Por Osvaldo Bayer
Aquí, en Morón, está la denominada Mansión Seré, uno de los lugares de la infamia argentina. El campo de concentración de la Aeronáutica. Allí se cometieron crímenes sólo imaginables en mentes depravadas y donde la degeneración ha alcanzado sus niveles de total bajeza. Que los aeronautas argentinos hayan ordenado eso me obliga a pensar en los métodos de sus maestros, en las ideologías aprendidas en esos cuarteles con mucho de conventos medievales, en la falta absoluta de ética, en la muerte y el asesinato como máximo ideal.
Se acaba de presentar precisamente el libro Mansión Seré, un vuelo hacia el horror, un estudio profundo de todos los aspectos que rodeó esa época genocida y en disposiciones que hicieron posible tanto acontecimiento macabro. Aparecen todas las biografías de los prisioneros que pasaron por allí y de los que desaparecieron en sus muros del terror, pero también los nombres de los dueños de la vida y la muerte, uniformados aeronáuticos que se prestaron al crimen de máxima cobardía. El autor del libro, Norberto Pedro Urso, tomó esta investigación como la labor de su vida. El mismo estuvo allí prisionero y sufrió todos los vejámenes militares. Como alguien que no puede explicarse tanto horror se puso a investigar hasta el último detalle y llegó a esta obra completa, sabia, irrefutable. Urso es un hombre silencioso, pero cuando habla desparrama su sapiencia investigativa; no hay pregunta que no sepa responder.
Cuando uno lee todas esas páginas se llena de tristeza, de rabia. No se explica cómo el pueblo argentino no supo condenar a sus peores asesinos. Todo lo contrario, están todos libres y cobran sus jubilaciones o continúan vestidos con el uniforme manchado de sangre para siempre. Uno no se explica cómo existen jóvenes argentinos que todavía ingresan en las escuelas de esas armas cuando saben que los uniformes que visten estarán eternamente manchados de sangre y en sus costuras se escucharán los ayes de los torturados y de las torturadas. Esos cadetes son los herederos del cinismo. Hace pocos días, los argentinos vimos atónitos cómo los medios festejaban el regreso de la fragata “Libertad”, usada para seguir con la rutina de un arma que ya no tiene disculpa. Massera. Ese nombre basta. Y con todo cinismo la siguen llamando “Libertad”. Ahí está la ESMA, como monumento a la hipocresía más macabra que pueda imaginarse la mente humana.
El autor recuerda las acusaciones que dejó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos aquí, en su visita en 1979. Acusaciones todas comprobadas. Esto basta para comprender quiénes integraban las fuerzas armadas argentinas. Es necesario reproducirlo, es el mejor documento para comprender cuáles son las sombras no disipadas de nuestro país. Ver cómo esas sombras se comportan frente a la víctima. Estos fueron los métodos de los generales argentinos, de los almirantes y brigadieres, de los oficiales y sus suboficiales:
1 Golpizas brutales en perjuicio de los detenidos, que significaron en muchas ocasiones quebraduras de huesos e invalidez parcial. En el caso de mujeres embarazadas, la provocación del aborto. Este tipo de palizas fueron proporcionadas con diferentes clases de armas, con los puños, con patadas y con instrumentos metálicos, de goma, madera o de otra índole. Hay denuncias que refieren casos en que la vejiga fue reventada, quebrados el esternón y las costillas o se han producido lesiones internas graves.
2 El confinamiento en celdas de castigo, por varias semanas, de los detenidos, por motivos triviales, en condiciones de aislamiento desesperante y con la aplicación de baños de agua fría.
3 La sujeción de los detenidos, maniatados con cadenas, entre otros lugares en los espaldares de camas y en los asientos de los aviones o delos vehículos en que eran trasladados de un lugar a otro, haciéndolos objeto, en esas condiciones, de toda clase de golpes e improperios.
4 Simulacros de fusilamiento y, en algunos casos, el fusilamiento de detenidos en presencia de otros prisioneros, inclusive de parientes.
5La inmersión mediante la modalidad denominada “submarino” consistente en que a la víctima se la introduce por la cabeza, de manera intermitente, en un recipiente lleno de agua, con el objeto de provocarle asfixia al no poder respirar, y obtener en esa forma su declaración.
6La aplicación de la picana eléctrica, como método generalizado, sujetándose a la víctima a las partes metálicas de una cama a efecto de que reciba elevados voltajes de electricidad, en la cabeza, las sienes, la boca, las manos, las piernas, los pies, los senos y en los órganos genitales, con el complemento de mojarles el cuerpo para que se faciliten los impactos de las descargas eléctricas. De acuerdo con las denuncias, en algunos casos de aplicación de la picana se mantiene un médico al lado de la víctima para que controle la situación de ésta como consecuencia de los shocks que se van produciendo durante la sesión de tortura.
7La quemadura de los detenidos con cigarrillos en distintas partes del cuerpo, hasta dejarlos cubiertos de llagas ulcerosas.
8La aplicación a los detenidos de alfileres y otros instrumentos punzantes en uñas de las manos y los pies.
