mucho, extrañaron Cuba. Cuba es todavía más cálida que Uruguay con los niños. El padre, músico...
–¿Saxofonista?
–Sí, extrañaba mucho su ambiente. Vivimos con la enorme presión de empezar desde punto cero sin tener un centavo, ni amigos ni nada.
–¿No buscó algún acercamiento por el lado político?
–No, yo no quería hacer vínculos políticos, yo quería empezar a vivir como la gente normal de acá. Porque nos entendemos o porque nos queremos, pero no porque yo fui guerrillera y represento “algo”. Yo no quería representar nada. Por otro lado, en cualquier parte resultábamos raros. Yo era una mezcla que nadie entendía. Una alemana que había vivido ocho años en Cuba, que hablaba español con acento cubano.
–El acento cubano lo perdió.
–Sí, pero durante un tiempo fui la alemana que hablaba con acento cubano. Y fuera a donde fuera siempre era la alemana. La gente decía “Ah, alemana, ¡qué bien!” Pero atrás aparecía mi marido negro y de inmediato el respeto social se iba al piso. El racismo aquí, existe.
–Sí, existe, sin violencia física, pero existe.
–Y mis hijos sufren eso mucho.
–No son muy oscuros.
–No, pero tampoco son blancos. Y como los niños, a diferencia de los adultos, expresan lo que sienten, mis hijos sintieron que, para los otros niños, ellos no valían mucho. Es decir, sintieron el racismo que aquí sus padres no muestran. Yo lo sentí también. Cuando aquella vecina que me trataba con simpatía, veía a mi marido, su relación cambiaba.
–En definitiva, no se sentía integrada, cómoda.
–A pesar de esto me sentí bien, tengo amigos. Pero igual debo salir de aquí ya que no consigo más que trabajos temporales. En ese sentido no me siento bien.
–No se puede pensar que consiguiera algo en la embajada, el Goethe, el Colegio Alemán.
–No, ahí no me quieren.
–Volviendo a los comienzos de su historia, ¿dónde tomó el avión cuando se fue a Cuba?
–En la República Democrática de Alemania. Había un camino, de tránsito oficial, solamente para gente que debía tomar aviones que no bajaban en Alemania Federal.
–Cuéntenos entonces sobre esos diez años, los setenta, que son la materia de su libro. Para empezar, ¿qué significa RAF? Usted llama así al grupo que en el mundo se conoció como Banda Baader-Meinhof.
–RAF quiere decir, en alemán, Fracción del Ejército Rojo.
–A mí me sorprende la cantidad de años de cárcel que se comió en Alemania, porque usted no estaba vinculada con ningún acto de violencia directa. No había muertes en su currícula. Sin embargo la policía, la Justicia y la prensa la convirtieron en algo así como la estrella del grupo, y le dieron siete duros años de cárcel. ¿Por qué?
–No es fácil de explicar. Cuando me detuvieron era un momento especial porque por primera vez el grupo había matado a un policía. Y, unos días antes de detenerme hubo un tiroteo donde yo participé. Cuando me prenden me presentan en vivo en la televisión a fin de encontrar más rápidamente mi domicilio. Ahí yo reacciono de una manera que ellos no esperaban.
–¿Qué hizo?
–Me dejé caer delante de las cámaras. Entonces los cuatro policías que me custodiaban me tomaron de piernas y brazos y me levantaron la cabeza para mostrar mi cara. Esto produjo un gran rechazo ¿cómo se podía mostrar algo así mientras la gente estaba cenando? Era escandaloso. Pero, además, añadía pimienta el hecho de que mi padre fuera militar y mi madre militante de la democracia cristiana. Resultaba doloroso –eso decían– el hecho de que yo, perteneciendo a una familia como se debe, pudiera salirme y decir “todo es una mierda”. Creo que ellos pensaron que yo me quebraría y terminaría arrepintiéndome y denunciando a compañeros. Mi nombre en primera plana y a varias columnas tenía por fin valorizarme como militante.
–Lo cual valorizaba su arrepentimiento si éste llegaba. Leyendo su libro es fácil ver que los objetivos de la guerrilla alemana eran bastante diferentes de los objetivos de los guerrilleros uruguayos o argentinos. Por ejemplo, en un momento ustedes hablan del psiquiatra italiano Franco Basaglia, quien tiene una importante teoría sobre los manicomios. A mí me parece imposible que a las guerrillas del Río de la Plata se les hubiera ocurrido discutir ese tema. Ustedes disfrutan ya de cosas por las que se pelea en la Argentina y Uruguay. Ya tienen vivienda, educación, salud. La pelea, ahora, se da por cosas mucho menos materiales. Esto trae a la memoria las palabras de Trotsky sobre la revolución permanente. ¿Conseguidas esas cosas, es posible parar? No es posible. No hablo de lucha armada, hablo de la forma de lucha que se elija. ¿Estás de acuerdo?
–Sí, por supuesto.
–En su libro habla de cosas tales como la “aristocracia obrera” o “el desenfrenado consumo”. La lucha de ustedes es también para cambiar situaciones como éstas.
–Claro, los objetivos dependen del momento histórico en que surge un movimiento. Las metas de la Revolución Cubana fueron distintas a las de Nicaragua. En Cuba, la cárcel, ya sea para presos comunes como políticos, tiene por fin castigar. Ellos arrastran esto desde el ‘59. En Nicaragua, la revolución, mucho más tardía, elaboró una relación distinta con la cárcel. Ellos desarrollaron el concepto de educar. Nuestros contenidos, como guerrilla, tienen que ver con la situación cultural de Alemania en esos años. Y también con el problema del hambre en el Tercer Mundo, relacionado con la explotación que sobre éste ejerce el Primer Mundo.
–Otra cosa, a la que alude en su libro, es la corrupción sindical. No sabía que eso pasara en un país con tanta historia sindical. Me sorprendió.
–Claro que no es la corrupción al estilo argentino. Pero es. Cuando terminó la guerra, los americanos se encargaron de estructurar los sindicatos en Alemania. Veo que te sorprende pero no es tan raro. Los alemanes luego hicieron lo mismo en otros países. Tanto los norteamericanos como los alemanes tienen fundaciones, escuelas, donde la gente se forma para el trabajo sindical. Son escuelas donde no entra cualquiera. Está muy bien establecido quién puede hacer la carrera de sindicalista y quién no. Por presión de Estados Unidos se prohibió en Alemania el partido comunista, por ejemplo. Lo importante en este tema es que hoy los sindicatos alemanes tienen bancos, empresas, muchísima plata y son corporativistas.
–¿Corporativistas? ¿En qué se nota?
–En que defienden sus intereses locales en Alemania y no les importa las consecuencias que pueden tener sus acciones en el Tercer Mundo.
–¿Será que conocen bien los problemas del Tercer Mundo?
–Te doy un ejemplo. Tengo un amigo que trabajó en una fábrica que después de años de hacer cosas de uso corriente, cuando se produjo la guerra del Golfo en el ‘91 empezó a fabricar armas. Los obreros sabían perfectamente para dónde iban esas armas. Mi amigo intentó hablar sobre esto, con otros obreros, en el sindicato. No tuvo respuesta. Muchos obreros en ese momento se enfermaron. Era obvio que esto tenía que ver con el hecho de fabricar armas para la guerra, pero primero estaba el trabajo y su dinero. No fue posible ni siquiera hablar sobre el tema. ¿De dónde llegan muchas frutas y cantidad de objetos de madera? De Asia o de Latinoamérica. Y en Alemania se sabe cuáles son las condiciones de trabajo de Asia. Se sabe que los niños trabajan desde muy pequeños. Se sabe que las condiciones son de esclavitud. Se sabe que las flores que vienen de Ecuador las cortan niños que trabajan diez horas por día y reciben, no sé, un dólar por semana. Se saben muchas cosas. Se saben porque grupos ecológicos suelen hacer campañas. Pero el obrero alemán cierra los ojos y amontona todo el dinero que puede.
