Por Juan Gelman
Washington se apresta a enviar 50.000 efectivos al golfo Pérsico que se sumarán a los 65.000 ya estacionados en la zona. Objetivo: invadir Irak. Faltarían pruebas concretas de que Saddam Hussein posee armas de destrucción masiva, pero eso es un detalle y Bush hijo no es detallista. El 22 de septiembre del año pasado, el secretario de Estado Colin Powell prometió por la cadena ABC: “Mostraremos al mundo, al pueblo estadounidense, de manera convincente y que no dejará lugar a dudas, que la responsabilidad (de los atentados del 11/9) es de al-Qaeda, dirigida por Osama bin Laden”. Han pasado más de quince meses y el mundo y el pueblo estadounidense siguen esperando esa mostración.
No asombra entonces que los norteamericanos tengan sus reservas ante una guerra contra Irak. Una encuesta de Los Angeles Times publicada el 15 de diciembre indica que el 90 por ciento de los interrogados cree que Saddam Hussein tiene un arsenal de armas biológicas, químicas y nucleares, pero el 72 por ciento afirma que el gobierno no ha proporcionado evidencias suficientes que justifiquen la guerra. En tanto, no hay signos de que la CIA haya cambiado de posición desde el último octubre, cuando su director George Tenet envió una carta al Comité de Inteligencia del Senado registrando que los analistas de la agencia no consideran que Irak sea una amenaza inminente para Estados Unidos. Y han comenzado a aparecer los fabricantes de versiones contrarias.
Un ejemplo preclaro en la materia es el primer ministro israelí Ariel Sharon. Usó la Navidad para denunciar que Bagdad habría ocultado armas químicas y biológicas en Siria, que científicos nucleares iraquíes hacían su trabajo en Libia y que Irak entrenó a terroristas palestinos en el empleo de bazookas lanzamisiles. Estas declaraciones acompañaron las del jefe de la inteligencia militar de Israel, mayor general Aarón Ze’evi-Farkash, quien manifestó ante un comité parlamentario que el ataque estadounidense se produciría “lógicamente” después del 27 de enero próximo, fecha en que vence el plazo de los inspectores de Naciones Unidas para entregar su informe final al Consejo de Seguridad, que dirá si Saddam conserva esos arsenales o no los conserva. Es decir: habrá ataque cualesquiera sean las conclusiones del informe.
“Decir que sabemos (que Irak tiene esas armas), pero que no lo diremos, no es exactamente persuasivo. No se trata de una partida de póker”, apuntó Serguei Lavrov, embajador de Rusia ante Naciones Unidas. Por las dudas de que los inspectores no las encuentren, teorizantes como el periodista Charles Krauthammer proponen que “encontraremos pruebas retroactivas”. Dicho de otra manera: primero invadir, después averiguar. Hace diez años, cuando se preparaba para expulsar a Saddam de Kuwait, EE.UU. fue sacudido por el testimonio que prestó ante el Congreso una muchacha kuwaití: había visto cómo los soldados iraquíes desconectaban las incubadoras en los hospitales y dejaban morir a los bebés. “Bebés sacados de las incubadoras y esparcidos como leña por el piso”, clamó Bush padre. Finalizada esta primera guerra del Golfo se descubrió la identidad de la testigo: era la hija del embajador de Kuwait ante la ONU.
En la organización mundial no imperan las ilusiones y se diseñan planes en previsión de la guerra contra Irak: según The Times del lunes 23, circulan documentos internos en que se asevera que el conflicto producirá unos 900.000 refugiados, de los que 100.000 precisarán ayuda inmediata. Los funcionarios del Programa Mundial de Alimentos de la FAO han comenzado a acumular alimentos para dar de comer a 900.000 personas durante un mes. Unicef está enviando abastecimientos para 550.000 iraquíes y 160.000 habitantes de cuatro países vecinos. Son preparativos que Kofi Annan, secretario general de la ONU, procura mantener en secreto –dice el diario inglés– “por el temor de sugerir a Irak que la inspección de armamento es vana y que un ataque encabezado por EE.UU. es inevitable”. Al parecer, también la hipocresía es un animal inevitable.
Washington aduce que el informe presentado por Bagdad en cumplimiento de la resolución 1441 del Consejo de Seguridad está muy lejos de cumplir lo que ésta prescribe y proliferan alarmas improbables. Agentes de la inteligencia militar norteamericana afirmaron no hace mucho que Irak proyecta destruir sus propias fuentes de energía e incendiar sus pozos petrolíferos para echarle a EE.UU. la culpa del desastre, pero no revelaron las fuentes de semejante información. La Casa Blanca dejó trascender que Saddam proporcionó a al-Qaeda el mortífero gas VX, que ataca el sistema nervioso central, pero el caso se investigó y la versión se disipó. No pocos analistas se preguntan si está en marcha un incidente parecido al del golfo de Tonkin, que sirvió de razón para que Washington interviniera en Vietnam.
La historia está plagada de esta clase de confecciones. Los llevados y traídos “Protocolos de los Sabios de Sión” explicaron las prácticas antisemitas del zarismo y resurgen cada tanto como prueba de la voluntad judía de destruir la cristiandad. Los fabricó la Ojrana, policía secreta del zar, tomando elementos de “Diálogo entre Maquiavelo y Montesquieu”, una sátira contra Napoleón III del francés Maurice Joly publicada en 1864, de la novela fantástica Biarritz del alemán Hermann Goedsche que apareció en 1868, y de otras narraciones del género. Quién sabe si Bush hijo lee tanto.