9 Las amenazas o consumaciones de violaciones tanto a mujeres como a hombres.
La lista de los métodos de tortura por los miembros de las fuerzas armadas argentinas continúa con otros horrores, antes de la muerte, antes de la desaparición. En el juicio contra los comandantes en jefe, el brigadier Agosti la sacará barata. Apenas cuatro de prisión, por supuesto en un bungalow de descanso. Pero pronto llegó Menem y lo dejó libre. Menem, sí, el mismo que hoy quiere que los militares tomen el control de la policía y nada menos que del orden de nuestras ciudades. Más todavía, que califica a los piqueteros de marxistas y terroristas.
La mentalidad negra, la del palo al justo para acrecentar el bolsillo propio. La rata a la que le gusta siempre el olor a podrido. Mientras Duhalde quiere poner al ejército en labores sociales. El pueblo digno no los necesita. Que primero vayan a lavarse el uniforme y las conciencias.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-13279-2002-11-23.html
Por Sandra Russo
María del Carmen tiene diecinueve años, pero parece de treinta. Hasta hace unos días tenía cinco hijos. Ahora tiene cuatro. María Rosa, la mayor, murió desnutrida en su casa, en una especie de eutanasia que esta sociedad le proporcionó como única y terrible donación. María Rosa no murió entubada ni conectada a aparatos para prolongarle la vida. Nadie llegó a intentar prolongarle la vida. María Rosa murió como piden morir cada tanto los desahuciados europeos: en su casa. Pero su casa estaba muy lejos de ser ese remanso de afecto y objetos y olores queridos. La casa tucumana de María Rosa era un dormitorio sin camas en el que vivían padre, madre y cinco hijos. Telas, trapos y cartones eran el mobiliario. No había cocina ni baño. Cocina esa familia no necesitaba porque nunca había nada para cocinar. Y para baño está el mundo.
María del Carmen tiene diecinueve años y no ha parado de parir desde los trece. “¿Vos tenés muchos hermanos?”, le preguntó el viernes un periodista. Ella asintió. “¿Cuántos hermanos tenés?”, siguieron preguntándole sin que se supiera a dónde iría a parar una eventual respuesta. Ella miró al periodista y bajó los ojos. “No sé, unos cuantos”, dijo.
María del Carmen no sabe cuántos hermanos tiene, pero sí sabe que tiene solamente dos brazos. Eso fue lo que contestó cuando el jueves le preguntaron por qué no había llevado a sus hijos a controles periódicos en el centro asistencial más cercano al barrio Las Palmeras. “Tengo solamente dos brazos para llevar a dos hijos al control.” Fue una tímida pero feroz defensa ante lo que le pareció una incriminación. Lo era.
Y también tiene solamente dos ovarios, aunque es probable que María del Carmen nunca lo haya pensado y hasta es posible que no lo sepa. Y es muy probable, es casi seguro que nunca nadie le habló de eso. Tiene dos ovarios sin tregua, dos ovarios cansados, y un cuerpo vencido por su propia naturaleza.
Suena un poco descabellado plantear esto, admitámoslo y salgamos rápidamente de la trampa. Suena un poco descabellado plantear que millones de mujeres como María del Carmen jamás han tenido la posibilidad de planear la forma de sus familias, de elegir cuántos hijos querían tener. Suena así porque el tema de los niños hambrientos se impone oscuro y calamitoso y exige respuestas urgentes, que nunca llegan pero que obligan a eludir otras cuestiones sobre los cuerpos femeninos. Los niños hambrientos se comen el foco de la cámara y si uno mira a sus madres, a las madres de los niños desnutridos, de los que todavía están vivos o de los que ya han muerto, en ellas se cruzan dos miradas: la de la compasión y la de la culpabilización.
El gran tema es el hambre, uno no puede negarlo. Pero mirando a María del Carmen, esa nena de diecinueve años que ya ha parido seis hijos, otro gran tema se asoma por una puerta que muchos quieren mantener cerrada. Derechos reproductivos: así se llama el gran tema. O planificación familiar, como prefieran. En cristiano, valga la paradoja que frena este gran tema desde hace décadas, anticoncepción.
No faltarán quienes se escandalicen interpretando que lo único que falta es que a los pobres, que ya no tienen nada, se les pretenda sacar hasta la posibilidad de tener hijos. No faltarán quienes sacudan el fantasma de Mao y el del control de la natalidad. Sobre la reproducción de los pobres sehan tejido mil confabulaciones de derecha y de izquierda. Desde la que habla del perpetuo parir futuros desocupados o mano de obra barata, hasta la que cree ver en la anticoncepción maniobras imperialistas para despoblar países emergentes.
Lo cierto es que los derechos reproductivos son un nuevo dique separador de mundos. Quien esto escribe y quien esto lee seguramente tiene la cantidad de hijos que ha deseado tener. En el mapa de la vida reproductiva de la clase media tal vez haya un embarazo no deseado que o bien fue interrumpido en buenas condiciones sanitarias, o bien siguió su curso y es hoy el segundo o tercer niño amado, mimado y protegido por el que se vela y se desvela. En los diarios del viernes, convivieron las noticias sobre los niños desnutridos de Tucumán con las del Papa, en Italia, clamando por más nacimientos. Los ciudadanos de primer nivel meditan sus momentos vitales, planifican las circunstancias apropiadas, evalúan en qué tramo de sus vidas están en condiciones de tener hijos.
