Por Osvaldo Bayer
Después del 19 y 20 de diciembre, la chatura. El pacto peronista-radical tuvo su efecto. Fue Duhalde el hombre indicado para que se cambiara todo y no se modificara nada. Hombre ya probado en manejos a la Lomas de Zamora. Alfonsín encuentra siempre la solución para que el poder no se mueva, para que se quede en el lugar donde deba estar. Vemos las consecuencias de la picaresca del Pacto de Olivos en estos días. Rodríguez Saá-Melchor Posse sería la fórmula ideal salida del riñón de nuestra constante democracia radical-peronista, aunque pareciera correr por el costado ya que todavía no lo es. Falta mucho circo todavía, con expulsiones y fantochadas. Esos dos van a arreglar todo para que sigamos andando el camino de 86 años de democracia en los que terminamos en esto: Duhalde y los cartoneros, final operístico a la Puccini, con lágrimas y reencuentros, sin ballet –para ahorrar–, pero con patovicas y bonaerenses a la entrada y a la salida.
La sesión parlamentaria sobre la Corte Suprema fue un paso de comedia que mostró lo que significa el hartazgo de la burla y que todos estamos hasta la garganta de pringosa mugre. Y todo esto, los forcejeos entre los candidatos peronistas y los llantos de los alfonsinistas y de los paraalfonsinistas y de los no-alfonsinistas, pero todos alfonsinistas prestos al arreglo. Qué espectáculo digno de los barrios hampescos finos, donde todos se reparten las fichas y quieren que Reutemann, el conductor, reparta los cartones. Tiene razón Zamora, qué puede hacer en la lujosa barraca aunque lo sienten en una mesita aparte y le den dos diputruchos mientras la diversión continúa. Y ya vendrán los agoreros que van a decir: no votar es un peligro porque si nadie saca la mayoría va a venir Brinzoni a poner orden. Brinzoni con Jaunarena como jefe de Gabinete, el hombre de uniforme de pantalones cortos.
Brinzoni, el que no supo ni vio ni oyó los alevosos balazos de Margarita Belén, que asesinaron a jóvenes puros como sólo sabe asesinar el ejército argentino. Pero Brinzoni, secretario general de la gobernación chaqueña en ese momento, no vio ni oyó ni leyó ni se interesó por el crimen masivo. Y hoy lo tenemos enarbolando la sacrosanta azul y blanca. Todos juegan, todos apuestan, para que el poder siga perteneciendo a quien tiene que pertenecer. Menem-Duhalde se pelean por centésima vez porque ése es el mejor juego. Más se pelean más grande será la tajada. Balbín fue un gran maestro: él siempre ponía los ministros del Interior de las dictaduras y Alfonsín negocia y pone sus hombres en todos lados junto a su mejor alumno, Jaunarena, quien lo protege y le recomienda al genocida Arrillaga cuando algún izquierdista dice basta. Porque vayan con quien vayan, siempre tenemos a un Rico, a un Patti y a un Bussi de reserva. La manija es la manija; cambian los hombres pero la manija es la misma. Y Perón dio el ejemplo, se manejaba con Vandor –y no con Cooke–, daba concesiones e ilusiones con Cámpora, pero a su lado siempre estaba López Rega. No se fue a la Cuba del Che Guevara sino a la España de Franco, fusilador de poetas. Picardía criolla, jóvenes imberbes.
Doscientos intendentes le dio Balbín a Videla y no lo pudo salvar a Karakachoff. De Nevares se fue de la convención de Santa Fe asqueado del sucio juego entre Menem y Alfonsín. Pero ellos siguieron y siguen. La ética política es distinta de la ética así, sola. La ética posperonista es distinta de la ética radical, pero llegado el momento se dan besos de lengua, se abrazan Nosiglia y Manzano. En el próximo gobierno peronista habrá un ministro radical, o tres diplomáticos radicales, o el jefe de Gabinete, o Jaunarena en uniforme de pantalones cortos. Es como las palabras dichas por Eduardo Menem desde su lujosa casa de Belgrano: “Es que Carlos sabe gobernar”. Claro, porque con Carlos Saúl perdimos todo pero nos reíamos.
Lo repetimos por centésima vez a ver si sirve para algo la fórmula: 86 años de democracia de dos partidos políticos y once dictaduras militares. Yrigoyen les metió bala a los obreros que pedían las ocho horas de trabajo, les hizo morder el polvo a los patagónicos rurales y a los hacheros de Santa Fe. Perón cambió la letra del himno de los trabajadores de “Hijos del pueblo” a “Hoy es la fiesta del trabajo unidos por el amor de Dios”. Y después pudo irse en una cañonera paraguaya con la conciencia tranquila en una escena que dejó mudo a García Márquez, quien desde ese día cambió su famoso realismo mágico. Y los militares, en su operativo más valiente y organizado, se robaron el cadáver de Eva Perón. Y después el crimen más atroz de la mente humana: la desaparición de personas. Sí, señor, los militares argentinos consumaron la unidad de crimen con cobardía. Querramos o no, son estas tres fuerzas –peronistas, radicales, fuerzas armadas– las que nos gobiernan desde hace 86 años. Pero eso sí, se ayudan, son solidarios entre sí. Ese Alfonsín corriendo desde la Rosada al Parlamento con el proyecto “Obediencia Debida”, justo el argumento de las SS en el juicio de Auschwitz de 1961: “Obedecimos órdenes”. Y hoy lo tenemos al general Brinzoni mirando por el ojo de la llave a ver quién se mueve.
Es que ante todo somos democráticos Y es porque dejamos hacer. Aquí los militares se levantaron cuando quisieron y fusilaron y desaparecieron a cuantos quisieron. Más todavía, uno de los dos partidos que nos gobiernan nació en un golpe militar. Es porque todo es fácil, en la Argentina somos generosos salvo con los enemigos de la Patria de ideas extranjerizantes. Y tenemos a la Bonaerense y a la Federal. Y a Ruckauf. Desde los albores de nuestra nacionalidad –como se decía emocionado–, creamos la Ley de Residencia 4144, justa y soberana, pobres anarquistas nacidos en el extranjero, tuvieran o no tuvieran familia. Aquí, no. Pero eso de condenar a un general golpista, no, porque en el fondo eran y son argentinos que llevan el uniforme de la Patria. Esa muerte en París, como buen argentino, del golpista Uriburu, qué emocionante. Aquella crónica con la que todos los argentinos se emocionaron cuando murió el ex dictador: ... Estamos en París, a las puertas de la iglesia de Saint Pierre de Chaillot. Ha terminado la ceremonia religiosa: en la bóveda funeraria reposan los restos del ex dictador. El gentío rodea al grupo de enlutados cuyos crespones denuncian el parentesco con el muerto. Desfila la comitiva oficial –levitones, casacas militares, elegantísimos tocados de damas de la nobleza y de la aristocracia–. Lloran hombres y mujeres. Doña Aurelia Madero de Uriburu solloza en brazos de una amiga. Es una escena emocionante de la que toman buena nota los reporteros de los diarios y los corresponsales de las agencias informativas que sirven a los grandes rotativos de Buenos Aires. Los fotógrafos y los operadores cinematográficos derrochan placas y películas que las empresas periodísticas pagarán a precio de oro en la puja por ofrecer el público lector de la Argentina las más impresionantes escenas. Ha terminado el acto. En la bóveda, una chapa de oro: “Al teniente general del ejército argentino D. José Félix Uriburu, el gobierno de la república de Francia”.
