Por Sandra Russo
A que todos ustedes están más al tanto de si Horacito García Belsunce envolvió o no el pituto en papel higiénico antes de tirarlo al inodoro, que de la interna peronista. En estos días que oscilan entre el calor recalcitrante y la brisa sobreactuada que llega después de la tormenta, el empacho de argentinidad maltrecha que representan estos titanes en el ring de la (¡ja!) Justicia electoral pasa sin pena ni gloria, sin escándalo ni sorpresa, sin remilgos. Lemas, neolemas, minilemas, dilemas que tarde o temprano se resuelven siempre de la misma manera: ganan los malos porque no hay buenos.
Los García Belsunce, mientras tanto, se siguen irritando porque tienen que estar dando explicaciones a la chusma sobre lo que hicieron o dejaron de hacer, no desde el trágico día en que mataron a María Marta sino más precisamente desde aquel otro en el que la Dama del Pilar fue arrancada de las necrológicas de estilo sobrio y fue a parar a las estridentes páginas policiales de los diarios. ¿Cómo osan?, parecen querer decir ellos y su distinguidísimo abogado y hasta su vecino sospechoso, que protesta por televisión porque se sigue mencionando su nombre. Y lo increíble es que el tipo no protesta porque su nombre está en el expediente, sino porque “el periodismo” lo menciona, igual que a Horacito. Por “periodismo” quieren decir “afuera”, “los de afuera”. “esos”, “ustedes”, “los demás”, o cualquier cosa que denote un mundo sin barreras protectoras como las que sellan las puertas del country Carmel para que sólo ingresen los de adentro, éstos, nosotros, la gente como uno que cuando le matan a la hermana llama a los comisarios para que, líbreme Dios, encima de bancarse una hermana muerta de cinco balazos no haya también que soportar preguntas insidiosas.
Hay un montón de adentros y de afueras en este país. El caso García Belsunce explota porque se derrama como un chicle sobre los sobreentendidos argentinos. Las barreras que se levantan o permanecen bajas según quien se acredite del otro lado de la garita son un flash de estos tiempos, un ejercicio promovido desde hace años, claro, por los de adentro. No sólo los de adentro del country, ese escenario que resplandece como una metáfora perfecta de la Argentina a salvo, precariamente a salvo, salvada con los fórceps de las garitas de seguridad, con los bíceps y las armas de los guardaespaldas, con las credenciales plastificadas que abren puertas, con los salones vips de discotecas y aeropuertos, con el dogma difundido y ampliado de los buenos contactos.
Durante mucho tiempo, quien tuvo chance –por cuna, apellido, relaciones, talento, viveza criolla o cintura– de estar adentro o de aspirar a entrar no cuestionó las barreras. Fue cultivado, como un mito de origen dudoso pero de práctica efectiva, el arte de entrar. De pertenecer. De formar parte. De ligar. De ser bendecido con el don de algún rasposo privilegio. Estar adentro –del country, del partido, del club, del vip, de la comisión directiva, del directorio, de la lista sábana, de la crema, de la flor y nata de cualquier cosa, por inútil que sea– fue en la Argentina una aspiración. Y con el tiempo, como en el country Carmel, algo se naturalizó: el adentro tiene leyes propias, y con los de adentro los de afuera no se meten.
Así, igual a los vecinos del Carmel, como espantándose las moscas ante la chusma envalentonada, reaccionaron en su momento los miembros de la corporación política cuando todavía parecía que el adentro forjado durante más de un siglo de alianzas con los de otros adentros peligraba. ¿Cómo osan?, parecían preguntarse entre ellos, como ahora los García Belsunce, porque hacia afuera todos esos saben que deben decir otra cosa. Lamer la mano que les da de comer, regar el voto.
Ahora que todos estamos más al tanto de las contradicciones de Horacito García Belsunce que de la interna peronista (hemos dejado de leer las noticias, es verano, estamos agotados, dicen cada día algo distinto, no hacen lo que dicen, nos aburren, nos hartan, nos pudren, no nos interesan), la pelea terminal por ese adentro se está volviendo amenazante pero sigue igual de patética que siempre: Tato Bores se murió hace mucho y Servini de Cubría (la jueza Burubudubudía) sigue dictando fallos de los que dependerá la suerte del país.
Ahí, en ese adentro de la interna peronista en el que Carlos Reutemann dijo ver algo tan temible que lo hizo desistir de su candidatura, pese a sus diferencias aparentemente irreconciliables, pese a que Menem-Duhalde parece ser la disyuntiva del momento, todos los protagonistas han logrado, en principio y no es poco, seguir siendo los mismos. Si es necesario, todos lo sabemos, romperán a patadas las barreras que ellos mismos han puesto. Librarán una lucha feroz, seguramente, pero después, si hubo destrozos, volverán a erigir las barreras como los enanitos de Blancanieves, uno tras otro y mancomunadamente, para que el adentro siga siendo el adentro y el afuera siga siendo el afuera. Hoy se odian, mañana puede que se maten y pasado mañana es posible que se necesiten. Y es que en eso consiste todavía la política argentina: en ver quién tira más pitutos al inodoro sin que nadie se entere.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-15886-2003-01-26.html
Por Juan Gelman
Una labilidad política insistida no extraña en esta época. Predomina la de izquierdistas que pasan a la derecha sin mayores trámites. Curzio Malaparte recorrió el camino inverso: el joven de 24 años que en 1922 se sumó al fascismo dos meses antes de la marcha sobre Roma, pedía en el lecho de muerte un carnet del Partido Comunista italiano a su secretario general, Palmiro Togliatti. Claro que también solicitó y obtuvo la bendición papal, aunque su decepción fue grande porque no la recibió de Pío XII en persona. El 1924 Malaparte predicaba en su recién fundado periódico La conquista del Estado la imposición de “un fascismo integral”. En 1956 visitó China y elogiaba a Mao Tsé-tung por “su falta de sectarismo y de fanatismo” y por “su sentido profundo de equilibrio y humanidad”.
No fue, sin embargo, un recorrido exento de sinuosidades o accidentes que le acarrearon vistosos embarazos. En 1931 firma una biografía de Italo Balbo, entonces ministro del Aire y antes jefe de los grupos paramilitares de “Camisas Negras”, a quien presenta desde la visión romántica y populista que Malaparte tenía presuntamente del fascismo. Un año después anuncia al Duce que Balbo es de “la madera de los tiranos provinciales”. Mussolini desconfiaba ciertamente de la popularidad y el creciente prestigio de su ministro en tanto que promotor sin tregua de la aviación militar y civil italiana, pero quien fuera “la pluma más vigorosa del fascismo” había calculado mal y fue confinado unos meses en la isla de Lípari. Balbo terminó peor. Para hacerlo a un lado, Il Duce lo designó gobernador de Libia y pero el avión que lo llevaba a su nuevo destino nunca aterrizó en Tobruk: lo derribó una batería antiaérea italiana dizque porque no se había identificado correctamente. En l948 Malaparte publica un artículo anticomunista feroz y Togliatti le recuerda que años antes, en plena resistencia antifascista, había querido afiliarse al partido proclamándose “comunista de nacimiento”.
Meandros políticos aparte –o no–, Malaparte nunca ocultó su preferencia por los poderosos. Tampoco le quitaban el sueño pensamientos acerca de la lealtad y la coherencia personales. El conde Ciano lo financiaba con abundancia, pero cuando el yerno de Mussolini conoció la desgracia Malaparte sólo tuvo para él comentarios despectivos y sarcásticos. Su ideología era reflejo de las curiosas mezclas de los comienzos del fascismo: elogiaba a Mussolini como líder de la rebelión del espíritu italiano contra el seco rigor de la Reforma y a la vez predicaba que los sindicalistas revolucionarios eran los legítimos herederos de los hombres del Risorgimento. En 1932 dio a conocer en Francia Técnica del golpe de Estado, un libro que hasta no hace mucho inspiraba a la oposición en Kosovo y que le trajo cierta notoriedad europea y un barniz de fascista poco ortodoxo. En esa obra expresa admiración por Trotsky y trata a Hitler de alumno incompetente del Duce. El rechazo que sentía por el Führer y los nazis se transparenta en Kaputt, novela basada en sus experiencias como corresponsal de guerra en el frente ruso. Mucho de lo que allí escribe y describe resulta repugnante, estridente, con tufo a necrofilia chic a la D’Annunzio. Pero no todo es sensacionalismo: el narrador, dramatugo y periodista supo acuñar imágenes alucinantes, como la descripción de las cabezas ya de mármol de los caballos congelados en el lago Ladoga; o retratos de dura ironía como el del gobernador nazi de Polonia, Hans Frank, y su corte con pretensiones típicas de “la magnificencia fría, insolente y estúpida” del Tercer Reich.