En el otro mundo, extramuros, en los charcos, en el barro, entre cartones, entre chapas, a la intemperie, en Tucumán pero también mucho más cerca, a las ciudadanas de segunda les han sido expropiados esos derechos y a nadie se le ocurre devolvérselos. El gran tema de combatir el hambre borra el tema de acercarles a esas mujeres la posibilidad de planear cuántos hijos tener, con quién y cuándo tenerlos. Desde luego que la típica familia nuclear urbana no debiera ser ni el modelo ni el ejemplo que nadie le imponga a nadie: el medio rural y cada comunidad tiene sus propias pautas. Pero recién sabremos exactamente cuántos niños desean tener esas mujeres cuando ellas estén en condiciones de decidirlo, es decir: cuando junto con la asistencia social les llegue el título de propiedad de sus ovarios.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-13026-2002-11-18.html
Por Jack Fuchs
Hace más de un año, mi amigo Gregorio Bachrach me regaló Un instante de silencio en el paredón, de Imre Kertész. Es una colección de ensayos y artículos que Kertész publicó en diversos medios y reunió, en 1998, bajo la forma de libro. Lo leí con atención, lo releo. Me complace encontrar su modo de pensar y escribir acerca de Auschwitz. Kertész evita todo patetismo. Es sobrio, austero. Sé de qué habla. Sé que habla en él la voz de un sobreviviente. Comparto sus preguntas en torno a si hay o no una literatura posible alrededor del acontecimiento de los campos, acerca del carácter de la memoria, del testimonio, su versión crítica a propósito de la “espectacularización” de la Shoá, el modo de entender que los crímenes de Auschwitz no constituyen un asunto eminentemente judío, su relación contradictoria con la tradición y la contundencia con que sostiene que el campo de concentración no termina en el límite de las barracas y los hornos, que se extiende más allá, que está inscripto en la cultura moderna, en el lenguaje.
Comparto también algo de la experiencia de Kertész. Estuve en Auschwitz el mismo año que él, 1944. Yo tenía 19 años, él 15. En Budapest no hubo política de gueto, Kertész pasó directamente, como muchos otros judíos húngaros, de la ciudad al campo de concentración. A mis 15 años mi familia y yo quedamos detrás del alambrado del gueto de Lodz, Auschwitz vino cuatro años después. Y en cierto modo, la muerte que ahí se nos prometía, aunque parezca inexplicable, nos parecía a veces un alivio. Después de Auschwitz pasé a Dachau hasta el fin de la guerra, viví en Nueva York, en Venezuela y desde hace cuarenta años en Buenos Aires; mis lenguas natales, el polaco y el idish, quedaron muy atrás; Kertész volvió a su país, le tocó vivir ahí otra amarga dictadura, el estalinismo. Leo a Kertész y me pregunto si puedo tener con él una lengua común, un idioma que estuviera en condiciones de dar cuenta de nuestra experiencia común. Y sé que no. Que la Shoá pone en evidencia la singularidad definitiva de toda experiencia. Que no hay un lenguaje general para hablar del sufrimiento humano. Que en ese despropósito suele caer frecuentemente la “cultura” de la Shoá.
¿Qué es entonces lo que en cuanto lector puedo, podemos, recibir, compartir de su mundo? Sin duda no es una versión ideológica de las cosas, ni siquiera quizás un mismo enfoque moral. Creo que debe tratarse aquí de otra cuestión: del ojo del novelista, del modo en que un hombre choca con la materialidad histórica concreta de su tiempo. La emoción que me produce la lectura de Kertész es doble. Por un lado, comprendo la fragilidad de la construcción literaria, lo que se abre paso en las historias de Kertész, la debilidad del destino, la tragedia de una época, la incertidumbre, el vacío, la nada a la que están expuestos sus personajes; György Köves, el muchacho de Sin destino, después de conocer por primera vez los besos de una mujer, la boca de una mujer, después de la deportación de su padre, sube también al tren, va a Auschwitz, no sabe adónde va, no sabe lo que va a ver, escucha a un viejo, más sabio que él, recomendándole paciencia y resignación, explicándole a él y a otros jóvenes que quizá todo aquello ocurría porque los judíos no habían sido suficientemente firmes en el cumplimiento y la observancia de los mandatos divinos, pero que Dios no los abandonaría si rezaban, escucha a un oficial alemán que le exige que confiese sus crímenes y pecados de judío, y después György abandonado a la sed, la llegada a Auschwitz, el sol de la mañana, “habíamos llegado a nuestro destino; estaba contento, por supuesto que sí”: esta fragilidad, decía, me emociona.
La otra causa de mi emoción es probablemente la opuesta. Cuando leo a Primo Levi, a Elie Wiesel, a Semprún y ahora a Kertész, pienso que la máquina de destrucción que se puso en movimiento con el nazismo no consiguió aniquilarlo todo como se proponía, se apropiaron de los cuerpos,de los bienes, de nuestro nombre, pero la vida continuó, otra vez la vida, el milagro. Y si nuestra novela es ciertamente Sin destino, la experiencia de sobrevivir nos devuelve sin embargo al hilo de la herencia, de lo que se recibe y se regala y se transmite en legado. Porque una obra literaria puede, me disculparán los críticos, venir a veces a ocupar el lugar de una lápida, una tumba para los muertos sin nombre. Releo lo que escribo y pienso que acaso todo esto no sea más que orgullo, vanidad de sobreviviente.