Y en la Argentina le esperarán calles y puentes que llevarán su nombre y una tumba entre los más grandes próceres. El, un dictador que había pisoteado a la democracia argentina y que había fusilado a inocentes obreros sin juicio previo. Un general bruto como pocos, pero que llevaba bigotes a la prusiana. En su entierro, voces roncas gritaron: “Viva la Argentina”.
Pero eso sí, a los obreros rurales patagónicos que pedían que se dejara vivir en las estancias a sus mujeres para que se poblaran esas regiones solitarias, a ésos le metieron bala porque iban a hacer subir los costos de la lana y eso no convenía a los estrechos lazos de amistad con Gran Bretaña. Ni peronistas ni radicales reivindicaron jamás la memoria de los peones fusilados pero, eso sí, dejaron todos los nombres de calles en honor el general Uriburu. Alfonsín pasará a la historia como el apóstol de la Obediencia Debida y también Menem, el alegre indultador de los Videla, Suárez Mason, Menéndez y del almirante Massera.
Nuestra democracia termina hoy en Duhalde, un hombre de méritos éticos, pensador de la Patria formado en las comisarías de Lomas de Zamora. Hombre negociador por excelencia, se dice que fue el que más personas sacó de las comisarías. Ahora está en otras esferas: el negocio de la próxima presidencia, él no, pero que el poder no se escape. Negociemos, como tantas veces hizo en Lomas de Zamora. Lo acompaña el ejemplo de grandes figuras del pasado. Después de todo, no lejos de Lomas estaban las tierras de Barceló, conservador que sacaba y ponía muñecos en la política criolla.
Nada ha cambiado. De un conservador a un peronista, pasando por un radical. Somos todos argentinos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-11959-2002-10-26.html
Por Jack Fuchs
Leo la prensa de este tiempo y encuentro en el debate ideas que sólo refieren síntomas de la enfermedad, pero escasamente la enfermedad. Que George Bush quiera el petróleo de Medio Oriente, con toda la contundencia material que implica esta interpretación, no termina de satisfacerme. Quizá sea verdad: Bush quiere el petróleo, quiere dominar injustificadamente la región para controlar durante veinte o treinta años más ese negocio tan apreciado. Pero, pregunto, ¿el petróleo es todo el problema? ¿Nos quedamos tranquilos así?
Necesitamos explicarnos de un modo apaciguador los acontecimientos. Y si encontramos un motivo que explique la violencia podemos cerrar el diario en paz. No leo nada, en cambio, acerca de la irracionalidad general, de los usos del terror y la violencia de Estado. Buscar una lógica al conflicto, encontrar sus causas, situarlas en el orden histórico-social, económico, cultural o religioso está muy bien para el analista político, es una tarea muy valiosa de historiadores, de expertos en el tema; seguramente hay muchas razones, y todas atendibles. Y a la vez, todas relativizables. Dar explicaciones lógicas a la dimensión del instinto irracional está muy cerca de justificarlo. No pienso que el problema entre Arafat y Sharon se resuelva en la disputa por una mínima porción de tierra. Antes de que se desatara la Segunda Guerra Mundial, se pensaba que el problema era la expansión hitleriana en Polonia, en Austria. Llevó mucho tiempo comprender que en realidad se trataba de otra cosa: hacer la guerra a cualquier precio. Entender que ése era el motivo central, el motor de lo hechos.
Los intelectuales pro-palestinos construyen explicaciones que tienden a mostrar el carácter –en esa perspectiva, inaceptable– del Estado israelí. Pondrán el acento en la condición de énclave aliado con los intereses de Estados Unidos en la zona, querrán hacer aparecer al pueblo palestino en tanto víctima de los excesos y del dominio occidental, imperial, etcétera. De otra parte, algunos intelectuales judíos se niegan a considerar toda posibilidad de convivencia pacífica y denuncian el sentido fanático y antidemocrático de la política árabe.
Naturalmente, entre estos extremos de interpretación hay todo tipo de matices. Hay corrientes que, más alejadas de los poderes en juego, tanto del lado israelí como del lado palestino entienden que la paz es la única garantía para ambos pueblos, y que no puede ni debe ser tan imposible recuperar una vía de diálogo y entendimiento. Tengo la sensación de que otra vez el mundo se ha dividido en bandos, que la construcción de “aliados” y “enemigos” es el paso previo al desastre. Y sé, también, que el callejón sin salida que parece plantearse en Medio Oriente no tiene por ahora solución eficaz. Supongamos por un momento que Israel entrega su territorio y desarma el Estado. ¿Solucionaría esto el conflicto general en la región? Entiendo que no, como tampoco entrañaría ninguna solución que los palestinos abandonaran sus expectativas, sobre todo si se piensa que el mundo árabe está también dividido y desgarrado en conflictos internos e intereses contrapuestos.
Quiero desdramatizar este conflicto particular, y ponerlo en un contexto que muestre, a mi modo de ver, la tragedia verdadera que está en curso, que siempre estuvo y probablemente esté en curso. La guerra entre Israel y Palestina no es muy diferente de los conflictos que actualmente tienen lugar en Irlanda, en las dos Coreas, en Vietnam y Camboya, en Colombia, no es tan distinto a la confrontación de los nacionalistas vascos con el Estado central en España.
En medio de la violencia que hoy recorre el mundo no me parece impertinente interrogar por la esencia de la guerra. Auschwitz e Hiroshima no impusieron ninguna limitación a la guerra durante el siglo XX. Le siguieron Corea, Argelia, los Seis Días, Vietnam, la amenaza sistemáticade catástrofe nuclear, entre nosotros el horror de la última dictadura, la guerra de Malvinas; la guerra entre Irán e Irak, el Golfo, Bosnia; y este nuevo siglo se abre, desgraciadamente, con nuevas formas de guerra: el atentado a las Torres, la segunda Intifada, la extensión y el descontrol terrorista, las tensiones entre India y Pakistán, los conflictos en Africa y la posibilidad de un segundo ataque sobre Irak.