Hijo de un técnico alemán asentado en Prato, Toscana, Malaparte –o más bien Kurt Erich Suckert– se consideraba depositario de “todo el romanticismo y la locura de los alemanes” y afirmaba que el origen de sus “errores” radicaba en su voluntad constante “de ser (no parecer) un italiano como todos”. Tales contradicciones se apoyaban en el eje nada incierto de su oportunismo sin tacha. El primer borrador de Kaputt era más antibritánico que antialemán, pero esos sentimientos se revirtieron en la versión final publicada en 1944, cuando era claro que los Aliados iban a ganar la guerra.
Malaparte sobresale en el ejercicio de los discursos de la abyección, como si reprochara a los vencedores el haberlo convertido en paciente de la ignominia. Es uno de los rasgos que recorren Kaputt y más tarde La piel (1949), una serie de episodios casi surrealistas sobre las penurias y degradaciones padecidas por los napolitanos bajo la ocupación aliada. Las hubo, desde luego, pero en esos relatos Malaparte extrema el efectismo hasta el aburrimiento: no deja hablar a los hechos, los hechos son hablados por él. Su biógrafo Giordano Guerri lo ha calificado de precursor de las evaluaciones supuestamente objetivas del fascismo y del antifascismo que hoy circulan. Es improbable que Curzio Malaparte haya sido precursor de algo innovador o valioso. Cuando mucho es un guía lábil y hábil de giras por ciertas profundidades del Infierno europeo.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-15553-2003-01-19.html
Por Osvaldo Bayer
La verdad llega. A veces hay que esperarla mucho, pero llega. Lo sabemos los argentinos que nos tenemos que mover en el reino de la mentira y la cobardía. En Alemania se acaban de conmemorar con solemnidad los cien años del nacimiento de Georg Elser, el gran atentador, el que quiso terminar para siempre con el régimen terrorista del nazismo de su país alemán. Para lo cual intentó matar a Hitler. El atentado fue cometido por Georg Elser solo. No logró su propósito por una mínima fracción de tiempo, ya que el feroz asesino público se había retirado trece minutos antes que el explosivo estallara en el Bürgerbräukeller, la cervecería de Munich donde los nazis celebraban sus aniversarios. Pero lo que se acaba de realizar en Bremen no se trató de un acto para lavar conciencias y quedar bien. No, fue un acto absolutamente oficial donde se analizó con toda seriedad la obligación de todo ciudadano libre de actuar contra los tiranos, de ofrecer su vida contra todos los que pisotean la Constitución de un país y sus derechos humanos. La ciudad de Bremen ha dedicado una semana de conferencias y discusiones acerca de si Georg Elser, el valiente libertario, hizo bien en tratar de eliminar al político asesino o no estaba en su derecho hacerlo. Y para que no quedaran dudas se llamó a la ex presidenta de la Corte Suprema de Alemania, Jutta Limbach, para analizar el tan discutido problema. Actualmente Jutta Limbach es presidenta del Instituto Goethe e Internaciones, justamente los organismos alemanes que se dedican al intercambio cultural con el exterior. Y Jutta Limbach justificó absolutamente el atentado de Georg Elser contra el bestial tirano. Lo trágico fue que apenas una casualidad salvó al genocida. Mientras el pueblo alemán aplaudía y levantaba el brazo para saludar al mamarracho disfrazado de nazi, Georg Elser, libertario, carpintero de oficio, preparaba con todo cuidado su atentado colocando la bomba justo donde el nazi racista iba a asentar su culo en el escenario. Se salvó la bestia. Elser pagó con su vida, fue asesinado por la SS. En las declaraciones ante la Gestapo, Elser se autocalificó de único autor y expresó por escrito que había cometido el acto porque “había entendido que las condiciones en Alemania sólo podían cambiar con la eliminación de sus gobernantes Hitler, Goering, Goebbels, para así “dar lugar a otros hombres que no se dedicaran a conquistar otros países sino que se esforzaran en mejorar el destino de la clase trabajadora”. Además, eliminar “a los jerarcas principales iba a impedir un derramamiento de sangre mayor”. Elser fue asesinado en el campo de concentración nazi de Dachau.
Pero la alta funcionaria de la Alemania actual no sólo recordó el heroísmo de Elser sino que justificó su acto desde el punto de vista de la ética y de las leyes fundamentales de la humanidad. No sólo Elser cumplió con su deber de ciudadano libre y democrático sino que así tendrían que haber reaccionado todos los ciudadanos defensores de la dignidad del ser humano. Si Elser en su atentado habría tenido éxito, se hubieran salvado los millones de inocentes que murieron en la guerra, en los campos de concentración y en los bombardeos y hubiera impedido la destrucción de ciudades enteras. (Por ejemplo, ahora se saben las cifras definitivas de la batalla de Stalingrado: de los 350 mil jóvenes alemanes enviados a esa batalla sólo regresaron 6 mil, y murieron 600 mil soldados rusos.) Sólo esas cifras hacen de Georg Elser un héroe de la humanidad. Miremos el rostro de cada uno de esos soldados muertos, metámosnos en sus pensamientos e ilusiones. Fueron muertos por la irracionalidad de un sistema racista e imperialista. Georg Elser es un héroe emocionante. Así lo hizo saber la oradora. El teólogo Manfred Haushofer, uno de los que intervino en la preparación del atentado contra Hitler en julio de 1944 (es decir, cuando la guerra estaba perdida, no como Elser que lo hizo cuando ya se preveía que iba a comenzar) escribió en la prisión antes de ser ejecutado por los nazis: “Yo debí reconocer antes mi deber. Yo debíllamar con más fuerza a lo funesto, funesto. Demoré demasiado mi propia sentencia”.
Por eso la Constitución alemana de 1968, basada en gran parte en las enseñanzas aprendidas en la lucha contra el nazismo, legaliza el Derecho a la resistencia que le corresponde a cada ciudadano. Dice textualmente: “Contra todos aquellos que intentan subvertir el orden democrático, los alemanes tienen el derecho a la resistencia” (Artículo 20).
Y esa resistencia no está limitada. Más todavía, el Estado de Bremen tiene en su Constitución el artículo del Derecho a la resistencia: “La resistencia es no sólo un derecho sino también un deber cuando los derechos humanos fijados en la Constitución son violados por el poder público”. La resistencia, la bella palabra. Y en ese caso la resistencia no se reglamenta. Georg Elser, el obrero carpintero, previó la catástrofe y actuó, ofreciendo su vida. En cambio, el filósofo Heidegger, todo sabiduría, colaboró con el nazismo para no perder posiciones y seguridad.
Pero no nos vayamos de nuestras latitudes. Los argentinos acabamos de demostrar ante el mundo que nos gustan los tiranos asesinos. Este entierro del genocida Galtieri rodeado de uniformes y banda de Patricios nos dejó el desnudo. Ese Brinzoni, máxima figura representativa del Ejército con un discursito tonto, acomodaticio, pero profundamente ventajero, nos ha pintado a los argentinos de cuerpo entero. (El infinito Roberto Arlt hubiera calificado a nuestro general de la Nación como “un turrito”.) Mientras tanto, nuestros políticos oficiales siempre calladitos la boca, mirando para otro lado. Al cobarde general desaparecedor Galtieri, honores argentinos. Los honores de general a la bestia que hizo desaparecer hasta un matrimonio de ciegos, le robó los juguetes al hijito y le regaló la casa a la Gendarmería, para que los gendarmes, después de apalear obreros, vayan a festejar sus cumpleaños. Ese fue Galtieri. El asesino de 650 soldados argentinos, que se rindió en su escritorio.