Kertész se ha ocupado minuciosamente de desmentir que sus novelas fueran exclusivamente testimoniales, autobiográficas. Se ve ahí su buen gusto, su pudor. Como fuera, es del todo evidente que de lo que se trata es de la experiencia, de los límites del olvido y la memoria, del juego que con esa dialéctica establece la literatura, de las posibilidades que ofrece la narración para atravesar la roca del sentido y exponer la significación, el valor, la inestabilidad, el dramatismo de una vida humana.
Hay una página de Kaddish por el hijo no nacido que me gustaría citar. Creo que expone con toda elocuencia .-con una claridad que me gustaría tener-. de qué modo podemos y seguiremos hablando de Auschwitz: “Dejad de decir por fin que Auschwitz no tiene explicación, que es el producto de fuerzas irracionales, inconciliables para la razón, porque el mal siempre tiene una explicación racional, es posible que el propio Satanás sea irracional, pero sus criaturas sí son racionales, todos sus actos se derivan de algo, igual que una fórmula matemática; se derivan de algún interés, del lucro, de la pereza, del deseo de poder, de la cobardía, de la satisfacción de este o aquel instinto, y si no de alguna locura, de la paranoia, de la manía depresiva, del sadismo, del asesinato sexual, de la megalomanía, de la necrofilia, qué sé yo de qué perversión de las muchas que hay o de todas juntas (...) porque, prestad atención, porque lo verdaderamente irracional y lo que en verdad no tiene explicación no es el mal, sino lo contrario: el bien”. Kértesz, que vivió bajo la amenaza del gulag, que ha sido crítico de las dictaduras socialistas, no deja de señalar sin embargo la irracionalidad de este tiempo de uniformización y liquidación del sujeto, de esta cultura totalizadora que bajo la apariencia del bien lleva todavía la marca del humo negro que se irradió por toda Europa durante la última guerra mundial. Esa advertencia, severa, pero definitivamente humana, la idea de que Auschwitz es una “vivencia mundial”, que sus efectos están vivos y latentes, es quizá lo único que aporta densidad y valor a las voces de los sobrevivientes. Me alegra la distinción que ha obtenido con el Nobel, no porque crea que la lectura de Kertész pueda atenuar el alcance de Auschwitz. Me alegra porque a pesar de que no haya una lengua común entre nosotros, a pesar de que yo soy su simple lector, algo de la experiencia, la experiencia de sobrevivir que leo en sus páginas me estremece y me empuja a considerar la extensión de la vida. Kertész es para mí un portavoz de los sobrevivientes, una voz que asume la de quienes no pudieron hablar. Quiero ser honesto, quiero dejar también escrito que la lectura de Kertész me abandona a los celos, al sentimiento de que la verdad que encuentro en la literatura, la encuentro siempre como lector.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-12779-2002-11-14.html
Por Eduardo Galeano
La mitad de los brasileños es pobre o muy pobre, pero el país de Lula es el segundo mercado mundial de las lapiceras Montblanc y el noveno comprador de autos Ferrari, y las tiendas Armani de San Pablo venden más que las de Nueva York.
Pinochet, el verdugo de Allende, rendía homenaje a su víctima cada vez que hablaba del “milagro chileno”. El nunca lo confesó, ni tampoco lo han dicho los gobernantes democráticos que vinieron después, cuando el “milagro” se convirtió en “modelo”: ¿Qué sería de Chile si no fuera chileno el cobre, la viga maestra de la economía, que Allende nacionalizó y que nunca fue privatizado?
En América nacieron, no en la India, nuestros indios. También el pavo y el maíz nacieron en América, y no en Turquía, pero la lengua inglesa llama turkey al pavo y la lengua italiana llama granturco al maíz.
El Banco Mundial elogia la privatización de la salud pública en Zambia: “Es un modelo para el Africa. Ya no hay colas en los hospitales”. El diario The Zambian Post completa la idea: “Ya no hay colas en los hospitales, porque la gente se muere en la casa”.
Hace cuatro años, el periodista Richard Swift llegó a los campos del oeste de Ghana, donde se produce cacao barato para Suiza. En la mochila, el periodista llevaba unas barras de chocolate. Los cultivadores de cacao nunca habían probado el chocolate. Les encantó.
Los países ricos, que subsidian su agricultura a un ritmo de mil millones de dólares por día, prohíben los subsidios a la agricultura en los países pobres. Cosecha record a orillas del río Mississippi: el algodón norteamericano inunda el mercado mundial y derrumba el precio. Cosecha record a orillas del río Níger: el algodón africano paga tan poco que ni vale la pena recogerlo.
Las vacas del Norte ganan el doble que los campesinos del Sur. Los subsidios que recibe cada vaca en Europa y en Estados Unidos duplican la cantidad de dinero que en promedio gana, por un año entero de trabajo, cada granjero de los países pobres.
Los productores del Sur acuden desunidos al mercado mundial. Los compradores del Norte imponen precios de monopolio. Desde que en 1989 murió la Organización Internacional del Café y se acabó el sistema de cuotas de producción, el precio del café anda por los suelos. En estos últimos tiempos, peor que nunca: en América Central, quien siembra café cosecha hambre. Pero no se ha rebajado ni un poquito, que yo sepa, lo que uno paga por beberlo.