–En su libro explica cómo en un momento empezó a ver que pertenecía a un país que había cometido un crimen terrible. ¿Leyó, le contaron, cómo fue? Porque sus padres no hablaban.
–No se hablaba en casa, ni en la escuela, ni en los libros. Pero, teniendo yo 13 años, mi padre, borracho, contó riendo cómo habían torturado hasta la muerte a un soldado soviético en Stalingrado. Yo quedé destruida y más tarde pregunté en el liceo sobre las cosas que habían pasado en esos tiempos en Alemania. La profesora respondió hablando de lo terrible que era el comunismo. No se podía hablar del fascismo, siempre contraatacaban hablando del demonio ruso.
–¿Qué le parece? ¿Los alemanes sabían o no sabían sobre los judíos?
–Estoy absolutamente convencida de que sí. Los judíos estaban completamente mezclados con los alemanes y desaparecieron. ¿Cuántos? Seis millones. ¿Dónde estaban? No podían ignorarlo. Sabían.
–Ustedes se relacionaron con grupos guerrilleros palestinos y con otros. ¿Nunca con los tupamaros o grupos de guerrilla argentinos?
–Es probable que sí, pero no lo sé. Yo, dentro del grupo no tenía acceso a determinadas cosas. Por otra parte la RAF tuvo una vida muy corta. Empezó en el ‘71 y en el ‘72 ya estaban todos presos.
–Es más o menos en ese momento que se empezó a discutir sobre la calidad de preso político. ¿Es un preso especial? ¿El trato debe ser igual o diferente al del preso común? En su libro se ve cómo hacen del aislamiento en la cárcel un instrumento de tortura. El preso a menudo era encerrado, solo, en edificios donde no había ningún otro preso. Ni político ni común. En el libro usted escribe: “Durante mi primer paso por la cárcel había permanecido incomunicada, es decir aislada de las restantes presas. Pero las veía cuando paseaban por el patio y ellas me veían a mí cuando era mi turno. Las escuchaba las 24 horas del día porque convivíamos en el mismo edificio, aun cuando las reclusas de las celdas vecinas y contiguas del piso superior e inferior habían sido desalojadas. Las escuchaba reír, gritar, discutir y llorar. Y muchas de ellas, pese a la prohibición de tomar contacto conmigo, intentaban hablarme de ventana a ventana o de pasarme algún papel por debajo de la puerta de la celda, cuando nadie las veía. Estaba sola y excluida, pero me encontraba en un edificio lleno de vida. Estar en Toter Trakt introducía una dimensión de aislamiento totalmente diferente. Estaba sola, a mi alrededor reinaba un gran vacío. No veía ni escuchaba nada. Reinaba el más absoluto silencio. Ni un sonido, ni una respuesta, ni una risa, ni un llanto. Sólo yo. En este vacío todo pierde su contorno. Desaparece la sensación del cuerpo, hasta la percepción de la propia existencia. Y los muros, el armazón de hierro de la cama, los pocos objetos y los propios movimientos adoptan la forma de una espesa papilla”.
–Bueno, eso cambió algo en el ‘75 luego de las huelgas de hambre. Ahí conseguimos que algunos presos políticos estuvieran juntos. La mayoría siguió sometida al sistema de aislamiento.
–Hay una cosa que nunca plantea en su libro y sería interesante saber. ¿Cómo pensaba la RAF conseguir apoyo popular? Para los grupos revolucionarios del Río de la Plata eso era fundamental.
–No para nosotros. Nosotros nos planteamos ese problema de una manera muy distinta. Nos planteamos, sí conseguir apoyo, pero nunca pensamos en hacer una revolución en Alemania.
–¿Cuál era el objetivo, entonces?
–Nosotros queríamos que la gente nos entendiera y nos apoyara. En una discusión que se armó entre los miembros fundadores se dijo, claramente, que no se trataba de que un nuevo partido revolucionario cuestionara el poder para luego asumirlo. Algo así no podía más que desembocar en la parálisis, tal como había ocurrido en la Unión Soviética y, por supuesto, en la RDA.
–¿Ustedes expresaban claramente su rechazo a estos regímenes?
–La RAF siempre expresó su relación solidaria con estos países aunque nunca compartió sus planteos políticos concretos. No se trataba de cuestionar el poder para luego asumirlo. La RAF sostenía que era imposible diseñar en el presente modelos más concretos de una sociedad futura nueva, más justa, porque el camino hacia allí era muy largo y sólo las experiencias de esa lucha generarían nuevas posibilidades e ideas.
–¿Cuál era entonces, concretamente, el objetivo?
–Provocar el colapso del imperialismo a través de una cooperación de los movimientos de liberación del Tercer Mundo con movimientos en las ciudades de Estados Unidos y Europa, bajo la protección de los estados socialistas. Se buscaba, concretamente, la paralización del Primer Mundo hasta desarticular su funcionamiento. La liberación del ser humano sólo sería posible después del colapso del imperialismo.
–Hay otra cosa que me sorprendió en su libro. En un momento, se refieren a la importancia de liberar a Baader y Meinhof, quienes estaban presos. Dejarlos presos significaba que el grupo quedaba sin líderes. Creoque esto es de las peores cosas que le puede ocurrir a un movimiento revolucionario, que el liderazgo esté sólo en manos de una o dos personas.
–Estoy de acuerdo en que ahí hay un error, que las cosas no pueden funcionar así.
–Habla, más de una vez, de actos violentos que, realizados por el Estado alemán se les adjudicaron a ustedes.
–Tanto fue así que terminé poniendo en duda todo lo que decían. Philips Agee, en su libro sobre la CIA, habla de la cantidad de actos que cometía la CIA y se adjudicaban a los grupos de izquierda. Por ejemplo, en Alemania se mataba a un tipo de algún grupo revolucionario y luego se decía que lo habían matado sus compañeros para tomar su lugar. Como esto hay muchísimos casos. Ponían una bomba en tal lugar y decían que habíamos sido nosotros. Yo aprendí, en este tiempo, a poner en duda todo. A partir del ‘45 la CIA mata, pero claro, no lo dice. Hoy, esto está legalizado por Bush. “Se puede matar a quien pertenezca a grupos terroristas.” Antes no se decía tan claramente pero se hacía. Luego ex agentes de la CIA publicaron sus experiencias. En los años ‘70 aparecieron muchísimos libros con este tema. Hubo muchos agentes actuando en América latina, muchos infiltrados en la prensa.
–Al comenzar esta entrevista se refirió a la incapacidad para comprenderla de su amiga cubana. Dijo: “Ella no me entendía, no podía entenderme. Nunca había salido de Cuba”.
–Yo creo que para entender el propio país hay que salir, conocer otros países. Si no, uno no sabe dónde está. Tuve real conciencia del autoritarismo alemán cuando pude hacer comparaciones.
–Pienso que en este aspecto la diferencia con Cuba debe ser grande.
–Te pongo un ejemplo. Imaginemos un borracho en una calle de La Habana. Abraza a todo el mundo. Le dice a todo el mundo que lo quiere. Pensemos en un borracho en Berlín o en Hamburgo ¡Cuidado! Alejate de él porque tiene adentro una enorme violencia reprimida.
–¿Y si fuera en Uruguay?
–Los uruguayos son más parecidos a los cubanos. Cariñosos, solidarios. Me gusta cuando entra al ómnibus un muchacho a cantar y la gente aplaude. Ah, qué bien me siento. Hace unos días subió un tipo casi andrajoso con una guitarra, pero qué voz maravillosa. Saqué diez pesos, los arrollé y se los di. Quedó mudo por un instante y luego dijo en voz muy baja, sin mirarme, “Encantado”.
–¿Y usted?
–Yo dije “Yo también encantada”.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/sociedad/3-20291-2003-05-19.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