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Por Eduardo Galeano
Tiempos del miedo. Vive el mundo en estado de terror, y el terror se disfraza: dice ser obra de Saddam Hussein, un actor ya cansado de tanto trabajar de enemigo, o de Osama bin Laden, asustador profesional.
Pero el verdadero autor del pánico planetario se llama Mercado. Este señor no tiene nada que ver con el entrañable lugar del barrio donde uno acude en busca de frutas y verduras. Es un todopoderoso terrorista sin rostro, que está en todas partes, como Dios, y cree ser, como Dios, eterno. Sus numerosos intérpretes anuncian: “El Mercado está nervioso”, y advierten: “No hay que irritar al Mercado”.
Su frondoso prontuario criminal lo hace temible. Se ha pasado la vida robando comida, asesinando empleos, secuestrando países y fabricando guerras.
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Para vender sus guerras, el Mercado siembra miedo. Y el miedo crea clima. La televisión se ocupa de que las torres de Nueva York vuelvan a derrumbarse todos los días. ¿Qué quedó del pánico al ántrax? No sólo una investigación oficial, que poco o nada averiguó sobre aquellas cartas mortales: también quedó un espectacular aumento del presupuesto militar de los Estados Unidos. Y la millonada que ese país destina a la industria de la muerte no es moco de pavo. Apenas un mes y medio de esos gastos bastaría para acabar con la miseria en el mundo, si no mienten los numeritos de las Naciones Unidas.
Cada vez que el Mercado da la orden, la luz roja de la alarma parpadea en el peligrosímetro, la máquina que convierte toda sospecha en evidencia. Las guerras preventivas matan por las dudas, no por las pruebas. Ahora le toca a Irak. Otra vez ese castigado país ha sido condenado. Los muertos sabrán comprender: Irak contiene la segunda reserva mundial de petróleo, que es justo lo que el Mercado anda precisando para asegurar combustible al despilfarro de la sociedad de consumo.
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Espejo, espejito: ¿quién es el más temido? Las potencias imperiales monopolizan, por derecho natural, las armas de destrucción masiva.
En tiempos de la conquista de América, mientras nacía eso que ahora llaman Mercado global, la viruela y la gripe mataron muchos más indígenas que la espada y el arcabuz. La exitosa invasión europea tuvo mucho que agradecer a las bacterias y los virus. Siglos después, esos aliados providenciales se convirtieron en armas de guerra, en manos de las grandes potencias. Un puñado de países monopoliza los arsenales biológicos. Hace un par de décadas, los Estados Unidos permitieron que Saddam Hussein lanzara bombas de epidemias contra los kurdos, cuando él era un mimado de Occidente y los kurdos tenían mala prensa, pero esas armas bacteriológicas habían sido hechas con cepas compradas a una empresa de Rockville, en Maryland.
En materia militar, como en todo lo demás, el Mercado predica la libertad, pero la competencia no le gusta ni un poquito. La oferta se concentra en manos de pocos, en nombre de la seguridad universal. Saddam Hussein mete mucho miedo. Tiembla el mundo. Tremenda amenaza: Irak podría volver a usar armas bacteriológicas y, mucho más grave todavía, alguna vez podría llegar a tener armas nucleares. La humanidad no puede permitir ese peligro, proclama el peligroso presidente del único país que ha usado armas nucleares para asesinar población civil. ¿Habrá sido Irak quien exterminó a los viejos, mujeres y niños de Hiroshima y Nagasaki?
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Paisaje del nuevo milenio: gente que no sabe si mañana encontrará qué comer, o si se quedará sin techo, o cómo hará para sobrevivir si se enferma o sufre un accidente; gente que no sabe si mañana perderá el empleo, o si será obligada a trabajar el doble a cambio de la mitad, o si su jubilación será devorada por los lobos de la Bolsa o por los ratones de la inflación; ciudadanos que no saben si mañana serán asaltados a la vuelta de la esquina, o si les desvalijarán la casa, o si algún desesperado les meterá un cuchillo en la barriga; campesinos que no saben si mañana tendrán tierra que trabajar y pescadores que no saben si encontrarán ríos o mares no envenenados todavía; personas y países que no saben cómo harán mañana para pagar sus deudas multiplicadas por la usura.
¿Serán obras de Al-Qaida estos terrores cotidianos?
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La economía comete atentados que no salen en los diarios: cada minuto mata de hambre a doce niños. En la organización terrorista del mundo, que el poder militar custodia, hay mil millones de hambrientos crónicos y seiscientos millones de gordos.
Moneda fuerte, vida frágil: el Ecuador y El Salvador han adoptado el dólar como moneda nacional, pero la población huye. Nunca esos países habían producido tanta pobreza y tantos emigrantes. La venta de carne humana al extranjero genera desarraigo, tristeza y divisas. Los ecuatorianos obligados a buscar trabajo en otra parte han enviado a su país, en el año 2001, una cantidad de dinero que supera la suma de las exportaciones de banano, camarón, atún, café y cacao.
También el Uruguay y la Argentina expulsan a sus hijos jóvenes. Los emigrantes, nietos de inmigrantes, dejan a sus espaldas familias destrozadas y memorias que duelen. “Doctor, me rompieron el alma”: ¿en qué hospital se cura eso? En la Argentina, un concurso de televisión ofrece, cada día, el premio más codiciado: un empleo. Las colas son larguísimas. El programa elige los candidatos, y el público vota. Consigue trabajo el que más lágrimas derrama y más lágrimas arranca. Sony Pictures está vendiendo la exitosa fórmula en todo el mundo.