¿Qué es la guerra? ¿Un medio de purificación y sacrificio? ¿Un instrumento de compensación y distribución de bienes? ¿Un lazo con las formas más antiguas de disputa alrededor de la necesidad? ¿Un mecanismo de prolongación de las contradicciones sociales, políticas? ¿El modo que tienen los hombres de justificar y dar sentido a su más ciego impulso criminal?
A mi edad, y con la experiencia de haber sobrevivido el infierno de Auschwitz, desentrañar estas preguntas es una de mis mayores obsesiones. He leído todo lo que pude a propósito del tema, hablé y pensé con amigos. Sólo llego a una conclusión modesta, modestísima: mientras sigamos atribuyendo causas superficiales, coyunturales; mientras sigamos sin entender el fondo del conflicto humano; mientras permanezca oculto y secreto, como una roca inamovible, el fundamento de la guerra, vamos a errar, irremediablemente, en el proyecto que nos permita controlar, limitar o sofocar la violencia constitutiva de nuestras sociedades. Hay tantas razones para la guerra como para la paz, pero me pregunto entonces ¿por qué los hombres elegimos siempre la violencia antes que el diálogo?
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-11656-2002-10-18.html
JORGE JARA Y ANDRES FERNANDEZ, PIQUETEROS DEL MTD
Desde la base, un relato y reflexiones de la construcción de una nueva política: horizontalidad, acción, modelos y rechazos del movimiento piquetero.
Por María Esther Gilio
El rancho de zinc que es local de reunión del Movimiento de Trabajadores Desocupados de San Francisco Solano estaba lleno de militantes que intentaban solucionar un problema de traslado y costos. Cuando 30 minutos más tarde el problema se había resuelto, también las nubes grises y el viento amenazante, corriéndose hacia el sur, habían dejado al descubierto un sol casi de verano que permitía hacer la entrevista afuera, cerca de los niños que corrían y gritaban mientras inventaban juegos con pedazos de madera, una rueda de bicicleta y latas vacías. Los piqueteros Jorge Jara y Andrés Fernández, de sólida militancia desde los comienzos del movimiento, tan entusiastas como si sus proyectos de cambio estuvieran ya, allí, a breve distancia de su realización fueron quienes conversaron con Página/12.
–¿Cuándo se dieron cuenta de la gravedad de la desocupación? ¿De que se trataba de un fenómeno que no era pasajero sino que estaba vinculado a causas profundas?
Andrés Fernández: En agosto del ‘97 creo que se concretó la conciencia de que las cosas no se resolverían fácilmente.
–Hablamos de los últimos años del gobierno de Menem.
A. F.: En el ‘97 se agrava, pero empieza antes. Lo que pasa es que había otras alternativas. Y los despidos se canalizaban de alguna manera.
–¿Por qué las privatizaciones trajeron siempre desempleo? Digo, porque las empresas privatizadas seguían trabajando.
Jorge Jara: Sí, allí tenemos un ejemplo de la lógica capitalista para la cual el mecanismo de ajuste siempre recae en la mano de obra. Si esto antes lo hacían 20 obreros hoy tienen que hacerlo 10.
A. F.: Y esa variable de ajuste viene acompañada con la reforma laboral.
–¿En qué consistió la reforma laboral?
J. J.: La reforma laboral significó la muerte de los derechos obtenidos después de duras luchas del movimiento obrero. Es un golpe a la jubilación que pasa a depender de cajas privadas, se reforma el Estatuto de Indemnización y Despido.
–¿Cómo se reforma?
J. J.: Desaparece porque ahí aparece lo que llamamos “contratos basura”.
–O sea contratos de duración limitada.
J. J.: Limitadísima. Son por seis meses durante los cuales no se hacen aportes para la obra social. Así, el obrero carece cada vez más de apoyo en el terreno de la salud.
–¿Cuándo habían nacido estas leyes?
J. J.: Vienen de la época de los sesenta, setenta. Y antes. Eran el resultado de luchas heroicas.
–Luchas que el menemismo barrió de un plumazo.
A. F.: La indemnización por despido se transformó en una limosna. Al obrero se le paga un mes y a la calle.
–Ya no hay más un mes por año.
A. F.: Por otra parte, los contratos son de seis meses. Y no hay cálculo de aguinaldo ni de vacaciones. Pero, además, podés estar trabajando cinco años en una empresa que nunca se consigue tener antigüedad.
–¿Ustedes piensan que Carlos Menem puede volver a ser presidente?
J. J.: Sinceramente... si al establishment le conviene que salga Menem va a salir Menem. Las elecciones, acá, son una farsa.
–Vos pensás eso.
A. F.: Todo el movimiento piensa eso.
–Esa sería una de las diferencias con la CTA.
A. F.: Una de las tantas. Nosotros no tenemos nada que ver con De Genaro ni queremos tener nada que ver. Consideramos a la CTA y, a De Genaro especialmente, traidores de la clase obrera.
–¿Por qué?
A. F.: Porque vemos la dirección que está tomando. Nosotros somos un movimiento de trabajadores desocupados donde planteamos la autonomía y laindependencia de todos los sectores sindicales, burócratas, con todas las instituciones que están relacionadas con el Gobierno y con los partidos políticos.
J. J.: No dependemos de ninguna central sindical ni política.
–¿Cómo definirían la identidad de la masa que conforma el movimiento?
A. F.: Como autónoma, popular.
–¿Y sin trabajo?
A. F.: Sí, somos trabajadores desocupados.
–Quiere decir que en la medida en que vayan encontrando trabajo dejarán de ser adherentes.
A. F.: No, porque nuestra consigna no es solamente conseguir trabajo sino trabajo, dignidad y cambio social.
J. J.: Y no consideramos lo que nos da el Gobierno como un trabajo, sino como una limosna. Aunque sabemos que, por el momento, dependemos de ella para nuestra subsistencia.
–Resulta difícil imaginar que ciento cincuenta pesos puedan resolverles la subsistencia.
A. F.: Lo que pasa es que ese dinero, muy mínimo, nos ha permitido poner en marcha talleres donde fabricamos pan, que luego se vende, al costo, al resto de los compañeros. Entre nosotros abolimos el concepto de ganancia.
J. J.: Y si hay excedentes, porque puede ocurrir, se analiza con todos los compañeros qué se hace con ellos. Vos escuchaste, al llegar, una discusión de éstas.
–¿Cuáles son los talleres que han organizado?
J. J.: Talabartería, herrería, carpintería, confección de prendas.
–Vamos a suponer que pretenden levantar un taller de costura. Explíquennos cómo lo hacen.