Nosotros, los argentinos, tuvimos dos Georg Elser. Se llamaron Simón Radowitzky y Kurt Wilckens. Hicieron justicia con su propia mano por el derecho de matar al tirano. Radowitzky hará saltar por el aire al jefe de policía Ramón Falcón, coronel y policía, quien había cometido una cobarde matanza de obreros que pedían las ocho horas de trabajo. Fue un hecho de absoluta cobardía. Quedar la sangre obrera regando la plaza Lorea. Y el coronel Falcón, satisfecho; y los políticos argentinos, satisfechos. Después de su justa muerte, Falcón pasó a llamarse una de las calles más extensas de Buenos Aires y nada menos que la escuela de cadetes de policía. Así salen. La sociedad argentina siguió reptando frente a la figura del coronel policía. Ningún gobierno, ni radical ni peronista, puso la verdad en la calle y reprobó la matanza obrera. No, ni siquiera se pidió al pueblo disculpas por la cobarde matanza por pedir lo más justo: las sagradas ocho horas de trabajo. Y el alemán Wilckens hará justicia y dará el condigno castigo al fusilador de gauchos patagónicos, peones de campo, teniente coronel Varela. Lo enfrentó cara a cara. No le leyó un discursito a lo Brinzoni sino que lo despachó con toda precisión al infierno. Hoy está el teniente coronel Varela en el Panteón Militar junto a su compinche Galtieri. El olor a podrido que invade dicho panteón amenaza ya con llegar a la Casa Rosada, pasando por la Corte Suprema.
Los argentinos jamás repudiaron las matanzas de obreros. No se recuerda a los obreros que dieron su vida por las ocho horas, dignidad y derecho, sino a sus militares verdugos.
En el acto en honor del atentador Georg Elsner se tocó la Sinfonía Nº 4 de Bruckner: música de la tierra, de la valentía a toda prueba, del sacrificio por la dignidad. A Galtieri le tocamos marchitas militares en la ya degradada banda del Regimiento Patricios.
Los argentinos tenemos el derecho de usar la resistencia por nuestra dignidad y respeto a los nuestros; pensemos en nuestros niños. Exijamosque se terminen estas Fuerzas Armadas del crimen y el robo. Exijamos que esos militares se eduquen en nuevos institutos democráticos; acabemos con la guarida de los desaparecedores. Luchemos por acabar con el cáncer que nos viene devorando desde cuando aquel genocida Roca cometió la matanza de los habitantes del sur y recibió en premio 15 mil hectáreas de campos como botín de guerra. Esa campaña contra el habitante natural del sur fue financiada por un Martínez de Hoz, nombre de la vergüenza en nuestra historia.
Resistencia para la dignidad democrática. O si no, seamos honestos, roguemos que al ministro de Defensa Ja-Jaunarena se le otorgue un uniforme obligatorio de cabo primero para que siga representándonos en nuestra eterna cobardía.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-15476-2003-01-18.html
Por Sandra Russo
A veces conviene callarse y escuchar. A veces conviene asombrarse en silencio. A veces, todavía o por fin, seguro que por suerte, se pueden dejar en el estante todos los libros que uno ha leído, todas las teorías que ha sostenido, todos los credos a los que ha renunciado, todas las discusiones ligeramente alcohólicas que uno ha mantenido en infinidad de sobremesas sobre Las Verdades en las que ha creído fervientemente quince minutos o quince días o quince años, y con las que ha jugado miles de pulseadas intelectuales con Las Verdades un poco más a la izquierda o un poco más a la derecha en las que han creído nuestros amigos o nuestros conocidos. A veces, y ésta es una de esas veces, puede uno inclinarse humilde y sensatamente ante otro tipo de verdad, ante una lección infinita que pone las cosas en su lugar: hay disposiciones del alma de las que carecemos. Y punto.
Se lee en el diario: “Los cartoneros llevan en tren a Tucumán una tonelada de alimentos y ropa que juntaron para un comedor infantil”. Se lee en la nota: una cartonera recibió una carta de un familiar de Tucumán, apenas cinco líneas. Alguien que sabe escribir pero que seguramente no se destaca en el género epistolar, y alguien que sabe leer pero que seguramente no tiene biblioteca en su casa de chapa, hicieron contacto. La que escribía era la directora del comedor Los Conejitos Felices. La que leyó fue una de las cartoneras que diariamente viaja en el Tren Blanco. El reclamo de comida para los niños tucumanos puso a los cartoneros en otro lugar, un lugar intransitado, otro de los lugares de los que han sido corridos: el lugar del que puede hacer algo por alguien, el lugar del que puede ayudar, el lugar del que no tiene nada pero es dueño de sí y de sus intenciones, de su esfuerzo y de su idea del bien. El reclamo los puso en un lugar potente, donador, insospechado. ¿A quién, si no a esa directora desesperada del comedor infantil tucumano se le hubiese ocurrido pedir ayuda a los más pobres entre los pobres del conurbano? La desesperación, se ve, pone en acción, pone en marcha, revela.
Paquete tras paquete de polenta fueron apilándose. ¿A quién le sobra un paquete de polenta o un paquete de fideos? ¿Y un juguete? ¿Y ropa? A nadie. A esa gente no le sobra nada, y eso es cierto y es objetivo si uno lo mira desde un living en el que un chico urbano llora porque sus padres han cortado el cable y ya no puede ver Nickelodeon. Pero parece que hay otras dimensiones y hay otras cualidades que esta historia desnuda, y que paradójicamente hacen que uno sienta la propia desnudez de sus necesidades, amplificadas por la lupa del sentido de clase.
Volviendo a nuestros queridos libros, hay uno, Cómo ser buenos, del británico Nick Hornby, que me vino a la cabeza esta mañana cuando vi el título del diario, porque es el último que leí pero también porque indaga de una manera feroz y disparatada el ejercicio de la bondad que hacen los progresistas. Una médica quiere el divorcio después de veinte años de matrimonio con un periodista que escribe una columna cínica todos los días en un diario. Ella está harta del egoísmo de su marido. En tren de reconciliación, van al teatro. A él nunca le gustó el teatro pero esa noche parece disfrutar de la función. Ella lo nota raro. Atribuye la emoción de él al miedo de que ella insista en el divorcio. A la salida, caminan hasta que pase un taxi. Hay un chico en la esquina, pidiendo monedas. El marido va hacia él. Se palpa los bolsillos, pero no tiene nada. Le pide a su mujer, nerviosamente, su cartera. Sin darle tiempo a reaccionar, saca la billetera de ella. Ella cree que va a darle al chico una moneda, pero sorpresivamente el marido vuelca sobre las rodillas del chico todo el dinero que hay en la billetera. Ella, que ha mirado azorada la escena y cree que su marido se ha vuelto loco, en un impulso le arrebata al chico los billetes, sus billetes. Lo que sigue, en la novela, es un crescendo delirante en el que el marido avanza por un camino de presunta conversión espiritual, y ella, al ver atravesados todos sus límites de bondad y progresismo, defiende su mundo con argumentos que sabe que son falaces y estúpidos, cuando no directamente horribles.
Hacia el final de la novela, la médica, forzada por la flamante “excentricidad” de su marido a una sinceridad que ella misma detesta, confiesa, cuando advierte que tiene unas irrefrenables ganas de comprarse un discman y unos cuantos compacts: “Y sí, sí: piensen cuántas bolsas de arroz podrían comprarse con doscientos dólares... Y en el tiempo que le llevaría a una niña asiática de doce años ganar ese dinero en la fábrica donde la explotan de sol a sol. ¿Puedo ser una buena persona y gastarme esa suma en productos de consumo caros? No lo sé. Pero sé lo siguiente: no puedo ser buena sin ellos”.
Esa es tal vez la enorme diferencia entre muchos de nosotros y los cartoneros del Tren Blanco, ésa es acaso la lección: ellos no tienen regulada la bondad ni la solidaridad por ninguna necesidad abstracta. Si han comido, si les han dado de comer a sus hijos, lo demás puede ser destinado a otros que tienen hambre. Todos ellos son gente que ha volcado el contenido entero de sus billeteras en las rodillas de un chico hambriento, y que no se lamenta sino que se alimenta de ese gesto.