¿Qué empleo? El que venga. ¿Por cuánto? Por lo que sea y como sea. La desesperación de los que buscan trabajo, y la angustia de los que temen perderlo, obligan a aceptar lo inaceptable. En todo el mundo se impone “el modelo Wal Mart”. La empresa número uno de los Estados Unidos prohíbe los sindicatos y estira los horarios sin pagar horas extras. El Mercado exporta su lucrativo ejemplo. Cuanto más dolidos están los países, más fácil resulta convertir el derecho laboral en papel mojado.
Y más fácil resulta, también, sacrificar otros derechos. Los papás del caos venden el orden. La pobreza y la desocupación multiplican la delincuencia, que difunde el pánico, y en ese caldo de cultivo florece lo peor. Los militares argentinos, que mucho saben de crímenes, están siendo invitados a combatir el crimen: que vengan a salvarnos de la delincuencia, clama a gritos Carlos Menem, un funcionario del Mercado que de delincuencia sabe mucho porque la ejerció como nadie cuando fue presidente.
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Costos bajísimos, ganancias mil, controles cero: un barco petrolero se parte por la mitad y la mortífera marea negra ataca las costas de Galicia y más allá.
El negocio más rentable del mundo genera fortunas y desastres “naturales”. Los gases venenosos que el petróleo echa al aire son la causa principal del agujero del ozono, que ya tiene el tamaño de los Estados Unidos, y de la locura del clima. En Etiopía y en otros países africanos, la sequía está condenando a millones de personas a la peor hambruna de los últimos veinte años, mientras Alemania y otros países europeos vienen de sufrir inundaciones que han sido la peor catástrofe del último medio siglo.
Además, el petróleo genera guerras. Pobre Irak.
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Por Osvaldo Bayer
Qué ejemplo de ética dio esta semana la población patagónica de Puerto San Julián cuando inauguró la plaza Albino Argüelles, allí en el seno de la ciudad. Albino Argüelles, el héroe del pueblo fusilado por el Ejército Argentino hace más de ochenta años por encabezar el movimiento que exigía más humanidad con los peones rurales. Los balazos oficiales que destrozaron su pecho todavía no tienen explicación alguna. Había propuesto un nuevo convenio que reemplazara las condiciones de vida esclavizantes de aquellos años en las estancias del latifundio. Se lo fusiló por su osadía lo mismo que se hizo con el gaucho entrerriano José Font, Facón Grande, unos kilómetros más al norte.
Todo se cubrió con el silencio de los burócratas y la injusticia. Generaciones se criaron sin saber la verdad. Ahora, roto el silencio del miedo, surgen las figuras mártires del movimiento obrero. Rota la cobarde mentira de que eran “agitadores”, se elevan en todo su sacrificio y su justicia. Nunca nadie pudo probar las aseveraciones militares y policiales que sostenían que los hombres que pedían el primer convenio rural eran “agentes” de países extranjeros o miembros de ideologías “subversivas”.
Hubo profunda emoción en el acto, al que concurrieron todos. Los discursos tiñeron de nostalgia la figura del héroe del Pueblo; su hija Irma Labat –de 82 años– puso las lágrimas del dolor y de la alegría inmensa. Y con ella los nietos y biznietos del hombre de la mano abierta.
Mientras el nombre de Albino Argüelles surge por su valentía y su desprendimiento, las sombras de su asesino, el entonces capitán Elbio Carlos Anaya –después “general de la Nación”–, se pierden en el olvido y la vergüenza. El “péguele cuatro tiros”, como era toda la esencia lingüística y filosófica del verdugo, queda como sucio abuso de las armas y los uniformes de la estupidez humana.
Albino Argüelles era un hombre de Buenos Aires, herrero de oficio, que ya en enero de 1919 había luchado con los metalúrgicos en las calles de Buenos Aires por las sagradas ocho horas de trabajo, en la Semana Trágica. Las calles porteñas habían quedado teñidas de la sangre obrera ante la brutal represión de la policía, el Ejército y las brigadas de la que después se llamaría la “Liga Patriótica Argentina”, la unión de los defensores del privilegio.
Ese mismo año Argüelles llegó a San Julián y participó de la formación de la Sociedad Obrera de Oficios Varios, que antes era apenas una organización de los obreros de playa. Argüelles fue elegido como secretario general de la nueva entidad, por sus cualidades oratorias y su talento de organización. En la misma primera comisión figuraba Facón Grande como “delegado tropero y de campo”. Como era clásico en aquellos tiempos sindicales, la organización obrera poseía una biblioteca y un conjunto filodramático, el cual daba funciones teatrales los sábados a la noche y los domingos a la tarde para los afiliados. Todos los dirigentes trabajaban. Albino Argüelles, que apenas contaba en esa época con 25 años, trabajaba como herrero en una estancia vecina. Muy rápido vendrán los años de lucha por la dignidad de los trabajadores del campo. Es sin ninguna duda épico el paro realizado en 1920 por mínimas mejoras en el trabajo. En esas enormes distancias, con una organización social donde el peón dependía en absoluto del patrón, quien a su vez manejaba la policía del lugar, organizarse y llevar a cabo un paro era de un coraje y una fe a toda prueba en que las condiciones de esclavitud debían cambiarse. Pero fíjese el lector el sentido de grandeza que tenía la presentación de los peones: exigían que los estancieros tomaran peones casados y que sus mujeres pudieran vivir en los establecimientos rurales. Decían que así, ese territorio desolado de la Patagonia iría poblándose poco a poco. Es que las estancias tomaban sólo a peones solteros. Los cuales, al recibirla paga, viajaban a las ciudades donde tiraban en un fin de semana lo ganado, en alcohol y en los lupanares de los puertos. Luego volvían sin un centavo en el bolsillo y pasaban a depender totalmente del patrón. En cambio, de dejarse entrar a las mujeres a las estancias, sin ninguna duda éstas hubieran ordenado la vida de los hombres solos. En eso debe verse al sindicato como una organización plena de humanismo y de mirada hacia el futuro comparado con el duro espíritu explotador y depredador de los dueños de la tierra.