Carlomagno, creador de la primera gran biblioteca de Europa, era analfabeto.
Joshua Slocum, el primer hombre que dio la vuelta al mundo navegando en solitario, no sabía nadar.
Hay en el mundo tantos hambrientos como gordos. Los hambrientos comen basura en los basurales; los gordos comen basura en McDonald’s.
El progreso infla. Rarotonga es la más próspera de las islas Cook, en el Pacífico sur, con asombrosos índices de crecimiento económico. Pero más asombroso es el crecimiento de la obesidad entre sus hombres jóvenes. Hace cuarenta años, eran gordos once de cada cien. Ahora, son gordos todos.
Desde que China se abrió a esta cosa que llaman “economía de mercado”, el menú tradicional de arroz con verduras ha sido velozmente desplazado por las hamburguesas. El gobierno chino no ha tenido más remedio que declarar la guerra contra la obesidad, convertida en epidemia nacional. Lacampaña de propaganda difunde el ejemplo del joven Liang Shun, que adelgazó 115 kilos el año pasado.
La frase más famosa atribuida a Don Quijote (“Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”) no aparece en la novela de Cervantes; y Humphrey Bogart no dice la frase más famosa atribuida a la película Casablanca (“Play it again, Sam”).
Contra lo que se cree, Alí Babá no era el jefe de los cuarenta ladrones, sino su enemigo; y Frankenstein no era el monstruo, sino su involuntario inventor.
A primera vista, parece incomprensible, y a segunda vista también: donde más progresa el progreso, más horas trabaja la gente. La enfermedad por exceso de trabajo conduce a la muerte. En japonés, se llama karoshi. Ahora los japoneses están incorporando otra palabra al diccionario de la civilización tecnológica: karojsatsu es el nombre de los suicidios por hiperactividad, cada vez más frecuentes.
En mayo del ‘98, Francia redujo la semana laboral de 39 a 35 horas. Esa ley no sólo resultó eficaz contra la desocupación, sino que además dio un ejemplo de rara cordura en este mundo que ha perdido un tornillo, o varios, o todos: ¿Para qué sirven las máquinas, si no reducen el tiempo humano de trabajo? Pero los socialistas perdieron las elecciones y Francia retornó a la anormal normalidad de nuestro tiempo. Ya se está evaporando la ley que había sido dictada por el sentido común.
La tecnología produce sandías cuadradas, pollos sin plumas y mano de obra sin carne ni hueso. En unos cuantos hospitales de Estados Unidos, los robots cumplen tareas de enfermería. Según el diario The Washington Post, los robots trabajan veinticuatro horas por día, pero no pueden tomar decisiones, porque carecen de sentido común: un involuntario retrato del obrero ejemplar en el mundo que viene.
Según los evangelios, Cristo nació cuando Herodes era rey. Como Herodes murió cuatro años antes de la era cristiana, Cristo nació por lo menos cuatro años antes de Cristo.
Con truenos de guerra se celebra, en muchos países, la Nochebuena. Noche de paz, noche de amor: la cohetería enloquece a los perros y deja sordos a las mujeres y los hombres de buena voluntad.
La cruz esvástica, que los nazis identificaron con la guerra y la muerte, había sido un símbolo de la vida en la Mesopotamia, la India y América.
Cuando George W. Bush propuso talar los bosques para acabar con los incendios forestales, no fue comprendido. El presidente parecía un poco más incoherente que de costumbre. Pero él estaba siendo consecuente con sus ideas. Son sus santos remedios: para acabar con el dolor de cabeza, hay que decapitar al sufriente; para salvar al pueblo de Irak, vamos a bombardearlo hasta hacerlo puré.
El mundo es una gran paradoja que gira en el universo. A este paso, de aquí a poco, los propietarios del planeta prohibirán el hambre y la sed, para que no falten el pan ni el agua.
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Por Osvaldo Bayer
No puede ser. Sí, es. Mientras las primeras páginas nos muestran a los señores Duhalde y Lavagna en entrevistas y arreglos, guiñadas y declaraciones para la gilada, la gente se muere de hambre. Vengo de la Patagonia y veo que, como en todo el país, se aplica la ley del más fuerte, de la avivada. La tierra está para el que la compra barato, si es extranjero, mejor, pero no para quien la trabaja. A los políticos de los dos partidos que nos han gobernado eternamente –intercambiándose con dictaduras militares– no les importa ya que la gente no tenga tierra, o se arrastre juntando basura o viva eternamente de tal o cual comedor colectivo. Y si alguien me desmiente le mostraría la tierra de Mallín Ahogado, en El Bolsón, donde un intendente les dio esas hectáreas a señores de influencia que quieren jugar al golf. En vez de tierra para los que hacen crecer el maíz y el trigo, no, para quienes los sábados a la tarde y los domingos a la mañana van a sacudir la pelotita a ver si la embocan. Y sí, allí llegaron los señores y lo primero que hicieron fue traer máquinas y quitar el humus fértil porque los hoyos exigen tierra más dura. Todo donde antes funcionaba la escuela rural 240, que se cerró “por falta de matrícula” como nos dice el burócrata de turno. Pues bien, cuando ya los señores bien se relamían de golpear la pelotita, llegaron los hijos de la tierra, con Fidelia Ayllapán a la cabeza, abuela mapuche, con una fuerza increíble y una voluntad invencible. Llegó con el grupo de trabajadores del surco “Unidos podemos”. Y dijeron: los dueños de la tierra somos nosotros, porque la trabajamos. Y en jornadas agotadoras devolvieron el humus adonde corresponde y se pusieron a plantar mil plantas y a sembrar miles de semillas, que ya comenzaron a abrir la tierra y a mostrar su verde.