No tienen casi nada, pero tienen algo de lo que nosotros carecemos. Tienen esa disposición del alma. A callar, y a aprender.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-15267-2003-01-14.html
CONVERSACION CON EL FILOSOFO CHILENO MARTIN HOPENHAYN
El filósofo chileno analiza las sociedades y las formas culturales que creó la globalización en América latina. “La izquierda funciona como un arsenal crítico de lo que está pasando, pero falta en términos de sueños, en términos de utopías y de una acción propositiva”, señala.
Por María Esther Gilio
En relación con los debates, que no pueden ser olvidados en este principio de siglo, Martín Hopenhayn considera que, a escala global, hay dos o tres que resultan impostergables. El primero de ellos tendría que ver con el nivel de concentración de la riqueza y de los bienes de servicios.
–¿Se refiere a países o a personas dentro de una sociedad determinada?
–En este momento me refiero a la concentración de la riqueza en los países del Norte, frente a la privación de los países del Sur. Además, al hecho de que el modelo de desarrollo vigente, hoy día, conduce a que el ingreso se distribuya de manera cada vez más regresiva, el hecho de que haya algunas fortunas en el mundo con un nivel de riqueza tan alto que supera el producto interno de varios países juntos...
–¿Países africanos?
–Sí, países africanos, claro. Entonces uno de los problemas fundamentales, hoy, es que, junto a tan altos niveles de desarrollo y productividad; junto a una cierta conciencia de la democracia y a una cierta institucionalidad de los derechos humanos, no es posible admitir la existencia de necesidades básicas tan mal resueltas. Tan irresueltas.
–¿Además de estas cuestiones, que son mundiales, hay algún fenómeno específico de América latina?
–Hay, sí, algo bien específico. Entre todas las regiones, Africa, Asia, Europa y América del Norte, es América latina la que tiene la peor distribución de ingreso del mundo.
–Creo que no es el caso de Uruguay, país pobre con una distribución no tan injusta.
–No, Uruguay es la excepción total. Es el único país de América latina que en el decenio de los noventa tuvo una positiva distribución de renta. Uruguay seguido de Costa Rica son lejos los países que tienen equitativa distribución.
–¿Cuál sería la razón de esto?
–Factores hay varios. Tenemos un estado de bienestar que no se ha desarmado totalmente. Es un Estado que redistribuye. En segundo lugar, Uruguay es el país de población más envejecida de América latina. Sin embargo los activos financian a los pasivos y los ocupados financian a los desocupados. Hay un pacto social implícito en una cultura ciudadana y un estado de bienestar que no hay en otros países de América latina.
–¿Cuáles son los países de más injusta distribución en esta zona?
–Brasil está entre los tres o cuatro países de peor distribución no de América latina, sino del mundo.
–¿Argentina?
–Argentina tuvo una muy buena distribución del ingreso hasta los noventa.
–Hace unos días Saúl Menem habló en un programa de televisión de cómo se había enriquecido la Argentina durante su gobierno. Habló de la prosperidad de esa década.
–Durante los noventa el único grupo de la población argentina que vio aumentados sus ingresos fue el diez por ciento de los más ricos.
–Es decir que la concentración de riqueza se agudizó.
–De manera grave. Por otra parte –en esa década– el país se endeudó.
–También de manera grave.
–Por supuesto. El único que se enriqueció fue el capital financiero, la gente que gira en torno del capital financiero y una cierta clase política. En esa década, además, el desempleo subió por encima del 15 por ciento.
–Yo lo veía a Menem diciendo lo que dijo y pensé en toda la gente que le estaría creyendo. –La gente necesita creer.
–Yo me pregunto si los debates entre personas de las elites intelectuales como ésta organizada por la Fepal podrá llegar a influir en la sociedad de manera de provocar cambios. Todo está muy disgregado. ¿Cómo pueden estos pensamientos salir de los pequeños grupos en que se gestan y decir algo a las grandes masas? Y si tal comunicación fuera posible, ¿cómo pueden las clases populares entender el lenguaje –o mejor, la jerga– de los intelectuales? Ambos están separados por una masa de educación casi impenetrable. ¿Qué se puede hacer para que se abra un camino entre los que, con buenos instrumentos, piensan el mundo y otros que deben saber para poder actuar, elegir?
–Para empezar, es verdad lo que usted dice en cuanto a la falta de comunicación entre los diferentes grupos. Nosotros estamos viviendo el proceso de fragmentación social o lo que Luhman llamaba la constitución de subsistemas dentro de la sociedad. El planteaba hace tres o cuatro décadas que la modernización de la sociedad produce una especie de complejidad y que se van creando subsistemas relativamente autónomos, que a veces no se tocan entre sí. Estos subsistemas, autorreflexivos, se tocan poco, construyen su propio lenguaje, y casi no transitan hacia otros subsistemas de la sociedad.
–La pregunta era, cómo podían encontrarse caminos de comunicación. ¿Cómo se hace para que los conocimientos que muestran cómo son las cosas lleguen a las masas?
–Creo que inevitablemente, hoy día, el espacio que es necesario pelear es el de los medios.
–La cuestión es que los medios no son neutrales.
–Bueno, ahí está el problema ya que hay alianzas cada vez más fuertes entre el poder comunicacional, el financiero y el poder político. O mejor, cierto poder político. Un caso paradigmático es el de la CNN en los Estados Unidos. Acabamos de presenciar como la CNN construyó la imagen del mundo en este primer aniversario del 11 de septiembre.
–Fue un gran show preparado por especialistas.
–Recortó la realidad de la manera que convenía a su gobierno.
–¿Qué hacemos entonces con esa industria comunicacional que disfraza la verdad, y crea una realidad que obedece a sus intereses?
–Así y todo, el mundo comunicacional no constituye un todo homogéneo. Hay intersticios.
–Pienso cómo durante 20 años nos dijeron: “Privatizar es la solución”, “dejar actuar al mercado es la solución, no hay otra. No hay”. Hoy sabemos que había. Hablábamos del acceso a los medios.
–Dijimos ya por qué no es fácil el acceso a los medios. Sin embargo, tampoco es imposible. No es tan difícil hoy ser dueño de un canal. Pero para ocupar tales espacios se requiere no sólo de iniciativa. Es necesario, además, de parte de estas elites, un lenguaje común, que sin sacrificar rigor sea accesible a grandes públicos. Por otro lado hay –creo yo– un elemento adicional: la gente pide mensajes alternativos. Es paradójico quizá. Vivimos en una sociedad de mercado. El mercado tiene un efecto excluyente en términos sociales, tal como ha estado funcionando, sobre todo con la primacía del poder financiero por encima del capital productivo. Y por otro lado tenemos una tremenda concentración de bienes culturales, sobre todo los comunicacionales a través de estas megafusiones. Y por otro lado tenemos los públicos que solicitan información. Públicos que no son simplemente recipientes pasivos de lo que los medios les dan.
–Públicos que son, para los medios, sus mercados.
–Exactamente. Son mercados a los que los medios deben responder. Así, muchas veces, se constituyen dinámicas que obligan a los medios a ampliar sus criterios. –Eso suele verse en los grandes diarios brasileños. Por aquí es menos frecuente.
–En definitiva yo diría que un espacio al que las elites no pueden renunciar es al mediático. Ahora no hay que olvidar que, con el espacio mediático siempre hay una transacción. Por un lado ocupar el espacio mediático y por otro desarrollar alguna estrategia para que –como ya lo expresamos– el lenguaje sea accesible a otros grupos. Y por otro lado hay algo más que cuidar: me refiero a la frivolización que a veces el espacio mediático impone al discurso serio. A mí me ha tocado de ir invitado a un programa de televisión y a los 30 segundos ser cortado para dar entrada a un chiste en que se frivoliza lo que uno dice. En definitiva que es necesario defenderse de esto, controlarlo.
–Usted plantea en uno de sus libros la gravedad que conlleva el hecho de que el hombre carezca hoy de utopías.