Cuando el presidente radical Hipólito Yrigoyen se entera de la huelga del campo patagónico, envía al regimiento 10 de caballería, cuyo jefe era el teniente coronel Varela, a que vaya a dar orden al territorio. Este llega a Santa Cruz, comprueba los rasgos de explotación inverosímil de los trabajadores del campo y hace firmar el primer convenio rural. Y ahora viene lo increíble de la historia. Los estancieros no cumplen con el convenio y entonces los peones van otra vez a la huelga. Pero en vez de tomar medidas con los patrones, Yrigoyen le ordena al Ejército proceder contra los peones huelguistas, dándole el bando de la pena de muerte. Y entonces el Ejército comete una masacre con los humildes que es inexplicable, brutal, sin ningún sentido. Decenas y decenas de cadáveres se acumularon en las distancias santacruceñas. Aquí sólo cabe la desesperada pregunta: ¿por qué los fusilamientos?, ¿por qué se fusiló a esos trabajadores? ¿No había otras medidas para llevar paz a ese territorio?
Después de un silencio de décadas impuesto por el miedo, la verdad está llegando a Santa Cruz, como en este acto realizado esta semana en San Julián. Estuvieron todos presentes: el pueblo, los estudiantes, el intendente, los dirigentes de la unión de los trabajadores del campo y estibadores, los profesores universitarios, los intelectuales, los docentes. Y por supuesto los familiares del héroe, emocionados hasta las lágrimas, y alguien infaltable para estos actos de la historia de la dignidad: el ex gobernador de Santa Cruz, don Jorge Cepernic, quien estuvo ocho años presos durante la dictadura.
Luego marchamos hacia la universidad donde se hizo un recorrido histórico de los principales acontecimientos e interpretaciones de la huelga y se vieron los filmes La Patagonia Rebelde y El Vindicador. Los aplausos y las emociones: se había repuesto la verdad. Los peones habían luchado por su dignidad. Los asesinos uniformados son despreciados por todos y nadie los recuerda.
Pero hay más. En Bernal, provincia de Buenos Aires, se hizo el primer acto de reivindicación de los peones fusilados en Santa Cruz. La asamblea popular descubrió una placa de bronce en la esquina de 9 de Julio y Belgrano, en la farmacia de don Manuel Faerman. Hubo discursos, música y una exposición de fotos de los acontecimientos. Los crímenes de nuestra historia no deben quedar impunes, a pesar de que transcurran más de 81 años. Y que los culpables queden a primera vista en el banquillo de la historia. Como en este caso: el Ejército Argentino y el gobierno radical de Hipólito Yrigoyen.
Toda esta satisfacción histórica, en momentos en que el pueblo argentino está en la calle, por la falta de dignidad en que ha sido y sigue siendo gobernada y por el recuerdo de los muertos en la calle, en manos de la policía de tiro fácil, entre ellos los inolvidables héroes del pueblo Darío y Maximiliano. El largo camino contra tiranos y obsecuentes. El pueblo sigue su derrotero en la eterna senda de la generosa marcha hacia el paraíso de los solidarios.
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Por Jack Fuchs
Cuando pienso en la Argentina de hoy no puedo dejar de recordar mi pasado. Las privaciones, la miseria del gueto, el hambre y la violencia en la Europa de entreguerras. Después llegó la catástrofe de los campos, del exterminio, pero no es ese recuerdo el que me despierta la Argentina de estos años. En 1946, después de la liberación, pasé una temporada recuperándome en un hospital de Baviera y llegué a Nueva York; para mí, un judío de Lodz, un hombre de pequeños mundos, la gran ciudad me deslumbró; vi las luces, el tráfico, los edificios enormes, las marquesinas, las tiendas, la muchedumbre de paseantes en las calles, tuve la ilusión de que la ciudad era un verdadero teatro de libertad, me preguntaba cómo podía esa vida ahí tener los matices, los tonos, el ritmo que tenía mientras Europa, por todas partes, estaba convertida en un conjunto gris y ruinoso de escombros y desasosiego. Me preguntaba si Nueva York había vivido esa intensidad vital durante los años míos en el gueto y los campos. Yo era un joven bundista lleno de esperanzas en el socialismo, y creí que Estados Unidos, América, era un país maravilloso, enorme, hospitalario, pródigo. Pero como siempre, como cualquier hombre en cualquier momento, tuve una impresión parcial, vi lo que pude ver en el estado de emoción en que me encontraba, y después de haber visto lo que había visto en Europa. Ignoré, por ejemplo, que no muy lejos de Nueva York, en Alabama, había ejecuciones, linchamientos, que había negros que morían asesinados sólo por ser negros. ¿Cómo? ¿Estados Unidos, mundo libre, rival declarado de la miseria totalitaria, permitía en su suelo –tierra prometida– el horror y la esclavitud del racismo? Las imágenes de la memoria son confusas: cuando por primera vez vi salir, en la Grand Station, un tren repleto de pasajeros rumbo a sus vacaciones, se me presentó la visión de los trenes de Auschwitz. La memoria es irónica: porque parece que una playa en verano y un campo de concentración no tienen nada en común. El pasado distorsiona. En esa época me di cuenta de que no había una sola América. Aprendí que la miseria, entre hombres, tiene muchas caras, que el vitalismo americano se combinaba con el horror de las ejecuciones: esto lo supe un día escuchando la radio, supe que más tarde se hicieron museos acerca del racismo en América, que las cosas cambiaron y que estos cambios no fueron producto de la casualidad sino de la lucha de la gente.