Pero claro, en la Argentina –donde se dejó libres a todos los criminales de guerra de la desaparición de personas– la Justicia hace valer su peso. Pero aquí, en esta tierra de El Bolsón, no va a valer de nada. La Justicia de comité y de los barrios ricos se va a encontrar aquí con la horma de su zapato. La mapuche Fidelia Ayllapán lo dice sin alharacas: “De aquí no nos vamos. Somos trabajadores de la tierra y ésta nos pertenece. Resistiremos con nuestras vidas”. Fidelia Ayllapán. Qué mujer. Unidos podemos, nos dice. Y sigue con el trabajo de la tierra. Que se la robaron hace más de un siglo cuando el general Julio A. Roca pronunció esas señeras palabras ante el Congreso de la Nación: “La ola de indios bárbaros que ha inundado por espacio de siglos las fértiles llanuras ha sido por fin destruida. El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero”. Muy bien, eso es Libertad, como dice nuestro himno, para eso está nuestro ejército, para hacer desaparecer tierras y seres humanos. Pero también nuestra Iglesia Católica que dirá a través de monseñor Fagnano, sobre el exterminio de los pueblos originarios: “Dios en su infinita misericordia ha proporcionado a estos indios un medio eficacísimo para redimirse de la barbarie y salvar sus almas: el trabajo, y sobre todo la religión, que los saca del embrutecimiento en que se encontraban”. (En reconocimiento de tantos méritos, todas las calles de la Patagonia se llaman General Roca, y más todavía, ayer estuve en Pergamino y caminé humillado por su calle principal, general Julio A. Roca. Julio Argentino, Julio Argentino. Y al lago fueguino que tenía un hermosísimo nombre ona, lo bautizamos con el nombre de Monseñor Fagnano. Nosotros somos así. Siempre de buen gusto. No es alcahuetería con los poderosos, no, es nuestra manera de pensar. Tuvimos catorce dictaduras militares.)
Pero, aquí, no. Fidelia Ayllapán y los suyos se atrincheraran en los surcos. Y ni la policía obediente debida ni un nuevo Roca con la sombra de Margarita Belén la podrán quitar de allí. Allí se va a quedar la Hija de la Tierra con sus manos llenas de semillas y su rostro quemado por los mil soles de siembras y cosechas.
Y no van a estar solos. El diario Piltriquitrón, de El Bolsón, escribe: “En medio de la crisis que vive nuestro país y nuestra provincia, quizá la más grave de la historia, destinar las tierras públicas a una cancha de golf es reírse de la miseria de la gente, y no sólo debe considerarse un robo más, sino un acto inmoral que debe ser repudiado, al menos por respeto a aquellos que hoy no pudieron llevar nada a la mesa”.
Pero no es el único caso. En El Bolsón, la inundación hizo estragos y destruyó la subsistencia de muchas familias. Algunas de ellas han formado el grupo “Tierra y Dignidad” y también han ocupado tierras fiscales en Mallín Ahogado, de 52 hectáreas. Son 17 familias, llenas de chicos y con diez mujeres embarazadas, además de un matrimonio de edad que no tiene subsistencia alguna. Han empezado a construir viviendas. He estado allí. El frío y la humedad y la lluvia no acobarda a este conglomerado de trabajadores. Se respetará la ecología y se comenzó con el cultivo de pequeñas huertas. Tierra y dignidad. El nombre lo dice todo. Ojalá que las huertas se conviertan en paraíso,
Y si uno va más allá, por Esquel, por ejemplo, se encontrará con todos aquellos que se preparan para decirle que NO a los que han llegado con su capital extranjero para extraer pepitas de oro. Para ello han reservado un procedimiento en el que mezclan cianuro. Cianuro, oro y después se van con las alforjas llenas. Pero jóvenes esquelenses recorren las calles para denunciar el negociado. No quieren que esta bella región comience a morir. Todo se vende al extranjero, desde las tierras a los bosques, desde las playas a las montañas.
Prosigo el viaje con inmensa tristeza, recordando a mis pequeños hijos hace cuarenta años cuando regaban los árboles recién plantados en nuestra casa de Esquel. Hoy a esa casa la ocupa la Gendarmería Nacional y han sido destruidos todos aquellos árboles generosos de aquel tiempo. Ya no hay cantos de pájaros, pero en el patio hay armas. Armas en vez de los juegos y los colores y soles.
Paso por Choele Choel para visitar la casa natal del querido Rodolfo Walsh. Ella está ocupada hoy por un consorcio extranjero que la tiene como depósito de mercaderías. Todo un símbolo de que cómo se está acabando la República.