–La utopía a nivel social tiene que ver un poco con la esperanza a nivel personal. En situación crítica, la esperanza es un dispositivo indispensable para el esfuerzo, para remitir una situación difícil. ¿Y qué encontramos hoy en América latina? Encontramos un aumento muy fuerte del desempleo, falta de protección social, pérdida de patrimonio acumulado para grupos muy amplios de la población, una tendencia grande a la marginalidad urbana, una tremenda falta de perspectiva de los jóvenes que son quienes padecen con más fuerza el desempleo. Y unido a todo esto una mezcla de desencanto y desmovilización.
–Que tendría que ver con la falta de utopías.
–Exactamente. Las utopías colectivas dan motivaciones de lucha, motivaciones para agruparse y para participar políticamente. Desaparecidas las utopías la desesperanza y el desencanto precipitan al individuo en una especie de violencia espasmódica y reactiva ante situaciones del día a día, a un aumento de la criminalidad, a la pérdida de valores de convivencia mínima o bien a la renuncia y la pasividad como actitud fundamental frente a la vida.
–¿No sería la depresión, tan común, una de las consecuencias visibles?
–Habría que diferenciar la depresión en el Primer Mundo y en el Tercero. Yo no soy psicoanalista, no podría entrar en especulaciones muy precisas. Pero una cosa es la depresión por el debilitamiento de los lazos familiares, por el trabajo muy competitivo, por la pérdida de valores de referencia claros, en el Primer Mundo. Y otra cosa, en el Tercero, donde se vive una situación de gran vulnerabilidad. No se sabe si mañana perderá su trabajo, si mañana no se devaluará la moneda.
–Usted llamó a uno de sus libros Ni apocalípticos ni integrados, ¿hay en ese título una alusión al viejo libro de Humberto Eco Apocalípticos e integrados?
–Aunque no lo nombro a Eco, en el libro, es un juego paródico con el título de Eco porque él escribió su libro hace cuarenta años, en la mismo época de la teoría crítica de Frankfurt frente a los medios de comunicación, el mundo se dividía entre aquellos que veían la televisión y eran tontos, complacientes, indolentes y, consecuentemente, integrados y los que no la veían, que eran los apocalípticos que creían que todo lo ligado a los medios de comunicación de masas constituían un mundo terriblemente negativo y sin nada rescatable. Yo lo llamé Ni apocalípticos ni integrados porque incorporé toda la discusión posterior respecto de los medios de comunicación donde ya no está el mundo tan claramente dividido entre lúcidos y tontos, y donde, incluso, dentro del consumo de masas hay producción de identidades, búsqueda de una resignificación, de parte de los receptivos, de lo que los emisores envían. Y, por otro lado, aquella izquierda irredimible, inflexible, frente a la sociedad de mercado, a la sociedad capitalista. Ha variado su posición. Ya no son los apocalípticos,las cosas ya no son blanco o negro, sino que buscan dentro del sistema espacios posibles de realización.
–A pesar, entonces, de que la experiencia fue muy dura algo se aprendió.
–La idea de que dentro del orden actual no había posibilidades de que el sujeto fuera autónomo y encontrara espacios de emancipación se fue borroneando. Ya no son muchos los que piensan que los cambios sólo podían producirse si se patea el tablero, se asalta el poder, y desde allí, se construya una utopía a partir de la tabla rasa. Cuando yo digo “ni apocalípticas” me refiero a que, por lo menos desde mi posición personal, es decir, pensando en que todavía soy de izquierda y por lo tanto quiero mayor bienestar y mayor emancipación para la gente y que esas cosas no se puedan postergar indefinidamente. Es bueno recordar La rebelión en la granja de Orwell. Se hace tabla rasa, los animales se rebelan contra los humanos que los trataban mal y toman el poder. Al tiempo los animales empiezan a repetir las conductas que habían tenido los humanos.
–En este libro de que hablamos, el artículo que lleva el título que usted acaba de analizar, empieza con una frase que resulta muy graciosa si no fuera dramática. Dice “El capitalismo hace real la profecía que Marx había reservado para el socialismo. Para realizar su utopía se convierte en capitalismo mundial”. ¿Cuáles fueron los pasos que fue dando el capitalismo para que esto ocurriera?
–Ahí hubo una combinación de dinámicas productivas, financieras, institucionales e ideológicas. Son cuatro. La productiva tiene que ver con el gran salto de la segunda a la tercera revolución industrial –realizada sobre todo en base al uso intensivo de conocimientos e información– ocurrió de este lado de la muralla. El gran salto, contra las profecías de Marx, lo dio el capitalismo y no el socialismo. Al mismo tiempo hubo, del lado de los socialismos reales, un rezago cada vez más agudo en el terreno de la capacidad productiva respecto al capitalismo. La segunda cosa, de carácter institucional se relaciona con el hecho de que en el pasado había un orden financiero institucional regulado primero por el patrón oro, luego por el patrón dólar, con tipos fijos de cambio, donde las actividades financieras estaban todavía más o menos reguladas, y donde, el mundo de detrás de la cortina no participaba o participaba muy indirectamente. A partir de cierto punto la institucionalidad financiera, tan regulada, se abre. Esto coincide con la caída del muro y la incorporación de las economías del Este al gran circuito financiero. Allí el mundo financiero local, el mundo financiero de los países, desregulado, entró en un circuito financiero global. No hay una institucionalidad que lo regule.
–Aquí empieza la primacía de lo financiero en el mundo.
–Sí, a partir de este momento y por razones largas de explicar, entra a operar una circulación de capital financiero con tal crecimiento, intensidad y velocidad, que se produce una especie de brecha entre el mundo de la producción real y el mundo de lo financiero.
–El dinero empieza a circular más rápido que los bienes.
–Sí, es así, pero no sólo eso, sino que el dinero aumenta más que el volumen de los bienes y servicios.
–Todo ocurre sin que cuenten las fronteras.
–Ejerciendo al mismo tiempo un tremendo impacto sobre la dinámica económica global. El otro elemento fundamental es el ideológico.
–Desde ese punto de vista la ofensiva fue mortal.
–Sí, hubo una tremenda ofensiva sustentada en un saber académico que de alguna manera se adecua a una estrategia de dominio.
–¿Un saber académico que correspondía a la realidad? ¿No ocurrió que fuimos engañados? ¿Qué el conocimiento que se promocionó como el óptimo, el único posible no lo era? –Sí, el neoliberalismo fue presentado como el único modelo posible.
–Y el mundo lo creyó.
–Es lo que Marx llamó “la falsa conciencia”. La falsa conciencia existe cuando la gente cree que la situación que está viviendo es la mejor posible.
–Si es la mejor no hay que hacer nada, salvo conservar.
–Esta conciencia inmoviliza a toda voluntad de cambio. El proyecto cultural del neoliberalismo busca generar, masivamente, la convicción de que no hay otro proyecto posible.
–¿Hay que desechar que se trató de un simple error técnico?
–Qué difícil resulta, en cierto punto, discernir entre un discurso que es técnico y un discurso que es ideológico. Frente a una aseveración técnica uno puede decir: “Está lejos de la verdad, está errado en la medida en que su predicción no se cumple”.
–En este caso diríamos que los errores no son deliberados, calculados.
–En el discurso ideológico su acercamiento o alejamiento de la verdad se produce en la medida en que se quiera persuadir.
–¿Usted ubicaría el monetarismo de Friedman en la base del neoliberalismo?
–Yo no lo pondría junto. Considero que el neoliberalismo es una ideología política que tiene por un lado el economicismo como uno de sus centros; el ideal del hombre concretado en el individualismo posesivo y los mercados como centros desde los cuales se construye la sociabilidad y el orden. Ahí están los tres elementos fundamentales del neoliberalismo como ideología.
–El monetarismo, en cambio, según usted, es simplemente una teoría económica que no conlleva una ideología.
–No diría tanto. El monetarismo es, básicamente, una evaluación de la dinámica económica que llega a ciertas conclusiones de política económica.
–Achicamiento del Estado y reformas laborales, por ejemplo.
–Y también liberalización del tipo de cambio, mercantilización de las prestaciones sociales y otras cuantas cosas.
–En definitiva, que no se trata de una teoría políticamente inocente. El monetarismo como dijimos conduce al achicamiento del Estado. O sea, entre otras cosas, a las privatizaciones. Usted empieza uno de sus trabajos, jugando con el comienzo del Manifiesto Comunista. “Un fantasma recorre el mundo, el fantasma de las privatizaciones.” No sé qué pasaría con las privatizaciones en el Primer Mundo, pero en el Tercero fueron dramáticas. Lo que le pregunto es por qué cree que las privatizaciones contaron, en general, con tanto apoyo.