De qué parte de la vaca sale el pollo

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 18-05-2003 00:00:00

Por Sandra Russo

Termina la carrera política de Carlos Menem. ¿Algo más terminará con ella? ¿Qué expresó y dejó de expresar ese hombre que en estos últimos meses fue mutando como un hongo transgénico, recorriendo el camino que va desde la soberbia de quien siempre ha sabido esconder ases en la manga, hasta el desequilibrio de quien decreta un día soleado y se sigue mojando? ¿Qué encarnó y dejó de encarnar ese estilo político, el más claro, reconocible y revulsivo de los que surgieron de la mitad del siglo XX para acá? ¿Terminarán con él esos tics argentinos que le permitieron muñequear y despilfarrar desde el patrimonio del Estado hasta cada una de sus promesas? ¿Acabará con él la costumbre autóctona de jurar en vano? ¿O cambiaremos de ídolo y nos dedicaremos a adorar al que, de turno, venga a mentirnos y a llamarnos Marta? ¿Será Carlos Menem y su ocaso el ocaso de las pesadillas que soñamos juntos? ¿O seguiremos atragantándonos con nuestra propia bilis de avivados, de locos lindos, de cancheros, de los más piolas de la cuadra?
Hace unos años, el hijo de una amiga, habitante de un urbano cuarto piso, visitó por primera vez una granja, y allí se animó a hacer una pregunta que lo intrigaba: ¿De qué parte de la vaca sale el pollo? Es gracioso, pero no derilante. Vaca y pollo, desde un urbano cuarto piso y una edad de cinco años, pertenecen a un mismo reino comestible y adquirible en bandejas de supermercado. Parafraseando a ese chico, podríamos preguntarnos hoy: ¿de qué parte de la democracia salió Menem? ¿Son vaca y pollo Menem y democracia? ¿Son vaca y pollo Menem y la Argentina? ¿Qué tenemos de vaca y qué tenemos de pollo los millones que, aun sin haberlo votado nunca, y ni qué decir de quienes sí depositaron en él alguna expectativa, participamos cada cual en su dosis homeopática o descontrolada de la kermesse que acaba de terminar? A su pesar o a su favor, para su consuelo o para su bochorno, Menem fue durante más de una década la síntesis de algo que éramos. Algo un poco sucio, algo un poco raro, algo turbio, algo ignorante, algo falso, algo teñido: como en los ritos nupciales, algo de todo esto tuvo un país para casarse con Menem.
Susana Giménez llevando al hombre rata a su programa, sonriéndole bizca y piadosa, diciéndole “qué divino”. Moria Casán llevando a sus dos maridos a su programa, llorando los tres juntos, reprochándose falta de sexo o infidelidades. Zulemita usando su portacelular de Louis Vuitton. Elsa Serrano, su acento italiano, su maison, sus encajes, sus hombreras. Roberto Giordano arengando en falsete para que todas las chicas del mundo muevan las cabezas. Maradona de visita en Olivos. Samantha y Natalia cacheteándose en lo de Mauro Viale. Matilde Menéndez de weekend con su novio muy joven. Bernardo Neustadt adelantándose al destino y rogando que no lo dejaran solo. Mariano Grondona jugando de mediocampista. María Julia envuelta en pieles y dispuesta a vivir a fondo lo que resta del día. El juez Trovato y su mujer vestidos de gala para salir en Caras. Gerardo Sofovich partiendo la manzana o palpitando el ochola. Julio Mahárbiz: aquííí, Cosquíuííín. Liz Fassi Lavalle luciendo tremendo trasero en revistas de actualidad. El cura Grassi predicando el amor al prójimo en vivo.
Animal print. Animal print por todas partes. Este país fue estilo leopardo durante más de diez años. Fue dorado. Todo era dorado. Dorado como los botones de los trajes de Menem, rojo como la Ferrari, artificial como el bronceado de Donatella Versace, operado como el culo de Manzano y como las narices y las tetas de todas las mujeres que frecuentaron la quinta. Todo fue a lo grande mientras todo era chiquito, como es chiquito Anillaco y como es grande su pista de aterrizaje.
Cuando yo era chica, en la esquina vivía una familia de clase media más bien baja cuya hija se puso de novia con un buen partido. Un día vinieron los padres del novio, de improviso, de visita. La madre de la chica los dejó charlando con su marido, y se escapó por la ventana de la cocina a la rotisería, para comprar una buena cena y hacerles creer a los futuros suegros que ellos siempre comían así de bien. ¿No es una buena anécdota menemista? No me acuerdo si la señora compró vaca o pollo. ¿De qué parte de la vaca sale el pollo? ¿De qué parte de esta sociedad salió el animal print? Usaban estampados tipo leopardo las señoras que se peleaban por la ventanilla en el avión con destino a Miami, y a ellas les regalaban carteras estampadas con falsos leopardos sus maridos, que se sentían más seguros, más viriles y más vivos a medida que aprendían a burlar la ley, cualquier ley. Esa fue la verdadera escuela de la última década: aprender a aparentar, a dibujar, a incumplir. ¿Eso era la vaca o era el pollo? ¿Eso era Menem o la Argentina?
Llegó el ocaso de Carlos Menem, pero habrá que desentrañar qué significa el final de su día, de su vida, de su ida. Uno lo vio recurrir, esta semana, a tantas malas artes, que no puede menos que advertir que son sus artes de siempre, apenas afeadas por su desesperación. ¿Realmente podía esperarse otra cosa de Menem, algo más que la veta putrefacta que exhibió? ¿Quién esperaba grandeza de Menem? ¿Quién confundía el pollo con la vaca o viceversa? ¿Quién podía suponer que, al borde del ahogo, no iba a intentar que todos nos ahoguemos con él? Si Dios existe, Dios quiera que este ocaso sea también el del Menem que expresó, a su pesar y a su favor, el menemismo subterráneo, ético y estético, de tantos otros.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-20252-2003-05-18.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Intriga internacional

Archivado en María Esther Gilio • Fecha: 11-05-2003 00:00:00

A comienzo de los años setenta, Costa-Gavras decidió dedicarle una película a la guerrilla urbana que actuaba en Uruguay. Su mujer, la periodista Michèle Ray, viajó dos veces de incógnito a Montevideo para recopilar información. Desde ahí enviaba a su marido valijas repletas de notas, apuntes, recortes y entrevistas a legisladores, servicios de Inteligencia, penalistas, periodistas y tupamaros. Pero, durante su segundo viaje, los miembros de la Organización Popular Revolucionaria (OPR) decidieron utilizarla para dar a conocer su causa y la secuestraron. El rescate: nada. Excepto una entrevista que ella les realizaría durante su cautiverio y que daría a conocer al mundo en el momento de su liberación. María Esther Gilio, su anfitriona durante aquellos meses, cuenta por primera vez cómo fueron esos días.