Cuando vine a quedarme en Buenos Aires, en 1966, hace 36 años, escuché decir a muchos amigos que ya vivían acá que la Argentina era un lugar sin salida, y ciertamente quizá lo sea. O más que eso: que la Argentina no tenga salida quiere decir que la historia no la tiene, que el teatro humano no puede salir de su patetismo, que no hay solución.
Salgo a la calle, vaya donde vaya, verifico que la pobreza se mide en relación con su imagen contradictoria, la abundancia, el exceso. Buenos Aires empieza a parecerse a Calcuta, cierto, hay mendigos, hombres durmiendo en las plazas, los zaguanes, niños que revuelven la basura, ruinas. Pero también Buenos Aires conserva motivos, realidades de las más grandes y bellas ciudades de Occidente, también es cierto que hay restaurantes lujosos, muchos, a la moda, y llenos de gente, hay barrios muy confortables, calles limpias, guardias de seguridad privada, automóviles de 30 o 40 mil dólares. Barrios oscuros, suburbios peligrosos, y avenidas elegantes, iluminadas; necesidad y despilfarro. Todo al mismo tiempo. Entre Calcuta y París. Hay más de una Argentina. En las plazas hay jovencitas pidiendo y mujeres muy paquetas, trotando, para mantenerse en forma y bajar de peso. El desequilibrio es una ecuación simple. No soy economista, no soy sociólogo, no puedo culpar tal o cual dogma, no sé suficientemente qué es la globalización ni cuál es el nuevo mal del capitalismo, lo dejo para los expertos; el detalle de lo que veo me remitea la experiencia, abre mi memoria. Me tranquilizo pensando que con los años aprendí a mirar este espectáculo de insensatez elemental, esta comedia disparatada, perversa. Pero al lado del sufrimiento, ¿qué importa lo que ahora sé? Poco, o muy poco. Me importa en cambio descifrar la mirada del chico que busca en la basura. Me mira, hay resentimiento, es seria, amenazante, su mirada, los ojos se retraen al dolor, se adormecen en el límite de la sumisión. Detesto considerar las estadísticas, me gusta el ejercicio de invertirlas; es más grave un solo niño hambriento que 500 mil.
No soy un gran lector de novelas, me gusta leer poemas, porque en pocas líneas a veces concentran mucha sabiduría, mucha experiencia. Recuerdo que en mi juventud cantaba un poema de Itzjok Leibush Peretz, polaco, nacido en 1852. Ese poema era “No creas”. Lo repaso ahora en una traducción de Elihau Toker: “¡El mundo no es taberna, ni bolsa, ni marcha a la deriva!/ ¡Todo es medido y pesado!/No se evapora una lágrima ni una gota de sangre,/ ni se apaga inútilmente la chispa de ojo alguno./Las lágrimas se hacen río; los ríos se hacen mares;/los mares un diluvio; las chispas, un rayo/¡Oh, no creas que no hay juez ni justicia!”. Esto se cantó mucho antes y después de la Revolución Rusa del ‘17, con mis amigos lo repetíamos para el 1º de mayo. Ahora lo releo y creo que Peretz invita a considerar que el mundo no puede permanecer indiferente, que habrá un día de justicia; acabo de advertir que la esperanza que promueve el poema es contradictoria con mi idea de que la historia no tiene solución, quizá esta contradicción sigue siendo la fuente de la emoción que me ocasiona el poema, me parezco a las cosas, yo tampoco estoy hecho de una sola pieza. Hay otro poema, un clásico de la poesía norteamericana, “El hombre con la azada” (“The man with a hoe”), de Edwin Markham, un maestro de escuela también nacido en 1852. Este poema lo aprendí en Nueva York, hace muchos años. Habla de un hombre vencido e inclinado por el peso del trabajo, por la opresión y el sufrimiento; cito los versos finales: “Oh, señores, amos y gobernantes de todo el mundo,/¿cómo será el futuro con este hombre así?/¿cómo responder su pregunta brutal en esa hora?/ cuando la tormenta de la rebelión sacuda todas las orillas,/¿qué pasará con los reyes y los reinos?/¿qué con lo que hicieron del hombre?/¿cuándo se alzará este terror mudo para juzgar el mundo/ después del silencio de los siglos?”. Me sorprendo en el recuerdo de estos textos, los dos hablan de lo mismo, cada uno, en el otro extremo del mundo, da su advertencia, pronuncian un desafío, no piden violencia, pero saben que un día u otro va a desatarse, le hablan a la gente, pero les hablan también a los gobernantes, a los jueces, para advertirles lo que vendrá. Siento que en Argentina, y quizá en todo el mundo, estamos en un momento en el que lo que dicen Peretz y Markham vuelve a cobrar su plenitud de sentido, no estaría de más, me digo, que los gobernantes, los administradores, los senadores de hoy los aprendieran de memoria.