Pese a las humillaciones, la Justicia, la Policía y la Gendarmería, la abuela mapuche ha reconquistado su tierra y la ha recubierto de poesía verde. Alguna vez, querida Fidelia Ayllapán, te traeremos a Plaza de Mayo, un jueves a las 15.30, para que te abraces con las Madres. Allí, junto a la pirámide de la dignidad, te entregaremos una flor de amancay patagónica, el capullo que brotaba de los valles andinos ya antes de que llegaran Roca y sus cristianos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-12552-2002-11-09.html
Por Sandra Russo
Me pasó tres veces en el mismo día y dije: acá pasa algo raro. Primero, desde el asiento trasero del auto, que es desde donde siempre me hace sus reportajes, mi hija me preguntó:
–¿Vos sos atea?
Le dije que sí, pero instintivamente traté de no ser categórica, como si siendo categórica al respecto hubiese podido, no sé, asustarla, confundirla, impresionarla. Le dije un “sí, pero...”, que se tradujo en aclararle que no creo en Dios como cree la gente de cualquier religión, pero que bueno, no descarto que haya “algo más, algo que trascienda la materia, algún orden, algún equilibrio por sobre todos los desequilibrios humanos, ¿entendés?” Ella, que tiene diez años, por supuesto que no entendió ni jota, pero desde el asiento trasero del auto guardó un respetuoso silencio ante ese tema que evidentemente a mí me había puesto un poco nerviosa. Ella se da cuenta de si desde el asiento trasero me dispara algún dardo que da en el blanco porque cuando lo hace antes de contestarle yo apago la radio.
La segunda vez, horas después, fue cuando ya en el restaurante, y hablando de las cosas que había hecho esa semana, mi mamá preguntó:
–¿Vos sos feminista, no?
No le dije “Sí, claro”. Le dije “Sí, pero...” Me sentí obligada, como siempre que me preguntan eso, a precisarle a mi vieja, ignoro por qué motivo, que reivindico todos y cada uno de los derechos de las mujeres, pero que no me siento “militante” y que hay algunas cosas del feminismo que me aburren o que no me convencen. “Debe ser generacional”, le deslicé, y ya mientras se lo deslizaba eso que decía me parecía estúpido. Como si adjudicarme a mí misma alguna porción de feminismo requiriera instantáneamente algún tipo de aclaración sobre medidas, matices, corrientes, graduaciones, intensidades. Quiero decir: me estaba defendiendo de ser feminista y al mismo tiempo me estaba defendiendo de no ser muy feminista. ¿Qué necesidad?
La tercera vez fue esa noche, en un taxi. Estuve ejercitándome para no entrar en debate con taxistas, pero todavía no me sale. De Santa Fe y Sánchez de Bustamante hasta El Salvador y Salguero hubo tiempo para trenzarme con el taxista en un diálogo bastante ríspido que de pronto él interrumpió con una afirmación.
–Usted es de izquierda.
Me sentí compelida, por una inercia sobre la que más tarde se me ocurrió seguir pensando, a desdibujarle al tipo esa imagen de mí que él me estaba devolviendo. Es decir: no le dije “Sí, soy de izquierda”, más bien le ofrecí otro de mis “sí, pero...”. Esta vez debo haberle dicho algo así como “mmmm... de izquierda, no sé si soy de izquierda. ¿Qué es la izquierda hoy? Yo diría progresista, aunque no estoy de acuerdo con muchos progresistas”.
Esa noche, ya en casa y a solas, me fueron cayendo las fichas de esas tres preguntas y sobre todo me fueron cayendo las fichas de mis respuestas. Eran ciertamente tres preguntas por mi identidad, por mi micromundo, por mi punto de vista, por mi concepción de la vida. Y si escribo esto es porque tengo la impresión de que en ese eludir una respuesta concreta, en ese reparo en admitir que sí, en esa forzosa catarata de aclaraciones, comillas, paréntesis, corchetes y puntos suspensivos, se esconde un núcleo problemático que tiene que ver con una identidad común. No es que no valgan los matices: ¿a quién se le ocurre que se puede ser ateo, feminista o de izquierda sin matices? Pero me pregunto qué es lo que late atrás de esos rasgos de identidad intelectual, vital o ideológica que hace que uno se defienda de ellos en lugar de asumirlos con certeza y orgullo. Qué vergüenza, qué prejuicio, qué libreto oficial se traspapeló y empezó a formar parte de la idea que uno tiene de sí mismo como para sentirse obligado a atenuarse, a aligerarse, a licuarse, a sacarle la sal y la pimienta a aquello que es lo único, en realidad, de lo que tiene hambre.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-12334-2002-11-05.html
Por Juan Gelman
Mientras se escriben estas líneas, asciende a 7549 el número de firmas procedentes de 61 países de los cinco continentes que al pie de una carta al presidente del Uruguay, Dr. Jorge Batlle, le demandan la devolución de los restos de María Claudia García Irureta Goyena de Gelman, “desaparecidos” en algún lugar de Montevideo (véase www.juangelman.org). Es notorio que fue secuestrada con su esposo Marcelo Ariel en Buenos Aires el 24 de agosto de 1976. Ambos fueron llevados a Orletti. A principios de octubre de ese año Marcelo Ariel fue asesinado en la Argentina y María Claudia, embarazada de ocho meses y medio, fue trasladada por militares uruguayos a un CCD de Montevideo. Los firmantes recuerdan al primer magistrado que “esta acción clandestina fue un secuestro de vientre llevado a cabo con el solo objeto de asesinar en Uruguay a una ciudadana argentina para quitarle el bebé”. En efecto.