–Primero, yo creo que la cierta benevolencia y entusiasmo con que fueron recibidas las privatizaciones tienen que ver con que era el momento en que se hacía una crítica muy fuerte al Estado latinoamericano: burocrático, ritualista, populista, clientelista, corporativo. Incluso la propia izquierda, por cierto reciclada, hizo la autocrítica del Estado populista señalando sus lacras. Esto coincidió con el discurso fuerte de la derecha privatizadora. Es decir que la propia izquierda abonó el terreno para el ímpetu privatizador de la derecha. Por otra parte, ¿qué se podía oponer en el terreno de la realidad, un Estado social más justo? En ese momento el Estado era lo que dijimos, clientelista, etcétera. Pasó, yo creo, lo de “a río revuelto...”. Por otra parte, lo que tiene que ver con las empresas estratégicas de una sociedad (antes empresas públicas) y lo que tiene que ver con los sectores claves de exportación –cobre en Chile, carne acá–, y lo que tiene que ver con los servicios pasivos, como electricidad, telefonía, gas, son sectores que la gente quiere que funcionen lo mejor posible. Optimizar su uso, maximizar las ganancias. El problema no gira tanto, entonces, en torno de “públicos o privados” sino de “más eficientes” y también “con mejores retornos para el Estado”. –Lo que pasa es que las empresas argentinas, salvo alguna excepción –el correo, por ejemplo– siempre fueron vendidas a capitales extranjeros que dieron bastantes problemas en los servicios y poco retorno.
–Sí, eso pasó en Argentina. Allí hubo falta de regulación, de fiscalización y de control. No pasó lo mismo en Chile, donde hay instituciones que controlan minuciosamente lo que hacen las empresas privatizadas. En Argentina la privatización fue salvaje y hacia afuera.
–Grandes masas de dinero pasaron a manos de los particulares que acercaron las dos partes. Sería interesante conocer el monto de las comisiones. Se dice que Saúl Menem es dueño, con Bush padre, de un oleoducto que va de Afganistán a Europa. Se dice también que la inversión de Menem allí alcanza a 25 mil millones de dólares. En Desencantados y triunfadores camino al siglo XXI hace una serie de previsiones que se han cumplido. Una de las que me resultó más interesantes es la que anuncia que “la globalización de los mercados y el derrumbe de la última utopía provocarían reacciones fundamentalistas”. ¿Se puede hablar de fundamentalismos en América latina?
–Sí, claro. En América latina tenemos, en Perú, Sendero Luminoso. Un grupo muy distinto a la guerrilla colombiana.
–La cual presenta una ideología muy borrosa.
–Más que borrosa. La guerrilla colombiana se desideologizó, se desfundamentalizó y pasó a ser una especie de estrategia de supervivencia para la gente que se emplea en la guerrilla. Está ausente en ellos el discurso fundamentalista que tuvo Sendero Luminoso. En otros países, Chile entre ellos, la reacción fundamentalista vino por el lado de la tradición católica. Es tremenda la expansión del Opus Dei, de Los legionarios de Cristo, que pasaron a ocupar lugares claves como universidades, medios de comunicación, puestos en los partidos políticos. Hay –creo– otra consecuencia del neoliberalismo. Me refiero a la exclusión de una masa grande de ciudadanos, de los beneficios de que goza la mayoría. Mayoría a la que hoy se designa como excluidos. Lo que me parece interesante es que entre marginados y excluidos no parece haber una simple diferencia de grado sino algo más profundo. Usted puede explicarnos eso. Los procesos de migración rural-urbana empezaron en América latina hace 70 años; la constitución de espacios marginales en las ciudades, también. Incluso hubo algunos esfuerzos por incorporar a los marginados, a través de la educación y de la construcción de viviendas más dignas.
–¿Qué distingue, entonces, a la exclusión?
–El no acceso al mercado de trabajo, lo cual genera una mayor crisis de expectativa.
–Y una violencia tan grave que da entrada a lo que usted llama “cultura de la muerte”.
–Le explico cómo se desenvuelve esto. Los chicos que hoy van al colegio tienen, en promedio, cuatro años más de educación que sus padres. El desempleo juvenil –entre 15 y 24 años– es entre el doble y el triple, del desempleo promedio, en los países de América latina.
–Es decir que los jóvenes tienen hoy, al tener más educación, mayores expectativas y menores posibilidades de acceder al trabajo.
–Tienen pocas oportunidades de que sus expectativas se concreten. Estamos hablando de crisis de expectativas, que genera frustración y violencia.
–Por otra parte, si esta sociedad no los acepta, si los excluye, ¿por qué van a aceptar sus reglas? Si quiero matar, mato.
–Es así.
–En su libro de aforismos Escritos sin futuro usted parece dolerse de “tantas muertes de Dios acontecidas en tan poco tiempo”. Salteándonos la de Dios tradicional ocurrida en el transcurso del siglo XX, ¿cuáles serían esas muertes? –La fe en la historia, la idea de que la historia marcha hacia adelante. Esa idea de una providencia que, aunque laica, responde a una racionalidad intrahistórica que hace que la historia funcione progresivamente. Que las cosas mejoren estaba garantizado. Hoy sabemos que no. Ya no hay un garante. La historia la hace uno. Y la hace en borrador. Otra muerte es la de esa especie de ideal de sujeto que hacía coincidir felizmente su vida personal con un proyecto global, utópico. Había una idea final de los tiempos donde todos seríamos redimidos.
–¿Tan falta de ilusiones está la izquierda?
–Y... creo que sí. Para lo que básicamente funciona la izquierda hoy día es para mantener un arsenal crítico sobre lo que está pasando. Pero en términos propositivos, de sueños, andamos bastante secos.
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Por Sandra Russo
“Si va uno, vamos todos”, dice la voz en off de la nueva campaña de Aerolíneas Argentinas. No es una voz cualquiera: es de esas voces masculinas perfectas para este tipo de mensajes, una voz cuyo timbre y textura se instalan en el justo medio entre lo solemne del bronce y lo acolchado de un sommier. Las imágenes acaban de mostrar el revuelo en un pueblo patagónico, porque esa noche cruzará el cielo un avión rumbo a Australia, piloteado por alguien que nació y creció entre ellos. Parece ser el primero que abandonó ese pueblo, o por lo menos al que le fue mejor, el que llegó tan lejos que esa noche verá la fogata hecha en su honor desde la cabina de control de un aparato volador cuyo destino es un lugar ligeramente excéntrico, aunque les ha mandado postales también desde lugares centrales (París, Madrid) de este mundo. Esa gente reunida en el acantilado solitario haciendo la fogata nunca salió de allí. Por eso todos están orgullosos del piloto. Si va uno, vamos todos, dice la voz. Y si uno logra escapar a la emoción conjurada en esa escena, se queda preguntándose si no sería más justo que fueran todos en serio, que cocinaran el orgullo por El Que Logró Zafar a fuego lento y lo convirtieran en una huida masiva hacia La Vida Plena. Si no será ésta, pese a la voz en off acongojante, otra manera de aceptar que, con que uno que zafe, estamos hechos.
Heredamos los miedos, las esperanzas, los tics nerviosos, el color de los ojos y hasta las galletitas, indica por su parte la publicidad de Terrabusi. La cámara se pasea delante de una madre y su hija sentadas con idéntico gesto de temor ante una pileta a la que ninguna de las dos se anima a tirarse, y por las caras de decepción de un abuelo y su nieto, que soportan la lluvia protegidos por la bandera del club de sus amores –un club de barrio, Primera C–. Los dos replican la frustración de un gol errado, pero la derrota no les resta ni un gramo de pasión. Las Manon y las Surtidas van pasando de mano en mano y de generación en generación, como los miedos, las esperanzas, los tics nerviosos y el color de los ojos, ¿las galletitas? Sí, uno hereda. Hay cosas que uno no puede no heredar. Heredar da pertenencia, identidad, sostén, carácter. Pero si una vez más uno puede escapar a la emoción que conjuran las escenas, se queda preguntándose: ¿qué gracia tiene pasarse la posta eternamente? ¿Y el cambio, para cuándo? ¿Con qué dotación genética o histórica mutan los pueblos?