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Por Juan Gelman
Aumenta el número de novelas escritas por autores árabes para ser traducidas –en especial al inglés– con destino al lector occidental. Excepto la obra del Nobel Naguib Mahfouz, la novela no es una forma popular entre los pueblos árabes y tal vez nunca lo sea. Su cultura se ajusta a cánones diferentes del que Benedict Anderson establece en Imagined Communities y que muchos críticos han aplicado luego: la carencia de una tradición novelística indica, por definición, la falta de valores que posibilitan el acceso a la modernidad. Anderson vincula a esa forma narrativa la expresión de conceptos tales como el de Nación, que la poesía no estaría en condiciones de expresar. Es evidente, sin embargo, que las pulsiones nacionalistas no escasean ni en la tradición ni en el presente del mundo árabe e islámico.
Emerson, Pound y T.S. Eliot indagaron, pese a su etnocentrismo, las culturas orientales, aunque no siempre con fortuna. Pero al menos no incurrieron en el exabrupto de John Updike, que en una reseña del relato de estilo nada convencional de Abdel-Rahma Munif titulado “Ciudades de sal” asestó que era “una lástima que el autor parezca insuficientemente occidentalizado para producir una narración que se acerque a lo que nosotros llamamos una novela”. De Updike se podría decir lo mismo al revés. Los medios informativos conceden no poco espacio político al mundo árabe, hoy sobre todo, pero no profundizan el conocimiento de una cultura que tanto alimentó a Occidente. Entonces, y a semejanza de ciertos colegas chinos, algunos escritores árabes van a la montaña.
El fenómeno tiene visos paradójicos. Escribir para la traducción podría ser la búsqueda de un retorno del autor a ser leído por el público árabe. Lo cierto es que, en general, las editoriales de Occidente sólo suelen publicar traducidas de esa lengua las novelas que de algún modo confirman nociones aceptadas sobre dos temas dominantes: la situación de opresión de la mujer y el resurgimiento del fundamentalismo islámico. Un ejemplo en la materia sería Women of Sand Myrrh (Mujeres de arena y mirra), de la autora libanesa Hanan al Shaykh. En el primer capítulo de la novela se advierte nítidamente a quiénes está dirigida: no se explican las referencias occidentales poco o nada familiares para el público árabe, pero se describen con lujo de pormenores los hábitos y las prácticas islámicas que lo serían. Entre paréntesis, no falta quien, por detalles de esa índole, afirma que Marco Polo nunca estuvo en China y se limitó a recoger información en las factorías comerciales del Mar Negro: en su libro no hay mención alguna de la Gran Muralla, o de la costumbre tradicional de achicar los pies de las mujeres con suecos de madera que les imponían desde la infancia. Ambas cosas provocaban la admiración o la repulsa de cualquier visitante extranjero.
Salim Barakat, autor sirio de origen kurdo actualmente asentado en Estocolmo, presenta en Sages of Darkness (Sabios de la oscuridad) un paisaje que obedece crudamente a los preconceptos occidentales. Esta novela tiene extrañas similitudes temáticas con Los versos satánicos de Salman Rushdie –que ciertamente apareció publicada después– y es una parodia extrema de lo que se juzgan hipocresías de la fe islámica. La parodia de las tradiciones religiosas, sexuales y culturales del Islam no es cosa nueva en la literatura árabe, desde Abu Nuwas, el celebrado “poeta del vino” del siglo VIII de nuestra era, hasta Nizar Qabbani, el poeta contemporáneo más popular del mundo árabe. Más de una vez fue reprimida por el poder de turno. Esa manera de ver el mundo es particularmente apreciada por el público de la lengua, pero tanto la novela de Barakat como la de Rushdie pueden ser percibidas como parodias del Islam construidas para ojos occidentales, más que como críticas a las autocracias e intolerancias que imperan en el Medio Oriente. Como la condena a muerte dictada contra Rushdie por haber escrito el libro. La cuestión de escribir para ser traducida o traducido roza, entre otros, problemas atinentes a las políticas que guían la traducción de autores del llamado tercer mundo en los países llamados centrales, es decir, las políticas de publicación de sus monopolios editoriales. Estos siguen y retroalimentan el que consideran gusto occidental y así el tan meneado multiculturalismo en este campo es algo perfectamente parroquial. No se puede menos que dudar sobre la exactitud de las traducciones, por ejemplo, más allá de las inexactitudes o imposibilidades de toda traducción. La historia de la lengua y de la literatura árabes no obedece al patrón occidental del progreso, según el cual se pasa de la épica y la poesía necesariamente a la novela. La lengua árabe siempre fue considerada una obra de arte por sus hablantes y su tradición literaria es ante todo poética.
Dentro de Occidente mismo hay distorsiones parecidas. Ni en Estados Unidos ni en Europa se publican traducciones de obras escritas en lenguas indígenas como el zapoteco o el náhuatl, que además difícilmente aparecen en castellano. En lo cultural, la globalización empobrece tanto como en los planos económico, político y social. Y no se hable de las novelas especialmente escritas –con suerte o sin ella– para ganar concursos y jugosos premios de editoriales notorias. Cabe preguntarse qué quedará de todo eso. Sólo Cronos lo dirá algún día, avisó Pound.
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Por Sandra Russo
Nuestro delirio ya camina. Y nos lleva con él. Nuestro delirio apagó su primera velita en un cumpleaños en el que en la piñata, en lugar de chupetines y papel picado, hubo ventanillas bancarias disponibles para retirar dinero que de tan esquivo pareciera ajeno. Hace un año lo impensable tomaba cuerpo en la figura y el temple destemplado de Domingo Cavallo, explicando por tevé que excepcionalmente y sólo por tres meses los argentinos nos veríamos obligados a retirar apenas doscientos cincuenta pesos por semana del cajero automático.