Más de mil firmas vienen acompañadas de comentarios que en general piden “justicia”, “conocer la verdad”, “castigo a los culpables”, “no olvidar”, “que aparezcan los desaparecidos”, “terminar con la impunidad”. Algunos se dirigen al Dr. Batlle, otros me desean suerte en esta búsqueda y me dicen “fuerza”, “no baje los brazos”, “aguante, Juan”. No puedo describir la emoción que esto me causa: se trata de gente que no conozco y que muy probablemente jamás conoceré. Pero sobre todo me conmueve el repudio generalizado y sin distinciones a los crímenes que perpetraron nuestros militares. Solían declararlos “pundonorosos”, ¿verdad? Entresaco algunas de las muchas voces que se dejan oír en la página web.
–“Señor Presidente: todo lo que usted haga hoy para esclarecer (o no) esta ignominia servirá para recordarlo con cariño o con tristeza. Tiene usted la palabra.” Juan Ramón Saravia Orella, Honduras.
–“El mundo entero espera y exige una respuesta.” Reverenda Judith Van Osdol, directora de la Pastoral de las Mujeres, Consejo Latinoamericano de Iglesias, Buenos Aires/Nueva York.
–“Como madre adoptiva no puedo imaginar lo terrible que sería para mi hijo saber que su origen fue producto de la brutalidad innecesaria.” Dolores Ortega, México.
–“Este hecho debe esclarecerse.” Carlos Oscar Drubi, Argentina.
–“Solidaridad plena e irrestricta.” Susana Urruchúa, España.
–“Las travestis luchamos contra todo tipo de opresión y torturadores.” Lohana Berkinos, Argentina.
–“Ciò ch è accaduto è orribile. Le auguro che la sua battaglia possa raggiungere el risultato que Lei desidera.” Augusto Marepicuo, Italia.
–“En la unión está la fuerza, oremos a Dios Todopoderoso.” Myrta Myrta Figueroa, Puerto Rico.
–“No se trata de resucitar muertos. Se trata de curarnos como personas, como sociedades.” Pablo Mansilla Salinas, México.
–“Por favor, sea humano y piense con el corazón!!!” Alicia Solá, Argentina.
–“Peace is not the absence of conflict, but the presence of justice. Martin Luther King.” Richard Gillespie, Inglaterra.
–“Como uruguaya le ruego señor Presidente que nos honre con una decisión como ésta y no nos haga pasar más vergüenza en asuntos como éste.” Mariel Cisneros, Uruguay.
–“Me adhiero a esta petición ya que traté durante muchos años a María Eugenia Casinelli, madre de María Claudia, y que falleció sin saber nada de su hija y sin saber que su nieta fue encontrada.” Rosario Serra, España.
–“Es la hora de la verdad. Basta de hipocresías.” Sergio Briff, Israel.
–“Por una flor en la tumba de María Claudia.” Patricia Pérez, Italia.
–“Nadie está ‘desaparecido’, o se está vivo o se está muerto y si se está muerto, uno tiene derecho a que su gente sepa dónde llorarle.” Celia Zafra Cebrián, España.
–“Rescatar ese cuerpo es un derecho para la familia y para el pueblo argentino.” María del Carmen Vitullo, Argentina.
–“Señor Presidente: hágalo por Juan Gelman, pero hágalo también por su propia dignidad.” Alcira Soto, España.
–“Es tan culpable el que mató como quien oculta al asesino.” María Inés Errandonea, Venezuela.
–“María Claudia fue mi compañera de estudios secundarios. De ella recuerdo su sonrisa permanente, su compañerismo y su preocupación por los malos momentos que alguna otra compañera pudiera estar atravesando. Por este recuerdo le ruego dar curso a este pedido compartido por tantas personas que la hemos querido de verdad.” Marcela González, Argentina.
–“Agradecimientos por dejarme participar.” Heidi Mac Lennan Rubio, Francia.
–“Força, companheiro Gelman. Uma causa como esta debe ser sempre apoiada. Que muitas mil vozes se levantem junto a tùa reclamando justiça para os que nunca olvidaremos, vítimas inocentes de quem pensava que ter o poder era estar impune e poder ser torçionário”. António Loja Neves, Portugal.
–“Hay que poner fin a este sufrir de todos los habitantes del mundo.” Peregrina Carvajal, México.
–“Los ojos del mundo siguen puestos en usted.” Daina Green, Canadá.
–“Es increíble, señor Presidente, que tengamos que recurrir a la presión internacional para solucionar casos de tan evidente maldad. ¿A Ud. no le parece increíble?” Julio Gávez, Chile.
–“Estimado Señor: ya que usted mostró la virtud del pudor cuando sus declaraciones lamentables sobre los argentinos trascendieron, yo, como ciudadano honesto y abocado al trabajo, y no ladrón, como livianamente dijo usted pese a sus lágrimas posteriores, lo invito a que me devuelva también la dignidad que otros ladrones de gentes me arrebataron de poder asistir a la tumba de alguien que me pertenece en la historia como connacional.” Gustavo Abrevaya, Argentina.
Sí. María Claudia se la quitaron a todos. Todos somos todos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-12270-2002-11-03.html