J. J.: Básicamente para empezar tenemos que obtener el subsidio.
–Los ciento cincuenta pesos que el Gobierno da a los jefes de familia sin trabajo. ¿Cómo los consiguen?
A. F.: Se lo peleamos al Gobierno.
J. J.: Se lo arrancamos al Gobierno cortando rutas.
–Por qué algo que está previsto por ley, o decreto, no sé, tienen que obtenerlo de esa manera.
A. F.: Porque el Gobierno no responde al pedido. En Buenos Aires hay cien mil personas anotadas para acceder a este plan y no han ingresado. La gente se anota pero el Gobierno no responde. La única manera de conseguir algo es cortando rutas.
–Cortando rutas y negociando.
A. F.: No negociando, nosotros no negociamos con el Gobierno. Exigimos.
–Está bien, exigen, pero si no hay diálogo ¿cómo llega el dinero hasta ustedes?
A. F.: Nosotros llegamos a una mesa de diálogo donde le planteamos nuestra exigencia. No es una negociación.
–No les gusta la palabra negociación...
A. F.: No, porque negociar es ir a acordar. Y siempre con el Gobierno se han acordado cosas que no satisfacían las necesidades de los compañeros. Negociar sería que, cuando ellos nos dicen “no tenemos seiscientos planes para jefes de hogar, tenemos trescientos”, nosotros aceptáramos levantar el corte de ruta a cambio de los trescientos. Ellos dicen eso y...
–Ustedes dicen no. “Sólo nos movemos por seiscientos.”
A. F.: Exactamente. “O los seiscientos o nada.”
J. J.: Cuando el trabajador era obrero en una empresa y tenía exigencias que el patrón no aceptaba terminábamos tomando la empresa. Nosotros, hoy, no tenemos empresa para tomar. Al tomar la ruta, descubrimos que con esa toma trabamos los medios de producción. No pueden circular los camiones, no pueden circular los correos, no pueden circular los micros. La producción se paraliza. Para nosotros, como desocupados, es una herramienta de lucha valiosísima.
–Tan valiosa que el Gobierno parece dispuesto a terminar con ella matando. Como ocurrió en Avellaneda. ¿Qué dicen ustedes?
A. F.: Que sí. Que esa es su respuesta. Y que los de Avellaneda no son los primeros muertos.
–Sí, claro, tenemos los treinta muertos de diciembre.
A. F.: La primera muerte vino con el primer corte de ruta en Cutral-Có en 1996. La víctima fue allí la compañera Teresa Rodríguez, muerta porque reclamaba trabajo.
–No se trata entonces, simplemente, de un abuso de la policía que se enfrenta con ustedes. Lo que dicen ustedes es que la policía llega con órdenes de matar.
J. J.: Claro. Es el Gobierno quien manda matar. Quien mata.
–Actualmente ¿Duhalde?
A. F.: Para nosotros Duhalde es cómplice de todos estos asesinatos. Nosotros lo conocemos bien a Duhalde porque lo tuvimos como gobernador y también era responsable de todas las represiones que se dieron en esos años. Lo conocemos bien. El fue quien, como parte de su campaña política en el ‘97, dijo: “Cien mil puestos de trabajo para los bonaerenses”.
J. J.: Planes estos que estaban destinados a fortalecer el aparato político punteril.
–Es decir esos individuos que en los barrios lo representan.
J. J.: Claro son ellos quienes en los barrios disponen de los puestos de trabajo y tienen el derecho de exigir a aquellos que son beneficiados.
–¿Qué les exigen?
A. F.: Y, por ejemplo, “o vas a la marcha o te saco del plan”.
J. J.: El sistema asistencialista siempre funcionó de esta manera. El Gobierno te entrega la mercadería, con lo cual te condiciona el hambre y la ideología.
–¿Por qué decís mercadería?
J. J.: Porque Duhalde gobernador no sólo distribuía puestos de trabajo, sino también bolsas con alimentos: harina, azúcar. Nosotros vimos cómo con eso manejaban el aparato político y también vimos cómo nosotros, con organización y lucha, podíamos revertir el fenómeno a partir de los cortes de ruta.
A. F.: El Gobierno tuvo conciencia de que se enfrentaba a un fenómeno nuevo.
J. J.: Y ahí ocurrió que, cuando ellos se dieron cuenta de que, por fuera de su organización política, estábamos construyendo un trabajo genuino, empezó el cuco en el Gobierno. Se les hizo claro que hacíamos lo que considerábamos justo y que ellos no podían corrompernos, no podían comprarnos porque éramos independientes.
–Allí empezó la represión. La primera, la de Teresa Rodríguez.
A. F.: Y antes, en Río Turbio, Víctor Choque. Después de Teresa, persecución y cárcel en Jujuy, Salta y San Juan.
–En Salta hubo varios muertos. ¿Cómo son esas muertes? ¿Eligen a cualquiera o a los cabecillas?
A. F.: En los setenta se trataba de descabezar. Se atentaba contra los cabecillas. Luego hay un cambio en la política y se ataca a los simples militantes.
–Darío Santillán, sin embargo, era un líder.
A. F.: Sí, Darío era un líder, pero era uno de los 150 que fueron heridos en Avellaneda. Compañeros que se iban tapando la cabeza se salvaron porque la bala les pegó en la mano. Nosotros calculamos que la intención era dejar un saldo de siente u ocho muertos.
J. J.: Nosotros sabemos que ellos solo pueden parar esto con represión.
–Están dispuestos.
J. J.: No hay otra. ¿Qué vamos a hacer cuando se venga ese control del que ahora están hablando?
–¿Qué control? J. J.: Todos los que reciben los 150 pesos del plan Jefe de Familia tienen que barrer plazas, calles, muchas cosas. En el caso nuestro los compañeros trabajan en los talleres de que ya hablamos. ¿Qué va a pasar? Por otra parte despiden empleados estatales y les ofrecen los subsidios con la consiguiente contraprestación en hospitales, servicios públicos, escuelas, calles. Así no pagan obra social, jubilación ni el sueldo que corresponde.
–Ustedes están en este momento realizando una tarea que podríamos llamar de sobrevivencia. Vamos a suponer que crecen como grupo, se afianzan y llegan a tener un volumen y un peso que les permite decidir sobre formas de organización y gobierno, ¿tienen decidido cómo se organizarían?
J. J.: Nosotros creemos que la manera de solucionar un problema social como el que vive hoy Latinoamérica sólo podrá ser construyendo una nueva sociedad, día a día, en el trabajo cotidiano, en la creación de nuevas relaciones sociales entre compañeros. Tratando de revivir viejos valores que han desaparecido bajo la perversión del sistema capitalista, como la solidaridad, el humanismo. Creemos que la sociedad va a cambiar a medida que retomemos esos valores.