Por María Esther Gilio

Era el verano del 71 y Michèle Ray, mujer del director Costa Gavras, llegaba a Montevideo con la intención de observar la cotidianidad de esta ciudad tan difícil de encontrar en el mapa, pero donde transcurriría la historia que su marido estaba a punto de filmar. Tenía pelo rubio corto, lentes de armazón oscuro y un impermeable tan francés que para decirlo alcanza con recordar que era de hule blanco con rayas negras. Tenía 28 años y un aire misterioso, pues “nadie debe saber quién soy. Si se sabe quién soy será fácil imaginar para qué vengo”. “Sí, sí, es necesario mantener el mayor secreto”, dijo, abriendo la puerta de su camioneta, la persona que nos llevaría del Aeropuerto de Carrasco a mi casa en Puerto Buceo, donde Michèle iba a vivir.
La convivencia con Michèle fue fácil. No implicaba cambios de ningún tipo, ni siquiera de la dieta. Nuestro desayuno era igual al francés de la época, sin frutas ni fritos. Y las comidas, con las cantidades de carne que cualquier francés estaba dispuesto a disfrutar con placer siempre que restáramos tiempo a la cocción.
Michèle pareció adaptarse rápidamente al ámbito montevideano. Alquiló un auto con el que partía a las 9 y media y volvía a mediodía llena de anécdotas, fotos, observaciones graciosas y cintas grabadas. Después de almorzar, a menudo me hacía escuchar sus entrevistas, a veces en francés, a veces en un español elemental pero expresivo y salpicado de preguntas que solían desatar en el entrevistado respuestas sorprendentes. Yo no le preguntaba quién le conseguía esas entrevistas que parecían haber sido concretadas antes de su venida y ella nunca me lo dijo. Pero por su grabador pasaron legisladores, directores de semanarios tan prestigiosos como Marcha, abogados conocidos, como el penalista Carlos Martínez Moreno y Alejandro Otero, director de Inteligencia, e incluso algún tupamaro que nunca había caído, o que, si había caído, en ese momento andaba suelto, no sé si legal o clandestino pero suelto. Como dije, yo no preguntaba sobre lo que más me intrigaba: quién conseguía las entrevistas, y ella no me lo decía. Me decía, en cambio, muchas cosas que a ella le parecían bastante naturales y a mí bastante peligrosas. De cómo Dan Mitrione había enseñado a torturar en jefatura y de su paso por Belo Horizonte con el mismo fin pedagógico. Recuerdo el día en que me dijo algo muy elemental pero en lo que nunca había pensado: “Dice Alejandro Otero que los tupamaros van a empezar a caer como moscas; que el movimiento se ha extendido mucho y que la seguridad está en relación inversa con la cantidad”, dijo reproduciendo en un papel el dibujo que había hecho Otero para graficar el fenómeno.

Montañas de datos
Era curioso, pero a mí, que era abogada de presos políticos, periodista y estaba realmente interesada en todo lo que pasaba en ese momento, ella me dejaba con la boca abierta al relatarme anécdotas sobre confusiones policiales que ponían a la policía en ridículo. O episodios cinematográficos que nadie conocía y ponían a los tupamaros en el lugar de los héroes. Un día llegó al colmo, entró de la calle y dijo: “Hoy estuviste en la cárcel y visitaste a Julio Marenales” (Marenales era uno de los líderes de los tupamaros). Quedé paralizada. “A ver —agregó—, ¿quién pudo haberme pasado esa información?”. “Sólo un preso o un guardián.” Sonrió. “Ni uno ni otro.” Era evidente que ni uno ni otro, pero ¿quién? Esos juegos la divertían. Era cuidadosa y secreta, no había que temer que cometiera errores. Pero cómo le gustaba deslumbrarme y asustarme con los misterios a los que tenía acceso, vaya uno a saber cómo. Esta vez, sin embargo, el misterio era sencillo. Esa tarde ella había entrevistado a Carlos Martínez Moreno, quien en la mañana me había visto hablando conJulio Marenales en el cuartito de los abogados en la cárcel de Punta Carretas.
Un mes entero estuvo Michèle en Montevideo recogiendo y ordenando materiales que llenaron dos valijas medianas. Diarios, revistas, observaciones directas de la realidad y más de treinta entrevistas. Ser bonita (durante varios años fue modelo de Chanel), joven y francesa —sobre todo francesa— le abría cualquier puerta. Así atravesaron el ancho mar aquellas valijas rebosantes de fotos, entrevistas y anécdotas escuchadas y vividas. Decenas de entrevistas con las voces de personajes del Partido Comunista, del Partido Demócrata Cristiano, del Partido Blanco como Ferreira Aldunate, Carlos Quijano, Mario Benedetti y muchos otros cuyos nombres podrían llenar media página de cualquier diario. A cada grabación le correspondía un número en el grueso cuaderno de tapas azules de Michèle donde constaban los datos del entrevistado así como aquellas palabras que si bien pertenecían a la charla eran ignoradas por la entrevistadora y, a veces, incluso por el diccionario. Recuerdo a Michèle sentada sobre sus propias piernas en el sillón verde del jardín escuchando aquellas cintas y preguntando: “¿Qué quiere decir ‘la dejó chanta’?” o “¿en el ascensor había dos fiambres?”. Yo admiraba su capacidad para ubicarse en un país que le era totalmente desconocido y un poco la envidiaba por la montaña de información que crecía, a su lado, casi sin esfuerzo. Un día le dije si no me tenía confianza como para que la ayudara en aquella tarea. Dijo que me veía con poco tiempo y que había entrevistados que podían comprometerme. Y más tarde, un poco en francés y un poco en español, como era su costumbre: “Hay dos cosas en las que tú me podrías ayudar si te parece: cantegriles y, si no tenés miedo, la JUP” (en Uruguay “cantegril” equivale a villa miseria; la Juventud Uruguaya de Pie era un grupo de extrema derecha semejante en organización y fines a la Falange española de los años 30, y en su momento se les adjudicaron varios atentados.)
No tenía miedo. La entrevista realizada en un escritorio amplio y elegante, de la Ciudad Vieja, mostró una Michèle que traía a la memoria aquella Marlene Dietrich en no sé qué viejísima película, en la que conseguía, con ojos ingenuos pero llenos de fascinantes promesas, que le entregaran... creo que... un anillo de brillantes que nunca pagaría. Michèle explicó su interés en el tema. En Francia muchos se preguntaban qué había pasado en este país que sentían tan cercano, y en el que habían nacido dos de sus mayores poetas (Julio Laforgue y Lautréamont). “No dos, tres –dijo con calmosa autoridad el entrevistado–. Usted seguramente olvida a Jules Supervielle.” “Sí, claro —dijo Michèle—, Supervielle... yo creo que usted debe tener una explicación que nos permita entender qué está pasando en la Suiza de América.” Dijo Michèle quitándose lentamente los lentes y mirando al entrevistado con sus ojos más ingenuos y sus gestos más seductores. “¿Qué pasó? ¿Por qué?” El entrevistado, un joven de aspecto agradable y ropa bien cortada, habló de la Patria, el Valor, la Democracia, la Verdad, la Familia, la Propiedad, Dios y el Derecho. Un discurso sin fisuras, perfecto en su género. Cuando salimos, Michèle estaba exultante con los resultados. Feliz, aunque nerviosa, me pareció que las manos le temblaban un poco. “¿Te parece que si se entera de quién soy puede ser peligroso?” Le dije que no. En verdad no lo sabía. Pero este episodio que rápidamente fue borroneado por muchos otros que se acumulaban sin descanso fue el que meses más tarde sumiría a Michèle en un temor que demoró en dominar. Pero para esto fue necesario que pasaran 8 o 9 meses.
Faltaban pocos días para que Michèle abandonara Uruguay cuando llegó quien había sido guionista de La batalla de Argel y lo sería de la película de Costa Gavras que se llamaría Estado de sitio: Franco Solinas, un hombre en los cuarenta, delgado y de mirada cálida del cual recuerdo sobre todo sus largos silencios. Pasó una mañana conversando con Michèle yconmigo, tomó mate, quiso saber si ese amargo profundo era provisorio o permanente e hizo algunas preguntas sobre la Toma de Pando por los tupamaros, pues esa historia lo fascinaba. Cuando a las 3 de la tarde Solinas se fue, luego de comer fettuccini ai vongoli con uno de aquellos vinos ásperos y negros como el rencor que tomábamos hace treinta años, estaba segura de que el tema del film de Costa sería el relato central de mi libro sobre la guerrilla, cuyo tema era, precisamente, la toma de Pando por los tupamaros. Un mes más tarde recibí una carta de Michèle donde me decía que habían llegado a la conclusión de que Pando era demasiado “cinematográfico” y, sobre todo, demasiado local. Habían elegido el caso Mitrione, el cual planteaba alguno de los manejos norteamericanos respecto de América Latina. Un tema extensible a toda la región y políticamente más eficaz.
De cualquier manera, aquel día, cuando Franco Solinas salió, quedamos Michèle y yo fantaseando sobre el futuro film, hasta que Michèle dijo: “¡Pero Dios! Yo no conozco Pando”. A la mañana siguiente salíamos para allí, donde Michèle quiso verlo todo. La Plaza, la iglesia, el Banco de Pando, la comisaría y el cuartel. Comenzaba el verano y Pando, humilde y limpia, resplandecía bajo un sol que embellecía lo que tocaba. Michèle pasó de desanimarse ante la pequeñez de esa ciudad tan famosa a entusiasmarse con la plaza toda verde y sobre todo con un viejo que tomaba mate en la puerta de su casa y estuvo dispuesto a contarle, entre mate y mate, aquel hecho ocurrido hacía tres años, cuando un grupo de “partidarios de Fidel Castro” habían querido tomar la ciudad. “Vaya uno a saber para qué. Todos locos.”
Cuando ya salíamos de Pando, nos sentamos en un bar de carretera y pedimos papas con huevos. Michèle estaba eufórica. Hablaba de la calidez de la gente de Pando y, cuando trajeron la comida, con risa incontenible por la cantidad de huevos fritos —ocho— que cubrían sin dejar ver el fondo de la fuente redonda de aluminio.
Este país
Michèle se fue a comienzos de febrero. Volvería. Con seguridad volvería, pero no sabía cuándo. Volvió ocho meses después, a fines de octubre, cuando faltaba un mes para las elecciones. Con ella venía una cámara cuyo tamaño era equivalente a cuatro de las que vemos hoy. Su ropa volvió a sorprenderme. Jean celeste, camisa de popelina blanca y saquito de lana azul atado a la espalda. Me imaginé a mí misma llegando a París con la infaltable ropa de llegar a París: tailleur de casimir azul, negro o beige, invariable cartera de buen cuero, collar de perlas falsas, pero españolas y blusa de seda natural, si la hubiera tenido. París es París, nosotros la provincia y eso es así en cantidad de detalles. Michèle, como la vez anterior, alquiló un auto y contrató a tres jóvenes, dos cameramen —Mario Handler y Alejandro Legaspi— y a un tercero para iluminación y sonido de pelo negro muy enrulado, cuyo nombre olvidé. Su objetivo, esta vez, era llevarse todo lo que pudiera trasmitir el clima de las elecciones. No hubo acto, manifestación o pintada que Michèle no registrara. Le costaba creer que el Frente no ganaría. La discusión sobre este tema consumía gran parte de nuestras conversaciones. “¿Cómo? —decía— Los colorados son menos de la mitad que el Frente. ¿No vimos hoy de tarde los ómnibus que llegaron de no sé qué lugar de la provincia cargados de gente para llenar la plaza y así ocultar la pobreza de partidarios?” Yo insistía con la misma argumentación una y otra vez. “Cuando hay un acto del Frente van todos: el bebé de dos meses, la bisabuela y el perro.” Esto hasta el cierre de campaña en la Avenida Agraciada, en que también yo me subí al carro triunfalista. Creo, no estoy segura, que fue Lenin quien dijo: “La cabeza fría y el corazón caliente”. Pero, ¡Dios mío, cuando el corazón se calienta tanto, la cabeza, por más que trate de defenderse, termina calentándose! Es inaceptable, esvergonzoso y puede ser nefasto, pero no somos perfectos. Después del último acto del Frente —no sé si habrá habido uno más hermoso en la historia de los partidos políticos del mundo— la cabeza se me calentó y pensé que ganábamos. “Tenés razón, Michèle, vamos a ganar”, “C’ est bien ça”, dijo Michèle levantando la cabeza con aire de triunfo. Había filmado la manifestación desde un balcón y estaba deslumbrada. “Este país”, decía, a veces con admiración, a veces con ternura. “Este país.”
Cuando me levanté, el 28 de noviembre, Michèle ya no estaba. Había salido a las 7 decidida a filmar todo lo que se le pusiera delante. Los viejecitos de cualquier partido que llegaban a las urnas casi arrastrándose, los niños que repartían volantes en las esquinas, las mujeres sentadas en la cercanía de los locales de votación con listas partidarias. Cuando al anochecer llegué a mi casa, Michèle no había vuelto y no volvería hasta muchas horas más tarde. Estaban, en cambio, ya en casa, frente al televisor, además de la familia, un periodista amigo a quien solía dar información para su diario en Suecia, Bobby Sourander y Carmen Correa, corresponsal de una revista y un canal chileno en Buenos Aires. El ambiente era de júbilo. El Frente ganaba.