“Me haces bien, me haces bien, me haces bien”, canta Jorge Drexler en la propaganda de sopas Knorr. Aquí el escenario es un bar suburbano al que asisten diariamente los mismos parroquianos, atendido por una camarera con don de hada madrina que es capaz de diagnosticar al instante qué tipo de sopa requiere cada uno: al que tiene mal de amores, la de pollo; al jugador compulsivo, la de letras. La luz es amarilla, como en todas las nuevas publicidades argentinas que han captado que la cosa está que arde. Y si bien es cierto que todos queremos que algo o alguien nos haga bien, nos haga bien, nos haga bien, y si bien también es cierto que hasta el/la más rudo/a sabe lo que es sentirse tan pero tan solo/a que con treinta y nueve de fiebre o fuerte depresión encima no haya nadie ofreciéndole el elixir mágico de una sopita caliente, si nuevamente uno logra escapar a la emoción de la escena, algo en ella nos remite al comedor popular y al líquido como alimento básico de millones de hogares argentinos.
“Levanta, levanta, levanta”, canta otra voz masculina ubicada entre el bronce y el sommier en el nuevo institucional del Banco Nación. Y la metáfora reemplaza los bultos portuarios tan pesados que podrían caber en ellos los guardarropas completos de María Julia Alsogaray y Cecilia Bolocco juntas, por los bultos anímicos que levantamos todos cada día. Es difícil escapar a la emoción que conjuran todas estas escenas. Será por el fin o por el principio de año, será porque disimulamos atestando Mar del Plata y toda la costa atlántica, pero seguimos hechos polvo, y de pronto somos recipientes de mocos, soldaditos sin causa a la vista, mástiles sin bandera, gente sensible que no llora con las películas de amor sino con las propagandas de sopa, de líneas aéreas, de bancos y de galletitas.
Los creativos publicitarios pescaron que no era ésta una época para andar promoviendo modelos sociales sofisticados ni refinados. ¿Quién se acuerda del sushi en la era de la sopa de pollo? Habrá que ver cómo se las ingenian para mostrar gente tomando Gancia Batido en fábricas recuperadas. Las empresas se cuidan de la ira del dios del escrache y de la diosa del boicot. Es tiempo de ubicuidad. Y en publicidad, ubicuidad significa seguir promoviendo el consumo, pero por la vía correcta. El tufo del ambiente señala que no es ubicuo vender pasajes aéreos recurriendo al slogan de la exclusividad, ni galletitas mostrando familias numerosas de weekend en cuatro por cuatro.
El tufo del ambiente inaugura cierto glamour piquetero y decididamente instala lo colectivo como La Escena. Convengamos, queridos compatriotas, en que el tufo del ambiente no ha logrado, por cierto, limpiar la escena política argentina de algunas de sus peores escorias, pero algo es algo: por ahora nos ha limpiado la pantalla a la hora de la tanda.
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Por Osvaldo Bayer
Junto a un libro de Bakunin que lleva el título de Clima de barricadas y cielo de Revolución me encuentro aquí, en Alemania, con los diarios de la primera semana del 2003. Todos tienen escrita la palabra: Krieg, Guerra. El semanario Die Zeit comienza el año nada menos que con el título: “La guerra falsa”. Y las páginas se llenan con la discusión: “¿Entra Alemania en la guerra o se abstiene de acompañar a Bush?” La TAZ titula así: “Fischer: sí, sí, no, no”. Fischer es el ministro de Relaciones Exteriores alemán y representante de los verdes. Hasta ellos calculan. Calcular la guerra. O tienen miedo de perder el ómnibus o han pasado a ser los oportunistas de siempre: comienzan por la izquierda y luego son los mejores ejecutores de la “política correcta”.
La guerra, por milésima vez la guerra. Millones de jóvenes muertos “por la Patria” cuando en realidad lo han hecho para que aumenten las ganancias los fabricantes de armas o los accionistas que saben apostar. Los millones de cadáveres podridos en las trincheras de jóvenes apenas salidos a la vida; los prisioneros muertos de frío en los campos sin pan, los destrozados por la metralla, por las bombas. Y el mundo sigue obedeciendo a los sátrapas, a los dictadores, a los ridículos payasos de las Casas Blancas o Rosadas. Krieg, War, Guerra, orfandad, hambre, frío, muerte, abandono, ruinas, sangre, podredumbre, podredumbre, podredumbre.
Sí, sí, no, no. La Paz no puede tener dudas. Los pacifistas no tienen padrinos ni mafias. Los noticieros traen el embarque de marineros norteamericanos en barcos hacia las regiones árabes. Sonrientes, como si fueran a jugar un match de básquet. Van a matar o van a morir. A apretar el gatillo para matar a otro como él que verá venir la muerte. Por qué, para qué. Pero ¿cómo van a jugar con la Muerte? No lo harán por el cielo de la Revolución ni por las auroras de las barricadas, pensando en algún ideal. No, lo harán porque se lo manda algún suboficial sin seso o algún oficial que eligió el uniforme porque quería aparentar ser alguien. Lo traerán envuelto en la bandera que sirve para todo y quedará enterrado para siempre sin haber probado jamás lo femenino. Se llenarán de barro y mierda sin haber visto jamás volar a los ángeles ni tener abrazado a un niño junto a su cuerpo. Guerra. La guerra de los malditos políticos representantes de la Bolsa, de los malditos generales, de los chatos almirantes, de los brigadieres sin cabeza.
Justo en estos días de mugriento rebusque de razones para izar la bandera de las estrellas del pantano –y donde sólo ayuda un coral de Bach, el Dios de la música– se dio la investigación histórica televisiva sobre la matanza de la población armenia en la Primera Guerra Mundial en manos de los turcos. La guerra, una vez más. Allí está toda la crueldad de la que es capaz el ser humano cuando se le da la oportunidad de practicar la bestial costumbre de las guerras. A los hombres los ahorcaban o los mataban a palos, a las mujeres con los niños las hacían caminar kilómetros sin alimentos, sin agua para beber, a latigazos, les quitaban la ropa y a las mujeres las violaban. Los turcos uniformados del ejército y la gendarmería. Conocemos a esos uniformados de todos los países, que se convierten en bestias apenas se les da vía libre.
Después de que se descubrieron los documentos oficiales de los consulados alemanes en Turquía y las fotos tomadas por fotógrafos alemanes ya no quedan dudas del genocidio. Aunque Alemania era aliada de Turquía en esa guerra del ‘14 al ‘18, los consulados alemanes informaron a Berlín paso por paso del cobarde genocidio de los turcos contra los armenios. Del que nunca se habla. Por algo será.
En forma cínica, faltando a la verdad y a todo rasgo humanitario, los gobiernos turcos actuales se niegan a reconocer el genocidio de más de un millón de civiles desarmados. Es lamentable oír a periodistas ygobernantes turcos tratando de explicar la matanza como si no hubiera pasado nada, algo así como una pelea entre vecinos. Y el silencio de los intelectuales, su cobarde silencio, que ni siquiera piensan lo que tiene que haber sido el sufrimiento de esas madres cuando veían morir uno a uno a sus hijos de sed y de hambre. Sí, realmente la falta de reacción del pueblo turco ante este crimen cometido por sus antepasados habla de la falta de libertad y de humanismo que reina en esa sociedad.
Cuando uno escucha a esos políticos turcos y periodistas tomar con sorna la horrible tragedia da la impresión de oír a los militares argentinos cuando se les pregunta sobre el sistema de desaparición de personas. Armenia fue destrozada como país y comenzó la diáspora que los ha llevado a todas partes del mundo. En la Argentina hay una fuerte colonia armenia que llega a más de cien mil personas, con sus escuelas, sus iglesias, sus clubes.
La única justicia que alcanzó el pueblo armenio fue a través de un estudiante –a quien los turcos le había matado a toda la familia–, quien en Berlín esperó y mató a balazos al gobernante turco que había dado la orden de exterminar al pueblo armenio. El estudiante armenio lo hizo en nombre de la ley no escrita del derecho de matar al tirano. Y por eso los tribunales de Berlín lo absolvieron de culpa y cargo y se convirtió en un verdadero héroe de su pueblo perseguido.