A partir de aquella imagen que en estos días volvió a pasearse por las pantallas, todo cambió y no ha dejado de cambiar ni un instante en un país en el que la gente tuvo durante doce meses, como interlocutoras de su rabia, a las empalizadas con que los bancos cubrieron sus fachadas después de los primeros cascotazos. Todo cambió y no ha dejado de cambiar en un país en el que la nueva segunda lengua que manejan los incluidos en el sistema no es el inglés sino la jerga bancaria. En un país en el que los representantes del pueblo también sucumbieron al frenesí amurallador para mantener prudente distancia de una ira que, tapiando el Congreso, dieron por descontada: es decir, no era al pueblo al que representarían las leyes que de allí salieran. Todo cambió y no ha dejado de cambiar, aunque en las encuestas electorales figuren bien arriba, casi en todos los casos, los nombres de los que nos metieron hasta el cuello en el delirio (eso debe ser parte del delirio).
Hace un año, el superministro sobreactuaba tranquilidad mientras disparaba aquel dardo que iba a tardar en dar en el blanco. No fue una reacción de indignación instantánea la que siguió al anuncio. Costaba digerir el paquete. Había que masticarlo, tragárselo, dejarlo bajar y recién ahí, unos cuatro días después, vinieron los problemas digestivos. Nos habíamos tragado muchos sapos y todo tipo de envíos a domicilio, pero como éste, no. Y el tiempo comenzó a pasar raro este último año, doce meses multiplicados por una intensidad arrasadora: el año que pasó desde la instauración del corralito concentró a su paso las mejores y las peores imágenes de un país que descubrió azorado que absolutamente todos sus castillos eran de naipes y que absolutamente todas sus nubes eran de Ubeda.
En el delirio, a medida que pasaban los meses, es extraño que quienes no tenían un peso en la caja de ahorros, incluso quienes ni siquiera tenían caja de ahorros, no se sintieran con derecho a fantasear, sin ser sospechados de borders, con que cuando los diarios titulaban “A partir de mañana se podrán retirar hasta 1000, 2000 o 3000 pesos del cajero automático”, ellos también podrían hacer la cola, meter el código y hacerse con el efectivo. Si eso no sucedió, en el medio del desquicio que significó que los combatientes más frenéticos de la propiedad privada fueran sus más feroces violadores, es porque los argentinos somos gente entrenada para recibir solamente noticias de las malas, y porque hasta para volvernos locos somos sensiblemente moderados.
Fue un año raro éste, un año difícilmente medible en tiempo. La imagen de Cavallo aparece hoy sobreimpresa simultáneamente con el color amarillento de lo pasado y el gusto amargo de lo reciente. Porque es casi una casualidad que Cavallo no sea candidato. ¿No podría? Cuatro entrevistas televisivas blanqueándolo, como han hecho algunos otros, algún canal a su disposición, un buen grupo de empresas respaldándolo, y no es difícil, visto el resto del panorama político argentino, imaginarse al tipo presentándose como el dueño del Gran Truco de la Salvación.
El año que pasó no sólo dejó heridos a ahorristas y deudores, circunstancias que han cobrado la fuerza de entidades humanas, como si uno viniera al mundo ahorrista o deudor: las circunstancias en las que nos encontró el gas paralizante del corralito nos han comido la personalidad, la ideología y los principios. Falta que en las reuniones sociales la gente se presente como “Mucho gusto, Juan Pérez, ahorrista”, o “Encantada,Alicia García, deudora”. Pero el año que pasó no sólo dejó heridos a los que vieron esfumarse sus ahorros o a los que ven peligrar sus casas si se redolarizan las deudas. No hace falta abundar: hay muy poca gente ilesa, y los más heridos de todos son los que no tuvieron resto para contraer deudas ni, por supuesto, dejar en el país los ahorros que jamás tuvieron. Este año hubo más hambre, más desempleo, más injusticia, más corrupción, más desidia, más mentiras. Cada cabeza fue taladrada por el delirio, cada perspectiva fue desfigurada por el delirio. Indemne no salió casi nadie, salvo, si se fijan, algunos de los que en las encuestas electorales ven nuevas chances para nuevos delirios. El que les tira margaritas a los chanchos, después que no se queje del chiquero.