–En los sesenta y setenta para el cambio se pensó en la violencia.
J. J.: Nosotros sufrimos la violencia en un alto grado. Hambre, desocupación, ignorancia, amenazas, persecución policial, muerte por inanición. Y nuestra respuesta es organización y cambio. No hacemos futurología.
–¿Por eso no pueden responder a mi pregunta sobre qué harán mañana?
J. J.: Por eso. No teorizamos sobre si hacemos esto, o esto otro el día de mañana... No, lo que nosotros decimos es que si hoy no empezamos a cambiar esta realidad tratando de generar un hombre solidario, capaz de entregar la vida y ser comunitario vamos a quedar donde estamos. No necesitamos documentos políticos ni previsiones teóricas sobre posibles cambios. El problema para nosotros es hoy. Mañana veremos. El problema lo tenemos hoy. Es hoy que debemos tratar de entretejer las leyes sociales que destruyó el capitalismo. El desafío es eso, trabajar con quienes tenés al lado. Y no hay bibliotecas, Marx, Mao o Foucault que sin este trabajo concreto nos salven.
–Pasando a las prácticas comunitarias: todo se decide, dicen ustedes, en democracia directa.
J. J.: Sí, todo se decide en asamblea y nada fuera de la asamblea. Cuando hablamos de horizontalidad queremos decir que nadie está por encima de nadie. No reconocemos dirigencias. Y la práctica nos ha demostrado que se puede construir sin dirigencias. Otra característica de nuestra metodología es la falta de temario en las asambleas. Entre nosotros ninguna asamblea abre un temario previo. La asamblea abre y allí se decide el temario. “Compañeros, ¿de qué quieren hablar hoy?” Ahí empiezan los informes según las áreas. Salud, seguridad, prensa. Y luego se decide qué hacemos con la información obtenida. Todos los delegados son removibles. Lo que llamamos la mesa general, que está formada por los delegados de barrio, no es resolutoria, es ejecutora. Ejecuta el mandato de la asamblea. En cuanto a los delegados barriales, son rotativos.
–¿Alguna vez pensaron que andan bien cerca de los anarquistas?
A. F.: Hace un año y medio vimos una película y nos llamó la atención la coincidencia. Lo que somos nos salió así porque nos salió así. Yo nunca en mi vida he leído un libro de un anarquista, ni un libro del Che. Ni de Mao o Lenin o... no sé quién más hay. ¡Marx! A veces nos dicen: “Pero che, ustedes han leído mucho a los zapatistas”. “Yo no sabía, ¿qué hacen los zapatistas?” No venimos de un manual.
–¿Qué película vieron que les hizo pensar en anarquistas?
J. J.: Una película sobre la guerra civil española.
–¿De un inglés? ¿Tierra y libertad? J. J.: Tierra y libertad la vimos, pero hablo de un documental de los tiempos de la guerra. Hay algunos movimientos a los que nos parecemos. Por ejemplo el Movimiento de los Sin Tierra de Brasil. Y a los zapatistas, claro, nos parecemos. Por ejemplo en eso de ir construyendo al paso del más lento. Cuando vos entraste hoy a la asamblea y te pusiste a grabar, una compañera dijo “no quiero que ella grabe” y yo te pedí que no grabaras. Bueno, hay que respetar a la compañera que no confía. Todavía no ve que puede ser favorable que graben una asamblea. Y si no ve hay que respetarla. Y esperarla. En esto dicen que nos parecemos a los zapatistas. Pero no porque los imitemos. Nosotros fuimos formando nuestra identidad a partir de una práctica concreta. Práctica errores, práctica errores, práctica errores. Nos mandamos macanas todos los días. ¿No es a eso que llaman dialéctica?
J. J.: Hay otra cosa, frases que fuimos hilvanando a través del tiempo: “Ir al paso del más lento”; “Vamos lento pero vamos todos juntos”. “Vamos a llegar más tarde, pero todos juntos.” No nos interesa llegar adelante, ser la vanguardia.
–Ustedes hablaron de organización horizontal. No pueden serlo si unos se adelantan a los otros.
A. F.: Claro. Nosotros venimos de una sociedad tremendamente golpeada. No hemos tenido experiencias militantes en ningún espacio ni participación en ningún espacio. Siempre hemos recibido mandatos de alguien de arriba. Está claro que debemos esperar también al que viene con muletas.
J. J.: A nosotros nos han dicho muchas falacias. Por ejemplo “No debemos perder el tren de la historia”. La verdad que a mí no me interesa llegar solo al tren del la historia. Como no me interesa el sillón de Rivadavia.
–Vi un trabajo que hicieron ustedes hace un año donde dicen que han “crecido a la luz de dos grandes mentiras”.
J. J.: Sí, una que al llegar al cielo seríamos felices. Y luego otra: “No, el reino de los cielos no existe, vamos a ser felices cuando podamos construir el comunismo”. ¿Qué hizo el comunismo? Cambiar un modo de opresión por otro. Nosotros reivindicamos la lucha de los compañeros, las pelotas que han tenido los compañeros Che Guevara, Santucho. Lo leal que fueron a sus convicciones, pero hoy nosotros no creemos que esa sea la metodología. El poder no se obtiene a partir del sillón de Rivadavia. El poder se construye. Y todavía nadie sabe cuánto tiempo lleva construirlo.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/sociedad/3-11456-2002-10-14.html
Por Sandra Russo
Durante la década y media que la Argentina bailó su meneadito al ritmo del primer mundo, los hogares de los incluidos en el sistema experimentaron cambios profundos que acompañaron uno de los efectos sobre la vida cotidiana más fuertes de la globalización: mientras el mundo se convertía en una falsa aldea global –falsa, según el teórico Román Gubern, porque la idea de “aldea” lleva a pensar en relaciones horizontales, mientras la globalización verticalizó las relaciones de poder en el planeta–, cada casa se aisló. Los soportes tecnológicos de difusión masiva contribuyeron a la creación de la emergente “cueva aterciopelada”: las computadoras, los correos electrónicos, los teléfonos celulares, los DVD, los CD, los videojuegos, la televisión por cable, todo estuvo disponible para generar una sensación de conexión de los sujetos con el mundo, mientras en realidad los cuerpos de esos sujetos iban exacerbando dos sentidos, el oído y la vista, pero dejaban de ejercitar otros, como el gusto, el olfato y, sobre todo, el tacto.