El secuestro
A las tres de la mañana mis hijas ya habían subido, Michèle no había llegado, el júbilo se había consumido y los que estábamos aún ante la pantalla, no esperábamos el milagro que lo trajera de vuelta. El dolor era muy grande, sin embargo no se trataba de un sentimiento desconocido, lo único diferente a otros del pasado era la cantidad de esperanza que esta vez nos había envuelto. ¿A partir de qué? De la cabeza caliente. Amanecía cuando me dormí y eran las 9 cuando desperté, pues alguien andaba caminando por la casa. Abrí los ojos y vi, de pie en la puerta de mi cuarto, a una chica que miraba hacia la puerta del baño que hacía ángulo con la mía.
—¿Qué hacés ahí? —dije.
—Estoy esperando a Michèle.
—¿Por qué no la esperás abajo? —dije y cerré los ojos. Unos minutos
después volví a abrirlos. La chica seguía allí, pero esta vez vi el revólver pequeño y negro que tenía en la mano, y con el que apuntaba a Michèle, que salía del baño envuelta en una bata turquesa, con un rostro tan blanco como sólo recuerdo haber visto en las estampas japonesas. Con un gesto de la mano apartó unos centímetros a la chica y se tomó del marco de la puerta.
—¿Qué pasa? —dije.
—Es la JUP, quieren llevarme —dijo.
La chica le indicó que entrara y ella entró detrás mientras con el revólver apuntaba, lentamente, a todo el perímetro de la habitación; se detuvo cuando vio que allí sólo estábamos mi hija de 13 años y yo.
—No somos la JUP —dijo, y creo que sonrió.
—Sí, sí —dijo Michèle, sentándose en mi cama.– Sólo puede ser la JUP.
Yo miraba a la chica delgada y bonita, de pelo corto y negro esperando que dijera algo. Pero no dijo nada y se volvió hacia la puerta, por la que en ese momento entraba un joven de 24 o 25 años, pelo revuelto y, creo, no puedo asegurarlo, revólver calzado en la cintura. ¡Mi Dios!
—Dejen salir a mi hija —pedí.
—No, no va a pasar nada.
—Pueden encerrarla en el baño.
—No, no es necesario, no va a pasar nada. No somos de la JUP.
—No precisan ser de la JUP para que se les escape un tiro.
—No se va a escapar nada, somos OPR (Organización Popular Revolucionaria) —dijo el muchacho. Y mi hija, con el aire de hablar a una visita corriente:
—Si venís de la calle sabrás qué pasó, al final, con las elecciones. El muchacho se disponía a responder cuando yo lo interrumpí:
—No les preguntes a ellos cómo fueron las elecciones porque a ellos no les interesan las elecciones.
—Claro que no. ¿De qué sirvieron hasta ahora las elecciones? Estamos viviendo una dictadura disfrazada de democracia. ¿A quién le importa? ¿Qué hace el Parlamento? —dijo el joven.
Mientras tanto la chica se había agachado y apartado hacia un ángulo del cuarto desde donde nos miraba sin apuntarnos, aunque el revólver seguía en sus manos. Volví a insistir con que dejaran salir a mi hija pero ahora fue ella quien se opuso:
—Ah, qué viva que sos, yo quiero estar.
Me di vuelta para decirle que no era momento de desobedecer pero sonó el teléfono.
—¿Qué hago? –pregunté.
—Atendé con naturalidad —dijo la chica.
Era una amiga:
—¿Qué me decís? ¿Cómo estás?
—Con dolor de cabeza. Más tarde te llamo —dije, corté y me volví hacia el muchacho para que me explicara por qué el OPR quería secuestrar a Michèle Ray. Pero Michèle no los dejó hablar y me tomó del brazo. Quería saber por qué yo pensaba que no eran de la JUP.
—Mírales las caras —dije sin darme cuenta de que tal argumento tenía una base muy respetable, pero poco respetada: la intuición femenina. Me volví hacia la chica.
—Dicen que son OPR, muy bien, ¿para qué se llevarían a Michèle?
—Si Michèle Ray, esposa de Costa Gavras, es secuestrada, el mundo se va a enterar. Cuando ella sea liberada, dentro de tres días, deberá publicar una entrevista que en esos días habrá hecho a nuestro grupo.
Michèle, nerviosa, no conseguía entender.
—¿Qué dicen? —preguntó. Le expliqué.
—Pero ¡cómo! ¿Quién va a creer que no fui yo misma quien organizó este secuestro? Es lo que hice en Viet Nam: me metí en territorio del Vietcong para que me secuestraran y así escribir un libro sobre el Vietcong, cosa que hice cuando me soltaron, dos meses después. ¿Qué puede decir el mundo de este secuestro? “¡Otra vez Michèle con sus historias!” Dígame, ¿quién va a creer que no fui yo quien armó esto?
Yo decía más o menos lo mismo y mi hija, desinteresada de esta historia antigua, repetía:
—¿Por qué ustedes no creen en las elecciones? Mamá, ¿por qué ellos no creen en las elecciones?
Allí dijo Michèle:
—No deben creer en el Parlamento y esas cosas que proponen las
democracias burguesas.
—-Sí —dijo el joven de remera blanca—, por ahí va.
Tan familiar y amable era a esa altura el ambiente que sólo faltaba
preguntar si no tomarían un café antes de seguir tramitando el delito. En eso estábamos cuando de pronto todos quedamos en silencio. La puerta del garaje había sonado como una bomba y alguien, después de tropezar con la bicicleta y lanzar un ¡ay! de dolor y fastidio, había empezado a subir la escalera. El silencio nos invadió hasta el último rincón del cuarto cuando asomó una cabeza joven, de pelo lacio y castaño que, con aire furioso y también contenido, preguntó qué estaban esperando para moverse. En menos de un minuto Michèle se vistió, puso dos o tres cosas en un bolso y se acercó a la escalera con expresión de niña obediente. La chica del pelo negro le puso unos lentes oscuros que le tapaban la mitad de la cara y un pañuelo floreado en la cabeza y la tomó del brazo con intención de bajar. Observé que el revólver había desaparecido de escena. Michèle, suavementese soltó para abrazarme. Al hacerlo vi que aunque no estaba del todo serena, la JUP ya no ocupaba un lugar protagónico en su conciencia.
—¿Estás tranquila? —le pregunté.
—Sí. Estos no son JUP, tienen otro discurso. No va a pasar nada.
Al bajar la escalera se cruzaron con Amneritas, la hija de los vecinos que venía subiendo y dijo sorprendida a mi hija mayor que acababa de
levantarse:
—Qué raro, Michèle no me saludó.
Una hora más tarde llegó el comisario de zona, a quien le dije todo lo que deseaba saber.
—Tres jóvenes; una chica y dos muchachos. La chica 20 años, los muchachos algo más.
—¿Dijeron que pedirían dinero?
—No, no creo que piensen pedir dinero. Quieren que ella les haga una
entrevista.
—La gente está cada día más loca, para salir en los diarios hace cualquier cosa.
Ya se iba cuando se volvió:
–¿Por qué esperó 15 minutos para hacer la denuncia?
—Eso fue lo que los secuestradores me ordenaron.
—¿Siempre es tan obediente?
—Siempre que me amenazan con un revólver.
Me miró con fastidio. Creo que tenía ganas de decir “no se haga la graciosa”, pero no dijo nada.
Esa noche Costa Gavras llamó desde París. Estaba tan nervioso que resultaba difícil entenderle.
—¿Por qué la llevaron? ¿Qué quieren?, ¿qué quieren?
Yo decía:
—No es peligroso, mañana o pasado la sueltan. Quieren que Michèle les haga una entrevista.
—Ah, no... ah, no. Son idiotas.
—Una entrevista mientras está secuestrada.
—Igual son idiotas. Espero que no sean asesinos.
—No, claro que no.
Durante los tres días siguientes Costa llamó cada cuatro o cinco horas y yo no me moví de al lado del teléfono. A veces sola, a veces con hijas o amigos, a menudo con Bobby Sourander, el corresponsal sueco que se había tomado el secuestro como algo personal.
Era cerca de medianoche, Bobby y yo tomábamos café en la cocina, hablando del ineludible tema. Mañana de mañana se cumplen los tres días, dijo el sueco mirando el almanaque de su reloj cuando sonó el teléfono. Era Michèle.
—Estoy en un bar frente al Parque de los Aliados —dijo con una alegría que hacía temblar el teléfono. En unos 15 minutos la estábamos recogiendo.