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Por Osvaldo Bayer
Hay viejos observadores que han vivido esta Argentina desde aquella década infame de 1930, y que opinaron siempre que el peronismo iba a terminar así, y que el radicalismo iba a terminar así. El peronismo aquel de “Los únicos privilegiados son los niños” hoy con los pibes tucumanos muertos de hambre y los abuelos andinos muertos de inanición. Y con policías de cara cubierta entrando a palos y patadas en la fábrica Brukman donde las mujeres obreras dan un alto ejemplo de lo que es trabajo, solidaridad y responsabilidad. Todo esto se vio venir cuando Perón prefirió a López Rega y no a John W. Cooke o a Jauretche, y las Tres A comenzaron a asesinar intelectuales que reclamaban una Nación Libre, Justa y Soberana y cuando a la juventud “imberbe” la echó de la plaza en vez de rodearla en el abrazo y lograr con ella el consenso del logro de una verdadera república latinoamericana. Claro, porque aquello de Evita de regalar pelotas y camisetas de fútbol estaba bien pero no alcanzaba para organizar definitivamente la sociedad argentina, ni el aprobar leyes obreras que, después, el sistema se encargaba de rebajarlas de contenido y valor. Tampoco el peronismo se esforzó en imponerle ética a la CGT que se convirtió en esto tan desolador y repugnante: la CGT de los gordos. Evita se convirtió en Chiche; las pelotas de fútbol y las camisetas, en los infames planes Trabajar. Y los argentinos en limosneros. Las provincias en vez de ganar soberanía y fuerza de opinión, se trasformaron en reductos de jeques a lo Juárez, la triste figura de Santiago del Estero. Y la Casa Rosada en la Catania argentina, con los capomafias jugando a las cartas si vuelve o no vuelve el mercenario que vendió todo, hasta armas a un país hermano para que luchara contra otro país hermano. Negocios son negocios y el Banco Central pasó a domiciliarse en Suiza. Perón, el militar, perdió todas las batallas porque no fue capaz de domesticar para siempre el ejército. Nueve años de gobierno (aquellos del ‘46 al ‘55) para enseñarle lo que deben ser las Fuerzas Armadas dentro de la Constitución. En cambio se le levantaron grupitos de oficiales que lo corrieron hasta una cañonera paraguaya. Y la gente crédula y confiada quedó a disposición de los bombardeadores de la Plaza de Mayo y de los fusiladores de junio del ‘56. Y la Iglesia a los tirones, como siempre, de aquí para allá, y monseñor De Andrea, aquel que en el ‘19 había sido fundador de la Liga Patriótica Argentina que asesinó a sangre fría a los obreros de la Semana Trágica, se convertía en ese 1955 en el obispo de la Casa Rosada de los golpistas.
Y los radicales observando todo con calma y codicia para colarse en el poder, detrás o delante de los uniformes. Ese Mor Roig balbinista ministro del Interior de Lanusse, o tal vez peor, esa aceptación de la prohibición del peronismo para hacerse elegir presidentes. El radicalismo, después de las grandes masacres obreras de los años veinte, volvió a demostrar su afición a las Fuerzas Armadas con el advenimiento de los golpistas de la denominada Revolución Libertadora, para después dar funcionarios a la dictadura de la desaparición de personas de Videla. Y los sueños de la Segunda República, con un gobierno de una sociedad democrática de base terminarán para siempre con el voto de Alfonsín por las humillantes leyes de Obediencia Debida y Punto Final.
Y ahora esto, este país gobernado por un peronista surgido por el contubernio de Duhalde-Alfonsín, que escribieron otro capítulo vergonzante después del Pacto de Olivos, donde el radicalismo le entregó el salvoconducto a Menem para que siguiera con su programa de destrucción total.
Nuestro presente: la indecisión, la amargura, el dolor y la muerte por inanición, los palos de la policía corrupta y un miembro de la constelación de los desaparecedores como cabeza del Ejército.
Ejemplo de este presente: en mi barrio de Belgrano, el domingo pasado, acaba de ocurrir un hecho que, en pequeño, demuestra el régimen deinjusticia y de irracionalidad al que estamos sometidos. La asamblea popular del barrio de Belgrano-Núñez, preparó para ese domingo una fiesta barrial en la Escuela Normal 10, edificio donde realiza gran parte de sus actividades. Pues bien, a las 5 de la mañana: gran asalto policial a ese edificio, impresionante el operativo en el que procedieron a poner unas sofisticadas barreras que impedían toda entrada el edificio. Parecían las defensas francesas de Verdun contra un posible ataque de la Wehrmacht alemana. Los policías argentinos ponían rostros de bravos combatientes que esperan al enemigo. Cuando llegaron los primeros miembros de la asamblea se enteraron que la entrada al edificio estaba prohibida. Justo el día de la fiesta. El subcomisario mandante fue inapelable: se hace por orden de la fiscal de turno, y se acabó. Entré a conversar con él y le señalé que estaba cometiendo una absoluta injusticia: prohibir llevar a cabo una fiesta popular de payasos, bailarines y músicos a un barrio pacífico era una torpeza y una burrada. Me respondió con el “obedezco órdenes”, lo corregí y le dije: “No, por obediencia debida”. Le hice notar que por qué no informaba a sus mandantes que la parte que usaban los asambleístas estaba absolutamente limpia, más embellecida por el trabajo y el arte de los vecinos; en cambio la casa que es monumento histórico bajo la custodia del poder estatal estaba absolutamente sucia, semidestruida, sin vidrios y ya sin los postigos de madera en las ventanas. Esa es la realidad, pero usted castiga a los limpios y a los solidarios. Me miró de reojo y se encerró en su mutismo de obediencia debida, el mismo gesto que los guardianes de Auschwitz ponían después de fusilar niños. Sí, el mismo gesto. Obediente debido.
A la fiesta, los vecinos la hicieron igual: llenaron la calle con payasos, murgas, bailarines de tango, folkloristas y con oradores que nos hablaron de hacer la democracia de abajo para derrotar definitivamente a los partidos que nos dejaron así después de 86 años de democracia. Hubo emoción, porque sabíamos que todo era legítimo, de la gente para la gente, humano, sin que nadie nos viniera a pedir el voto o nos ofreciera un plan Jefe de Hogar. Una docena de policías nos miraba con rostro torvo, “dispuesta a intervenir”.
El país está así porque nuestros políticos y nuestros jueces son obedientes debidos. Y nosotros votamos a los dos partidos que nos llevaron a este estado y al dominio de dictaduras militares sin mostrarles resistencia.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-13856-2002-12-07.html