Uno de los resultados de estos cambios fue una alteración de la erótica contemporánea. Voyeurismo, mixoscopía, escopofilia, escoptofilia, escopolangia, gimnomanía: son algunos de los términos clínicos para hablar de la pasión desenfrenada por mirar. El antropólogo ruso Malinowski llamó la atención de los lectores occidentales al describir las viviendas de las islas Tobriand: estaban construidas de modo tal que su interior pudiera verse por completo desde afuera, en una ostentación destinada a autodestruirse en el ritual del potlach (un rito en el que los miembros de esas tribus intercambiaban bienes en forma de dotes y eliminaban lo excedente). En aquel momento las casas de los tobriand causaron escozor porque Occidente iba rumbo a sus casas herméticamente selladas, autosuficientes, vigiladas. Pero ahora: esa modelo rubia sin mayor encanto que su imagen desprovista de biombos, que se muestra en las vidrieras del Centro Cultural Borges para promover la exposición Cientoporcientodiseño ¿no les recuerda a los tobriand?
La promoción de la muestra, un remedo soft de la experiencia de la Casa de Cristal chilena, no muestra la regla sino la excepción. El rotundo aislamiento de cada uno en cada casa sigue vigente, ahora reforzado por la psicosis de la inseguridad, con el agravante de que a medida que se vayan quemando las computadoras no las podremos reemplazar, o que buena parte de los usuarios de paquetes premium los han dado de baja si es que todavía no se han borrado del cable. Pero nos queda el hábito, la inercia, la inclinación por mirar. Mirar lo que sabemos que no vamos a tocar. Hombres de todas las edades miran a esa chica, que no muestra nada, como si mostrara algo. Arrebatarle al otro una parte de su privacidad se ha convertido en un tic degenerado, si por degenerado se entiende algo que se ha desviado de su cauce.
Así las cosas, para mirar sin pagar, queda la televisión de aire. ¿Qué se puede ver en ella? Por un carril van los programas periodísticos, nunca tantos como ahora, pero a modo de feta en el medio de otros dos grandes panes. Por un lado, están los programas autorreferenciales de la televisión, en los que la televisión se pliega sobre sí misma. El mundo queda en otra parte. La gente queda en otra parte. Un eje de esos programas son los sketches de un puñado de neopayasos, “los mediáticos”, que se encargan de irles subiendo la revulsión a sus participaciones para que el público los siga mirando, porque el público ya se habituó a ver en televisión lo que ya pasó en televisión, y el público –¿el público?– pide más, más vísceras, más ridiculez, más bochorno, más desmayos, más confesiones sobre lo inconfesable. Por el otro lado, están los reality shows, en los que se puede aspirar a ser cantante pop, estrella por un día, jugador de fútbol, diputado y hasta infiel: la aparente “nada” que traen consigo quienes son “nadie” se ilumina bajo los reflectores hasta ser “algo”. Los que salgan de un reality y consigan permanecer en la pantalla (Silvina Luna, Gastón Trezeguet, Tamara no sé cuánto) arrastrarán un vago desprecio que la televisión experimenta por los recién llegados y no se molesta en disimular: el desprecio es el precio que uno no vale, el valor que uno le quitan, y hay que pagarlo para seguir teniendo no prestigio ni oportunidades, sino apenas “cámara”. Es decir, para seguir dejándose mirar.
La televisión nunca sale de un repollo, nos gusten o no sus contenidos, No quisiera ser ésta una nota escandalizada por el escándalo. No jodamos. No es peor Guido Süller que Julio Nazareno, ni Jacobo Winograd que Carlos Menem. Ninguno de los más burdos personajes televisivos emparda en bajeza a un senador coimero. No quisiera, tampoco, ser ésta una nota que sirviera para refrendar la añoranza de Mirtha Legrand por la época de las rosas rococó. Pero sí se podría recordar que hubo una época, mientras la Legrand seguía con sus rosas rococó, en la que en las revistas de actualidad los ricos mostraban sus casas y en los talk shows los pobres mostraban su miseria. Hoy los ricos ya no muestran sus casas porque tienen miedo de los secuestros y de la DGI. Nos han quedado los pobres exhibiendo cada vez más sus pobres almas. Pobres con cierta chapa –que se consigue, como en el caso de Vanessa, la novia de Walter Olmos, yendo a la tele incluso bajo efectos de medicación antipánico, o como en el caso del hijo de Javier Portales, yendo a la tele a cambio de cuatrocientos pesos para dar información sobre un padre moribundo–, o pobres anónimos dispuestos a relatar historias lo suficientemente escabrosas como para ser merecedoras de atención: una infidelidad sólo sirve si se ha sido infiel con la hijastra; una traición sólo sirve si la que se ha llevado al marido es la propia hermana. No alcanza la historia, por más que incluya incesto o violación: hay que violentarse en cámara, hay que llorar, insultar, pegar, marearse, descomponerse: en la jerga, hay que ser sexy, mantener erecta la atención del público. Si el público mañana pide que alguien se corte las venas al aire, pues bueno, habrá que darle sangre.
Mirar es el gesto que hermana a las multitudes. Pero mirar como se mira a través de una ventana mientras uno se masturba. Mirar con cámara infrarroja lo que sucede en la oscuridad. Mirar lo que no se debería mirar. Mirar lo oscuro, lo siniestro, lo sórdido. Mirar el vómito, la herida abierta, el tajo, mirar lo putrefacto. Mirar babeando. La nueva erótica es así de obscena.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-11392-2002-10-13.html
Por Osvaldo Bayer
Mientras el fascismo, con connotaciones mafiosas –como siempre las posee– idea contenedores para los presos y servicio militar para los jóvenes hambrientos, la gente –sí, la gente– no llora ni duerme ni se conforma a hincarse ante las virgencitas de todos los cielos, pese a los esfuerzos del obispo Bergoglio. La gente –sí, la gente– se reúne, discute, trabaja, arma proyectos, desnuda las porquerías del régimen, no le tira piedras a la policía, pero le saca la lengua, los deja manchados de mierda a los jueces y escupe cuando pasan los diputados que les dieron salvoconducto a una Corte Suprema que ya podría calificarse como la Corte de los Milagros, para vergüenza eterna de la historia argentina.
Estuve, por ejemplo en Villa La Angostura, a orillas del noble Nahuel Huapi. Allá, rodeados por el paisaje más bello del mundo, marcharon las filas de vecinos que escracharon a un vil servidor de la dictadura de los generales, un hombre del más asesino de todos, el general Menéndez. Se trata del mayor Daloia, acusado de rematar prisioneros políticos tirados en el asfalto, de un cobarde y certero tiro en la nuca. Por supuesto, el acusado no apareció en ningún momento para defenderse; se escondió en lo más recóndito de sus miedos y sus traiciones. Los escrachadores –todos jóvenes pese a la edad– marcharon por esas calles benditas por la luz para expulsar definitivamente de ese paraíso al militar que había vestido con sumo placer sus uniformes de mercenario. Por supuesto, los vecinos que colaboraron con la dictadura y fueron a misa con Videla se escondieron detrás de sus ventanas y criticaron en las mesas caras a los denunciadores de los crímenes de lo mejor de nuestra juventud. Y los concejales se aferraron a sus bancas del Concejo Deliberante para no oír, no opinar, no comprometerse.