Imposible saber qué hablamos en los minutos que separan el Parque de los Aliados de mi casa. Michèle no cesaba de decir que había sido muy bien tratada, pero su insólita excitación permitía pensar que, a pesar de todo, sus nervios se habían tensado.
–¿En algún momento pensaste que podrían matarte? —preguntó Bobby.
–No, claro que no —dijo Michèle.– Aunque eso no se sabe nunca porque...
–¿Porque qué? —quiso saber Bobby.
–Pueden ocurrir cosas... Que llegue la policía a salvarme, por ejemplo.
Y de pronto, muy seria:
–Tengo tantas ganas de hablar con Costa y los niños. Y tantas ganas de bañarme y cambiarme.
–Pero Michèle... –Sí, quisiera que ellos sintieran que estoy otra vez en mi vida normal. ¡Me voy a bañar! —dijo corriendo hacia el piso alto cuando llegamos. Un minuto después la oímos bajar, otra vez corriendo:
–¿Estaré loca? —dijo— Lo primero es llamar.
Llamó. Habló con su marido. Luego nos contó:
–Los niños están bien; Julie pregunta por mí muchas veces al día; Alexander, como es su estilo silencioso, escucha todo lo que se habla y no pregunta nada, pero se lo ve apagado.
Había hablado con Costa con voz firme y alegre. Después de contarnos esto dijo:
–En París son las cuatro de la mañana –y se echó a llorar. Puso el rostro entre las manos y lloró un rato en silencio.
Luego, mientras ella se bañaba Bobby y yo hicimos su plato preferido: tortilla de papas.
Recién dos horas después hablamos concretamente de los días pasados en el encierro.
–Estaba en un cuarto muy pequeño. Para ir al baño debía pedirlo y alguien me acompañaba los seis o siete metros que separaban el baño del cuarto. Algunos sabían francés, pero en general hablamos español; incluso decían que mi español era bueno. Nunca fui presionada en ningún sentido. Hablamos muchas horas. Ellos deseaban que yo conociera la situación de América latina en general y de Uruguay en particular. Me parecieron inteligentes y apasionados, sobre todo cuando hacían referencia a la presencia de Estados Unidos y su presión sobre las políticas internas de todos estos países. Me hablaron de la falta de coincidencia que tenían con los tupamaros —dijo. Y quedó en silencio.
Bobby y yo esperamos. Finalmente, agregó:
–Siempre lo mismo: la derecha no tiene fisuras. La izquierda, siempre. Veo a los tupamaros como inclinados hacia el socialismo y a estos jóvenes, al anarquismo. Lo que comparten son los fundamentos morales. Me interesó la charla con ellos. Me hubiera gustado ver sus caras.
–¿Qué harás cuando vuelvas?
–Me van a entrevistar. Trataré de transmitir sus ideas. También escribiré algo, eso les prometí.