Sin ninguna duda, para poder entrar en el conjunto europeo de naciones, Turquía va a tener que reconocer finalmente la matanza, devolver los territorios robados al pueblo armenio y pagar las indemnizaciones correspondientes. Si no, sería una hipocresía, sería dejar de fijar el antecedente de terminar con los genocidios de otros pueblos y con sectores de su mismo pueblo, como ha ocurrido con la Argentina. En nuestro país acaba de morir tranquilo en su cama, rodeado por sus “compañeros de arma”, el genocida y ladrón oficial de la Armada nacional capitán de fragata Francis William Whamond. Este, torturador de decenas de jóvenes mujeres, cometió el “acto patriótico” de torturar y asesinar a tres empresarios mendocinos y al mismo tiempo quedarse con sus propiedades. Un verdadero acto heroico de este oficial de la Marina de guerra argentina. Pero el Círculo Naval –que reúne a los oficiales de la Marina– lo premió en su deceso con un aviso fúnebre –como lo constató en este diario la periodista Susana Viau– donde lo trata de “estimado socio vitalicio”. Esto lo dice todo. Si una organización oficial trata así a un torturador, asesino y ladrón, qué podemos pensar que es, en sí, esa organización. Constituyen los refugios de los que quieren volver, de los que no han pedido ni siquiera disculpas por sus crímenes por la herencia vergonzosa que dejan a sus familias y a su arma. Pues bien, claro, por ese proceder y por la cobardía de nuestros políticos del Punto Final, Obediencia Debida y perdones diversos, todo lo que parezca militar será despreciado por aquellos que quieren sostener una sociedad de la honestidad y la limpieza de sentimientos. Así, con esa reacción del Círculo Naval, las velas que desplegará en los mares del mundo la fragata “Libertad” siempre presentará en sus manchadas velas los retratos de los genocidas, desde Massera hasta Francis Whamond, y la sangre de la juventud argentina asesinada por esos verdugos pagos.
Los Hijos de los asesinados jóvenes han demostrado un conducta ejemplar: Formar la guardia de la decencia en el Hospital Naval donde agoniza el máximo verdugo: el almirante Massera. Dejémosle el cargo, se lo merece. Es un almirante argentino con todas nuestras condecoraciones. No sólo un genocida sino también un vil ladrón, al quedarse con las herencias de sus víctimas.
A la guerra por miedo de quedar mal con Bush, a la cobardía de todo un pueblo, el turco, de reconocer uno de los crímenes más abyectos de la historia humana, se agrega la insensibilidad de nosotros, los argentinos,cuidando a nuestros torturadores en lechos del bien público, mientras nuestros jóvenes eran arrojados desde aviones al río. Somos la Argentina de Alfonsín, la Argentina de Menem, la Argentina de De la Rúa, la Argentina de Duhalde. Crimen y mafia, misa y uniformes, el Himno Nacional. Pero también somos la Argentina de Darío y Maximiliano.
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Por Juan Gelman
Dos libros de Primo Levi –Si esto es un hombre (1947) y Los hundidos y los salvados (1986)– lo han convertido en referencia obligada de todo estudio sobre la Shoá. En efecto, en ellos relata su experiencia como prisionero en Auschwitz, adonde fuera deportado por los nazis en 1944 cuando él buscaba contacto con los partigiani. Tenía 28 de edad cuando se publicó el primero y quién sabe si hay otro escritor sobreviviente de los campos de la muerte que haya narrado lo inenarrable con tanta lucidez, economía de medios y agudeza sostenidas a lo largo de 40 años. Siempre se ha exaltado su visión del infierno concentracionario por exenta de insultos, lamentos y repeticiones del agravio, y vertida en un estilo analítico, meticuloso, clarificador, como guiado por la técnica brechtiana del distanciamiento. Desconfiaba de quienes practican la profecía y de quienes levantan el dedo en posición de víctima. “No soy nada de eso”, dijo alguna vez.
Esta aparente objetividad es atribuida a su formación científica: Primo Levi era químico y en 1961 se desempeñaba en Turín como gerente general de una fábrica de pinturas, esmaltes y resinas sintéticas. Investigaba, sí, pero al ser humano, ese “centauro, laberinto de carne y de mente, de aliento divino y de polvo”. Le gustaba sorprender conversaciones más que participar en ellas, “espiar por un agujerito más que observar panoramas vastos y solemnes... hacer girar entre mis dedos una sola pieza del mosaico más que mirar el mosaico entero”. Es puro esquema considerarlo un mero sobreviviente del nazismo que testimonió con talento: su obra completa, publicada por Einaudi en 1998, muestra a un grande y diverso escritor.
Es curioso que se trate de la misma empresa que rechazó el manuscrito de Si esto es un hombre. El libro apareció en una editorial pequeña y no tuvo mayor resonancia. Sólo un joven escritor de entonces lo elogió con entusiasmo. Se llamaba Italo Calvino. Cuando Einaudi lo reedita en 1958 se convierte en un éxito de proporciones y Primo Levi gana respeto como hombre de letras, aunque ciertos colegas lo califican de menor. Pero su obra –poemas, relatos históricos y de ciencia ficción, ensayos, cuentos— desborda la etiqueta “crónica” que la acompañó mucho tiempo, es más contradictoria y menos sosegada de lo que se solía suponer. Por lo demás, revela la intensa labor de traducción de Primo Levi –Heine, Kafka, Lévi-Strauss, entre otros– y su empeño en la difusión de autores como Katzenelson, Poliakov y Bruck que padecieron la Shoá.
Primo Levi escribía y reescribía sin pausa, por lo general textos cortos –”agujeritos”– que intercalaba a veces en otros posteriores concretando libros incluso décadas después de su primera concepción. Si esto es un hombre resultó una criatura en la que trabajó de manera constante, revisó la reedición de Einaudi, supervisó su traducción al inglés y especialmente al alemán (1961), la adaptación radial (1964) y la teatral (1966), le agregó notas para la edición de lectura obligatoria en los colegios (1974) y un apéndice motivado por las preguntas más frecuentes de los estudiantes (1976) que fue además materia de muchas páginas de Los hundidos y los salvados. El crítico Alberto Cavaglion juzgó que todo lo escrito por Primo Levi es una glosa de Si esto es un hombre. En semejante apretujón no entraría, por ejemplo, El sistema periódico (1975), 20 capítulos con el nombre de sendos elementos de la tabla de Mendeleiev en que lo autobiográfico se mezcla con lo científico y lo científico construye analogías de índole moral. Sostenida por un flujo de invención que no decae, la escritura de Primo Levi no es la de un aficionado –como lo definían algunos y él se definía–, sino la de un escritor original cuya penetración sintáctica y emotiva parece dimanar de una oscura ansiedad del pensamiento. Primo Levi no fue sólo el cronista del Infierno moderno: también indagó los meandros del yo y del ser. En el prefacio de su libro más “infernal” –Si esto es un hombre– advierte que lo escribió a fin de “proporcionar documentos para un estudio desapasionado del alma humana”. Cuarenta años después la despasión se disipa en Los hundidos y los salvados: en vez de distancia y ausencia de odio, hay furia. “Nadie –dice– podrá jamás establecer con precisión cuántos del aparato nazi no podían no saber de las atrocidades espantosas que se estaban cometiendo; cuántos sabían algo, pero fingían ignorancia; cuántos tuvieron la posibilidad de saber todo, pero eligieron el camino más prudente de tener ojos y oídos (y sobre todo la boca) bien cerrados.” Y por vez primera pasa del adjetivo “nazi” al gentilicio “alemán”: “... la falta de difusión de la verdad sobre los campos de concentración es una de las mayores culpas colectivas del pueblo alemán, es la demostración más manifiesta de la cobardía a la que lo había reducido el terror hitleriano”. Nunca se sabrá qué produjo esta implosión en Primo Levi. ¿Una rabia latente que se quita la máscara? ¿El deseo de saber que choca contra la imposibilidad de responderse preguntas terribles sobre la condición humana?
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