Pero no sólo el escrache a un asesino, sino también el escrache a los que se quedan con la tierra de los habitantes originarios, tuvo lugar ese día. Lo mismo que en Puerto Madryn se denunciaron las enormes compras de tierra por supuestas fundaciones norteamericanas y consorcios británicos. Se están quedando con la Patagonia. Mejor dicho, ya es casi de ellos. El todopoderoso Benetton inició una demanda de desalojo de una familia mapuche, que vive desde hace siglos en esas regiones. ¡Qué vergüenza, el vale todo mientras se tengan dólares! La Argentina prostituida. Allí, en Madryn, el bisnieto del valiente cacique Saihueque abrazó a todos los cristianos que salieron con la protesta a las calles contra ese delito de falta de moral de la angurria de los que quieren quedarse hasta con las montañas y el sol.
Y también estuvo la protesta en Rosario donde varios sectores de la población han resuelto tomar el protagonismo de la lucha por la dignidad. Los estudiantes de la Facultad de Psicología mantienen ocupados el bar y comedor, porque han creado una cooperativa a fin de ser ellos quienes ejecuten ese servicio para sus compañeros de esa y otras facultades. ¿Quién puede estar en contra de un trabajo social semejante? Ayuda mutua, esfuerzo e independencia. Y se acaba así el tema de los concesionarios y de los posibles manejos entre autoridades, la empresa privada y los sobornos. La misma impresión tuve al ir a visitar a los estudiantes ocupantes del sanatorio Rawson, edificio abandonado hace más de seis años. Los estudiantes quieren hacer de ese edificio, hoy inútil, el lugar de residencia de los estudiantes del interior y un lugar de encuentro para todos los universitarios. Un plan más que loable. ¿Qué mejor que la administración comunitaria y el beneficio para una tamaña fuerza del pueblo? Y si recorremos Rosario encontraremos otros lugares así: iniciativa para el bien común sin ambiciones de obtener ganancias. Estuve con el intendente Binner quien se mostró muy partidario de las cooperativas e iniciativas sociales que se han iniciado en este terrible tiempo de la inmoralidad y el abandono. Por supuesto, en muchos casos elpoder tendrá que expropiar para poner propiedades al servicio de la comunidad.
Dejo Rosario después de haber vivido la alegría del homenaje a Rodolfo Walsh, realizado por la organización de periodistas rosarinos. El tiempo hace madurar las mentes. Walsh y no Neustadt. Walsh, el brillante luchador por excelencia. Walsh, el intrépido, asesinado por Massera y su morralla uniformada. Walsh, el ejemplo para siempre de lo que debe ser el periodismo honesto y denunciador de las mafias del poder. Su rostro quedó allí, en el salón de actos. Un rostro que muy pronto estará en todas las redacciones, menos en las de Hadad, por supuesto.
Y Página/12 cosechó un éxito, con la nota de hace dos semanas sobre la asamblea de Belgrano y Núñez y de los estudiantes del Normal 10 y su lucha por dar la merienda a los necesitados en el edificio de Lucio Mansilla. Vea el lector qué hermosa carta ha recibido nuestro diario, qué conceptos, qué poesía, como decimos, gente así, unida, no va a conocer nunca la derrota. Dice así: “Cuando llegamos este domingo, como todos los domingos, a las 3 de la tarde, al viejo Normal 10 veníamos con mucha expectativa. La contratapa de Página/12 del día anterior nos había parecido a todos impecable y pensamos que movilizaría a mucha gente para acompañarnos. Pero no, a las 3 y cuarto parecía haber menos gente que nunca. No llegábamos a las treinta personas, la mayoría estudiantes del Normal y de otros colegios. El policía de consigna se arrimó a la puerta como para advertirnos que no podíamos pasar y nos fuimos a la esquina para deliberar con tranquilidad. Se leyó en voz alta la contratapa de Página/12, se la saludó con un cerrado aplauso y luego se votó si entrábamos o no como se hizo cada vez que nos encontramos con la policía en la puerta, y se decidió que sí por unanimidad. Había que mantener en alto las banderas, confirmar que el reclamo era justo y la decisión firme. Le hicimos una gambeta al cana, marchamos dando vuelta a la manzana y entramos por la puerta de atrás. Cuando se quiso acordar, ya estábamos reunidos en el patio sobre 3 de Febrero, abrimos la puerta y entraron varios vecinos más, a los cuales el uniformado les advertía que estaban cometiendo un delito. Ya eran las 3 y media, ya éramos 40, y nos pusimos a trabajar, como siempre, informando las novedades, las firmas que se habían reunido, las rifas que se habían vendido, la actividad del merendero. Mientras tanto, más y más vecinos llegaban y se sumaban a la ronda. Todos preguntaban, todos querían saber, todos repetían: ‘Nos enteramos por el diario’. Traían yerba, azúcar, leche, facturas, pelotas, libros. Era el milagro, era un río de gente que llenaba el patio de la vieja casona de Mansilla, era el maravilloso desorden de la organización popular, era el triunfo de la solidaridad sobre la indiferencia y la burocracia. Se iba haciendo la lista de las cosas que se necesitaban, y se levantaban de inmediato manos anónimas para ofrecerlo. ‘Yo tengo’, ‘yo traigo’. El patrullero que llegó alertado por la consigna se fue sin decirnos nada, seguramente convencido por el número de vecinos y la convicción que manifestaban. Apareció TN para filmar las novedades y reportear a los concurrentes. También apareció de la nada Roberto, alias ‘Carlitos Balá’, payaso de profesión que venía a ofrecerse para colaborar con su arte y en un santiamén se había puesto el disfraz y la nariz postiza, y bailaba junto a los malabaristas que habían comenzado a preparar sus números. Ya éramos más de cien y la gente seguía entrando, y llegó el diputado Lattendorf, que ofrecía su colaboración para lo que fuera necesario.”