Pocos días después volvía a Francia.

He vuelto a ver a Michèle en Río, donde su marido estrenaba Amén. Cada vez que nos vemos —cuatro en treinta años— hay algún momento en que recuerda el secuestro. Si estamos solas alude al hecho con una sonrisa preguntando si volví a ver a alguno de aquellos jóvenes. Si estamos con gente busca mi complicidad y cuenta el secuestro con cierto suspenso. Esta vez el público era de excepción —un director italiano joven, Rosana Pastor, actriz española de Tierra de libertad y Román Polanski, que estrenaba en el Festival de Río El pianista. Cuando el relato terminó Michéle se volvió hacia mí:
—Si ves a alguno de aquellos muchachos mandales un abrazo.
Tal vez esta nota sirva para cumplir con el pedido.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/radar/9-734-2003-05-11.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Presentes

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 10-05-2003 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Ante el últimamente tan apreciado mal menor para el 18, debería este cronista con opinión escribir hoy su modo de ver sobre lo que nos espera. Pero no, no voy a hablar hoy de torturas morales argentinas. O acaso también son males menores la candidatura del subcomisario Patti –asesino y torturador, obediente debido– o la del militar Rico, dos veces golpista contra la democracia con tanques y ametralladoras, o más vergonzoso todavía: la candidatura actual a intendente de Tucumán del general Bussi, el terrorífico represor de esa provincia, con centenares de desaparecidos. No, contra esos cánceres de la política argentina nacidos de las mafias políticas que nos dominan con sus contubernios de Olivos o, peor, del Parlamento de la obediencia debida y punto final. No, hoy vamos a hablar de un acto realizado por quienes no olvidan, los hombres y mujeres del coraje civil. El recuerdo de la matanza militar de los estudiantes de Bellas Artes de La Plata cometidos por Videla y secuaces y edulcorada por Alfonsín y los caguetas de siempre con el brazo parlamentario levantado. Sí, hay 23 estudiantes del Bachillerato de Bellas Artes de La Plata desaparecidos. Es decir, asesinados con toda crueldad y cobardía. Veintitrés estudiantes que recién aparecían en la vida. Y una docente, la directora del Instituto, Irma Angela Zucchi, secuestrada y desaparecida. Esta semana se los recordó y la placa ya figura en el aula principal. Todo fue un emocionado “No” rotundo al olvido. En el acto realizado en esa casa del arte pude decir estas palabras:

Ya están sus nombres, en su instituto del Bachillerato de Bellas Artes de La Plata.. La profesora y sus alumnos. Desaparecidos. “No están ni muertos ni vivos”, decía el uniformado embajador del crimen y la tortura. No están ni muertos ni vivos, están desaparecidos, y lo repetía para convencerse de que los cobardes lo iban a entender. Ni muertos ni vivos, desaparecidos. Para nosotros no están ni vivos ni muertos, están presentes. Presentes, siempre. Con sus voces y sus risas. Vienen a las aulas y se los escucha. El general con olor a cadáver los quiere hacer desaparecer, una y otra vez, y ellos regresan. Se mezclan con los nuevos, con los rostros de los viejos que pasaron y pasaron con sus cuadernos, sus carpetas, sus sueños y sus recuerdos. El general desaparecedor ha cerrado los postigos de las ventanas porque se oían trinos de pájaros cada vez más fuertes. Es su derrota total, su goce solitario son los ayes de los torturados, de las madres por dar a luz, los balazos en la nuca de la muerte, y de pronto comienza a correr contra la pared porque oye trinos y risas juveniles de los miles en recreo en las casas de estudios. Todos los institutos de enseñanza tienen alumnos que fueron muertos por la espalda, muertos cuando estaban desarmados y atados, muertos por querer más color verde y más risas en los barrios de la pobreza.
El general se esconde porque los ojos de los 23 alumnos muertos y los de Irma, la incansable docente, lo han comenzado a observar preguntándole ¿por qué? ¿por qué no la palabra y sí el arma de fuego, las esposas, el golpe de furca, la rotura de las manos, el apagar los ojos límpidos con las máscaras del miedo y la cobardía, la picana eléctrica? ¿Para qué? Para matar la Libertad, para dar lugar al latrocinio del dinero, a los negociados de los delincuentes del bolsillo maloliente. Y nuestros estudiantes en las calles diciendo no al crimen, a la miseria, a la sociedad injusta. Y qué razón tenían hace treinta años cuando vemos nuestro país de hoy, la pobreza de nuestras escuelas, la miseria de los barrios pobres, el estado de nuestros hospitales. La tristeza, la tristeza. Y ellos buscaban un merecido país nuevo, cubierto de espigas y de cuadernos. Querían pintar el país con verdes, rojos, y azules profundos y retratarlo en moles de dioses sonrientes y de mano abierta. Trabajaban con los sonidos, los colores y las formas, pero con la palabra justiciera. Ellos fueron asesinados y nos fueron robados, y sus asesinos están vivos, con empresas de custodias o candidaturas políticas de los partidos políticos de siempre. De sus cuerpos sale un olor a podrido que ahuyenta, sus ojos parecen tiros en la nuca, sus rostros son las veinte maldiciones bíblicas pintadas por nuestros estudiantes. Muecas del horror. Son asesinos y quedarán asesinos y con ellos sus colaboradores civiles, los que juntaron mucho dinero, los vendedores y compradores de armas, los crueles que mataron vidas jóvenes, ilusiones maravillosas, planes solidarios. La vida nueva. Eso que vemos en los rostros de los queridos amigos caídos, de los estudiantes traicionados, de la linda gente del futuro.
Ya vienen, ya están aquí, al lado de cada uno de nosotros están María Paula y Jorge Omar con sus vestidos y peinados de los años setenta. No han perdido ni un ápice de juventud ni de guapeza. Y veo los ojos de María y de Jorge, de Domingo Inocencio y de Patricia Graciela. Acaba de entrar María Claudia con un rollo de cartulinas y Luis Ignacio con modelos de yeso. Quieren ayudarnos a construir el futuro. Y el resto de sus queridos cofrades los aplaude y ríe. Francisco Bartolomé estalla en carcajadas y la querida profesora Irma Angela Zucchi los mira a todos con una sonrisa comprensiva e infinita. Sí, acaba de entrar, los estudiantes siempre miraban con curiosidad los altos tacos de sus zapatos rojos, porque ella era así, siempre diciéndole que sí a la vida, y empezaba las clases con la palabra cosmovisión y su apasionamiento por los nuevos inventos de la ciencia que hacía abrir la boca a todos de pura curiosidad, Irma Angela, la profesora del optimismo. Desaparecida diría hoy el general flaco que vive frente a la Iglesia Castrense y repetiría: ni muerta ni viva, desaparecida, mientras mueve sus ojos de rata que devora todo lo tierno.
Pero aquí no están el general desaparecedor ni ninguno de sus obedientes debidos. Aquí están nuestros queridos de esas ideas nuevas. Son nuestros héroes. Ellos no tenían nuestro problema mezquino actual de votar al mal mayor o al mal menor.
La épica los va llamando, los va citando, nuestras felicitaciones a quienes tuvieron el coraje civil de traerlos aquí a esta aula. Los vemos con sus rostros más jóvenes que nunca. Se quedaron jóvenes, no los vamos a ver jamás viejos. Pero eso sí, la profesora Irma Angela Zucchi siempre estará vestida a la moda, diciéndole que sí a la vida. El general flaco con cara de rata no va a poder impedir jamás eso a nuestra recordada docente, se quedará mordiendo las uñas en su balcón mirando su iglesia castrense de Palermo.
Esta es la fiesta del regreso de los dieciséis estudiantes bulliciosos y bromistas y de las siete estudiantas bellas y sonrientes, sí, siete jóvenes mujeres destrozadas por la rata de la iglesia castrense, siete jóvenes mujeres, siete jóvenes mujeres. Y de Irma Angela, la maestra del futuro, que con sus tacos altos mostraba la Argentina de la generosidad y del bello futuro.
No podrán matarlos a ellos ni los milicos con cara de rata ni los políticos del Punto Final y la Obediencia Debida. Serán recordados y amados por esta generación y las próximas generaciones que vayan poniendo las bases de un oasis de la dignidad. Cuando nuestras pampas no sean tierras de inundados y de niños hambrientos y de casas abandonadas de emigrantes. Cuando logremos que sea una tierra latinoamericana generosa con sus niños, sus jóvenes madres y el pensamiento liberador de sus jóvenes héroes.
Sueño que alguna vez los alumnos del Bachillerato de Bellas Artes levanten un generoso conjunto escultórico a sus puertas, con el gesto y los rostros libertarios de los 23 caídos en sus sueños y la guía de Irma Angela, con sus tacos altos. Gracias a todos, por esta dignidad de hoy, gracias, queridos desaparecidos que cada vez más adquirís vida y perfil de héroes de la solidaridad, la palabra sagrada de los pueblos. Aplaudamos a vuestras Madres, las inconsolables pero plenas de orgullo por vuestras vidas.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-19917-2003-05-10.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

8 de mayo, 1945

Archivado en Jack Fuchs • Fecha: 08-05-2003 00:00:00

Por Jack Fuchs

En agosto del ‘45 nos sorprendió el espanto de Hiroshima, el mundo entero se horrorizó. Pero sólo un año antes, en Varsovia, se había asesinado a un número semejante de personas y el mundo entero fue indiferente. Siempre, desde siempre, hay una gran ansiedad, un inmenso coraje para destruir. Cadáveres, escombros, ruina. ¿A qué clase de juego pertenece esta voluntad tan humana? Y el juego de la destrucción se completa después con un movimiento compensatorio: hay que levantar, recomenzar, construir sobre el polvo viejo de la muerte. La guerra es exuberante, llega muy lejos en su seriedad; en sus preparativos sombríos pone en juego la vida y la muerte como cartas echadas de un juego vertiginoso, inevitable, desenfrenado, y los hombres nos dejamos fascinar tanto por ella, nos esclaviza tanto la matanza, nos arrastramos tanto en la embriaguez de la violencia, tanto confesamos nuestra común servidumbre en la guerra, nuestra falta de soberanía. ¿Y a qué nos somete la guerra? No sé. Pero el siglo XX, el siglo de los grandes avances técnicos, de los grandes progresos en la ciencia, en la medicina, en la física, en la química, fue sin embargo una época cualitativa y cuantitativamente asesina. Se sabe cómo fisionar el átomo pero no se resuelve algo tan elemental como la alimentación. Falta pan, hay muertes por hambre. El trabajo diario de una persona durante ocho horas bastaría para alimentar satisfactoriamente a 150 hombres. El sufrimiento de un niño con hambre basta para comprender que no se avanzó en nada, que no se aprendió nada. La luz del siglo XX, la gran iluminación del mundo, se produjo bajo el auspicio de 190 millones de cadáveres, de los cuales sólo 30 millones fueron soldados.
Se cumplen ahora 58 años desde el fin de la Segunda Guerra, en todo este tiempo traté de comprender, de un modo contradictorio y casi siempre prescindente de premisas lógicas, la experiencia que me tocó en suerte, reconozco mis limitaciones, no sé si haber sobrevivido a los campos es un dato que pueda orientarse en el sentido de la comprensión, a veces creo que sí, creo que conozco algo de la crueldad y la barbarie que duermen en el corazón humano, a veces pienso que sólo estoy confundido, enredado en un problema que no tiene solución. Me consuelo, me digo lo que suele decir un amigo muy querido: “Un problema que no tiene solución quizá no es un verdadero problema”. Pero hay asuntos que todavía me quitan un poco el sueño: ¿Cómo fue posible que Alemania, uno de los países más civilizados del mundo, pudiera producir una ideología tan criminal, una catástrofe de las dimensiones y el tenor que tuvo Auschwitz? ¿Cómo fue posible que muchos intelectuales, filósofos, profesores, científicos y artistas apoyaran la máquina nazi de matar? ¿Quiere decir esto que el saber, la sensibilidad, la formación de los grandes espíritus de la cultura no bastan para autolimitar la voluntad, el deseo primario de derramar sangre? ¿No son suficientes el derecho, la limitación de la ley, la declaración moderna, constitucional, que consagra garantías jurídicas y sociales para el ciudadano? Se ve que no, que nada de lo que la cultura política moderna imaginó como protección de origen, de nacimiento, de ley alcanzan para restringir el sacrificio desnudo de los cuerpos. Las reglas, el orden, van por un lado, lo hechos por otro.
Nos reprochan a nosotros, judíos europeos, que marcháramos indiferentes a la muerte, pero ¿dónde estaban los alemanes que miraban impasibles cómo sus propios hijos iban a la guerra para no volver? ¿Por qué no se rebelaron “los alemanes” contra autoridades tan sanguinarias? Hitler dominó Alemania durante 12 años, del ‘33 al ‘45, en el ‘33 había en Alemania grandes movimientos socialistas, de izquierda, comunistas, al terminar la guerra no escuché que esos sectores se sintieran liberados del peso de la Gestapo, de la amenaza de la policía nazi y de la barbarie concentracionaria. Después de la guerra se sintieron vencidos, derrotados, todavía ahora se interrogan, dejan los hechos en olvido, ignoran que la rendición del nazismo no nos favoreció sólo a nosotros sino también a ellos.
El 8 de mayo de 1945 salí de Dachau, liberado, me llevaron a un hospital en Bavaria, me atendieron con todo cuidado médicos y enfermeros alemanes que probablemente unos días antes me hubieran dejado morir. Es evidente, al menos para mí: en la guerra hay un teatro absurdo, una farsa criminal del sinsentido. Muchas veces digo que a mí me liberaron los aliados, pero ahora me doy cuenta de que no fue así, los aliados no entraron a los campos para liberar a nadie, a mí me encontraron en la campiña, suelto, después de un viaje en tren, y sé que también ahí podían haberme matado.
Pasa el tiempo, y el dramatismo de Auschwitz sigue vivo. ¿Adónde quiero llegar con todo esto? Quizá a ningún lado. Me pregunto por la finalidad de esto que escribo en desorden, lo que me dicta una voz íntima, confieso que me cansa mi propia voz hablándome de esto, entiendo que es más sensato no perseguir ningún fin. Admiro la lógica que tiene explicaciones para todo. No es para mí, no me apacigua, no me tranquiliza. Un día antes de que terminara la guerra querían matarme, dos días después se abnegaban para que siguiera viviendo. Quizá los historiadores, la información, el rigor de los datos puedan decir algo acerca de esta pequeñez. Yo no. Casi a mis 80 años, casi sesenta años después, sólo me queda pensar que el mundo que reciben mis nietos no es muy diferente al mío.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-19826-2003-05-08.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009