“Y también llegó la murga, empezó el sonido de los bombos, los bailarines comenzaron las piruetas y la fiesta popular se hizo completa, con el payaso, las bolas de fuego de los malabares y el acompañamiento de la gente. A las 6 de la tarde, una multitud (ciento cincuenta, doscientos, ya no había forma de contarlos) abandonó la casona y, con la bandera del centro de estudiantes del Normal 10 a la cabeza, se lanzó a las calles del barrio con los murgueros, esparciendo música, repartiendo volantes, agitando carteles y cortando las calles sin pedir permiso, con el felizatrevimiento de los estudiantes y el intento de organización de los más veteranos. Y pasamos por la plaza Alberti, llegamos a Cabildo y Darío Santillán (ex Monroe, rebautizada por decisión popular), seguimos hasta Juramento y volvimos a la casona ya de noche, cansados y felices. Guardamos los carteles; los murgueros volvieron a ser personas normales mientras los chicos se iban a festejar el sueño que ahora estaba más cerca, y nos fuimos pensando que quizás muy pronto estaría movilizado un país más feliz, desde Jujuy a la Patagonia”.
Está todo dicho. Argentinos, ni subversivos ni usurpadores. Verdaderos demócratas.
Hay otra buena noticia. Hace un mes en esta contratapa denunciamos que al uruguayito Carlos Martín Cánepa, hijo de argentina, no se le permitía continuar sus estudios por una maniobra burocrática. Nuestra denuncia pegó bien, en lo justo y ganó. Carlos Martín Cánepa acaba de ser admitido en la escuela Raggio, como lo aconsejaba la decencia y la grandeza. Pelear por lo justo, en el mar de la inmoralidad y el egoísmo.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-11352-2002-10-12.html
Por Juan Gelman
Bush hijo cambia varias veces de canal cuando de Iraq se trata. Dijo que era preciso invadirlo por sus conexiones con Osama bin Laden, aunque la CIA reitera que no hay evidencias que lo prueben. En cambio, ha documentado los contactos con Al-Qaida de petroleros sauditas y servicios paquistaníes sin que a nadie en la Casa Blanca se le ocurriera bombardear Karachi o Riyadh. Y luego: que Bagdad posee armas químicas de destrucción masiva, aunque inspectores que integraron la misión de Naciones Unidas que abandonó Iraq en 1998 señalan una y otra vez que ese arsenal fue destruido casi por completo. O que Saddam está a punto de conseguir bombas nucleares, aunque el organismo de energía atómica de la ONU desechó tal posibilidad. El cambio de canal más importante, sin embargo, se produjo en menos de un año: Bush hijo le quitó a Bin Laden la antorcha de Enemigo Público Número Uno y se la pasó al autócrata iraquí.
El habitante del Salón Oval había proclamado después de los atentados del 11/9: “Quiero justicia. Recuerdo un viejo cartel del Oeste que decía ‘Buscado: vivo o muerto’”. Se refería, claro, a Osama. Pero el millonario saudita no sólo ha desaparecido de Afganistán, también del discurso busheano. Bin Laden sigue primero en la lista de 22 terroristas más buscados y encabeza la de los diez prófugos más requeridos por los servicios estadounidenses, pero la ofensiva militar que Washington desató el 7 de octubre del 2001 no culminó con su captura, ni vivo ni muerto. Los sondeos de opinión muestran que ese hecho divide a los norteamericanos. Una reciente encuesta de Gallup reveló que un 50 por ciento de la población considera que la intervención en Afganistán “sólo será un éxito” cuando se atrape a Bin Laden, contra un 38 por ciento que se declara satisfecho aunque tal cosa no ocurra. Un sondeo de Harris encontró que este último índice ascendía al 47 por ciento hace cuatro meses.
Pero la cuestión, hoy, es Iraq. Y cabe recordar un informe que, a principios del año pasado, Bush hijo encargó al influyente Council of Foreign Relations de Washington, del que son miembros, entre otros, el vicepresidente Dick Cheney y ex secretarios de Estado como Henry Kissinger y James Baker. Se titula “Retos estratégicos de la política energética en el siglo XXI”, subraya que esa industria padece en EE.UU. “el comienzo de sus limitaciones en materia de capacidad”, señala que es urgente solucionar la previsible disminución del abastecimiento de petróleo para evitar que se acentúen la recesión económica y la intranquilidad social en el país, y urge a Bush hijo a evaluar con otra mirada “el papel de la energía en la política exterior estadounidense”, ya que el acceso al oro negro “es un imperativo de seguridad”.
El informe aconseja dar “pasos inmediatos” para acelerar el acceso yanqui a los yacimientos de la cuenca del mar Caspio, y destaca la necesidad de aumentar la producción petrolera de Iraq a fin de no sufrir la escasez prevista. No descarta el empleo de medios diplomáticos para lograr esos objetivos, pero tampoco la posibilidad de intervenciones militares. En otras palabras, se trata del libreto de la intervención en Afganistán y de la guerra contra Iraq. El informe fue redactado hace más de un año y medio, meses antes del 11/9, y Washington lo aplica con rudeza y cierta desprolijidad para el bolsillo de los conocidos de siempre.
Moscú observa el panorama con preocupación notoria. Se inclina ahora por una nueva resolución de Naciones Unidas que imponga a Iraq condiciones más duras de inspección de sus arsenales, pero rechaza que éstas sean inaceptables y que vengan acompañadas de la amenaza del uso de la fuerza, como quiere Bush hijo. El nerviosismo ruso se explica y no sólo por la deuda de 7 mil millones de dólares que Hussein contrajo con la ex URSS: Lukoil, la mayor empresa petrolera del país, firmó un contrato de explotación de yacimientos petrolíferos iraquíes por un valor de 20 mil millones de dólares, y se estima en 90 mil millones de dólares elbeneficio potencial de la concesión que obtuvo el gigante ruso Zarabezhneft. Putin teme que la caída de Hussein provoque la anulación de contratos tan jugosos. Imagina –no sin razón– que la voracidad estadounidense de energéticos marginará a Rusia en el control del oro negro iraquí.
Llama la atención que, en el plano político, la Casa Blanca no dé al parecer muestras de diseñar planes sucesorios. La semana pasada, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld no vaciló en responder al periodista que le preguntaba si podía garantizar que el próximo gobierno de Iraq sería mejor que el de Hussein: “No hay muchas garantías en la vida”. Pero Tom Lantos, representante demócrata de California, confió a Colette Avital, del Partido Laborista de Israel, que visitaba el Capitolio: “Ustedes (los israelíes) no tendrán ningún problema con Saddam. Pronto nos lo sacaremos de encima. Y en su lugar instalaremos a un dictador pro-occidental, lo que será bueno para nosotros y para ustedes”, registró el diario israelí Ha-aretz en su edición del 1º de octubre. Avital preguntó a Lantos cómo se podía hablar de entronizar a un dictador en Iraq y al mismo tiempo exigir “reformas democráticas” en los territorios palestinos como condición previa a la reanudación del proceso de paz. Se puede, se puede.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-11271-2002-10-10.html