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Una monja por los feudos

Archivado en María Esther Gilio • Fecha: 30-09-2002 00:00:00

MARTHA PELLONI, MONJA, DOCENTE, ACTIVISTA

El caso María Soledad hizo conocida a esta hermana a la que le cuesta el voto de obediencia y a la que terminaron “trasladando” de Catamarca a Corrientes para que no moleste. En su nuevo destino de inmediato denunció el desembozado tráfico de chicos a Europa. Es que la habían mandado a otro “feudo provincial”. La política, la injusticia y la autogestión en la experiencia de alguien que no para de pelear.

Por María Esther Gilio

La fama de la monja Martha Pelloni viene de hace doce años, cuando levantó Catamarca y consiguió justicia en el caso María Soledad. Hoy cambió de provincia pero su entusiasmo y su amor por la justicia siguen intactos. Llegó corriendo, pidiendo disculpas y dando explicaciones que nadie le pedía pues sabíamos que ese día, como la mayoría de los suyos, había sido dedicado desde muy temprano a quienes la precisan: mujeres sin trabajo, niños con hambre, viejos sin techo. Y, además, reuniones con quienes, como ella, buscan resolver estos problemas en lo inmediato y en lo definitivo.
–¿Qué quiere decir pertenecer a las carmelitas misioneras?
–Quiere decir que estamos al servicio de las necesidades de la Iglesia. La congregación fue fundada después de la Guerra Española y su fundador tuvo a la vista el mal y la ignorancia que la guerra había dejado. Hoy, para nosotros es la corrupción, la falta de democracia y todos los problemas sociales que este modelo acarrea, modelo que nada tiene que ver con lo evangélico.
–¿Nunca le reprocharon, en la congregación, que se metiera en problemas tan terrenales?
–No, porque esta tarea está entre aquellas a las que aspiraba el fundador.
–¿Cómo eligió este camino que sigue hoy en lo religioso y lo social?
–Yo diría que desde muy chica me enamoraba de todo. Hice magisterio, profesorado de filosofía, ciencias de la educación. Y bueno... esa inclinación, esa necesidad de dar amor constituía una real problemática que sólo pudo resolverse cuando decidí entrar a esta congregación.
–El amor de una familia, el amor de un hombre...
–Una familia me quedaba chica, un hombre... el amor de un hombre también. Es el amor a la gente que me llevó a esta labor misionera.
–Cuéntenos un poquito de su infancia.
–Tuve una infancia muy linda. Somos cuatro hermanos, mi padre era veterinario militar, por lo cual a pesar de haber nacido en Buenos Aires pasé mucho tiempo en provincias, en lugares de frontera.
–Allí, seguramente vivió de cerca los problemas de la gente. Las provincias de frontera son las más pobres.
–Sí, era a mediados de los cuarenta. El primer grado lo hice en Jujuy y luego cambié ocho veces de ciudad y de colegio. El último fue el de las Carmelitas en Olivos. Y en ese momento me enamoré de Jesús. Imagen de hombre, de valores, de camino.
–Qué aspecto de todo eso que Jesús posee le resultaba más importante.
–Ah... era un hombre de pueblo, un hombre de valores, un educador. Y bueno, con todo esto vino mi vocación por la vida religiosa, en comunidad, en fraternidad.
–En cuanto a los votos en su congregación... ¿son los comunes?
–Sí: castidad, pobreza y obediencia.
–Obediencia es el que le cuesta más.
–Sí –dice luego de pensarlo–. Obediencia es el que a mí más me cuesta. En un libro que hice con una periodista, yo digo que cuando terminé mi formación, antes de los votos, recuperé mi personalidad.
–¿Qué pasó en esos cuatro años?
–Me infantilicé.
–¿A partir de qué?
–A los 22 años una entra... o mejor, entraba, porque ahora no es así, entraba en algo así como un molde común.
–La diversidad no se aceptaba.
–Había un modelo de vida religiosa tanto en lo interior como en lo exterior que debía ser aceptado. Tuvo que pasar un tiempo para que pudiera aceptarme a mí misma, recuperarme tal como era.
–¿A partir de qué cosas concretas?
–A partir de mi vida apostólica. Era maestra, profesora, y tenía mis propios criterios e identidad para ser docente. En correntino diría que estaba muy enchamigada con la juventud. Yo trabajé treinta años formando jóvenes. Creo que me desenvuelvo bien en esa tarea, la cual me gusta especialmente.
–¿De ahí arranca su acercamiento a María Soledad?
–Cuando empecé a trabajar con jóvenes me di cuenta de varias cosas. Que tenía ascendiente con las chicas, gran posibilidad para orientar. Nunca tuve un problema de disciplina. Mi oreja siempre estaba dispuesta a escuchar. Y cuando, luego, me tocó lo de María Soledad, ahí me di cuenta de cuántas posibilidades tenía de llevar adelante una tarea como la que llevé.
–Se dio cuenta de que tenía carisma, capacidad.
–Yo ya me había dado cuenta de la facilidad con que podía influir a partir del contacto con los jóvenes. Pero era de puertas adentro. Lo de María Soledad tuvo otra dimensión.
–Cuénteme los pasos fundamentales en el caso María Soledad. ¿Cuando ocurrieron los hechos ya la conocía?
–Claro, era mi alumna. Fueron sus padres quienes me imponen de la necesidad de hacer algo. Empezamos a hablar y se nos ocurrió que era necesario convocar a las fuerzas vivas. Reunidos con un buen número de personas formamos una comisión de proesclarecimiento y justicia. Ahí todos dijeron que yo debía ser la presidente. Yo dije que no. Que el presidente tenía que ser el papá. Entre otras cosas porque la congregación podía plantearme problemas.
–¿Qué fue lo que más le chocó y movilizó del hecho?
–El encubrimiento judicial y político. Yo pude ver rápidamente la connivencia entre el gobierno, la policía y el Poder Judicial.
–Ese era un cerco prácticamente infranqueable.
–Era de terror.
–Esto se da en una de las provincias que se catalogan como feudos. Cuénteme un poco cómo es que funcionan estas provincias.
–Estas provincias están en manos de familias que tienen todo el poder y todo el dinero. El cual, hoy, viene del narcotráfico.
–¿Son familias vinculadas con la droga?
–Sí, sí, lo son. Actualmente lo son.
–¿Cuáles son las provincias que aparecen con estas características?
–Las que tienen gobiernos con estas características son Salta, Santiago del Estero con Carlos Juárez. En este momento Catamarca está más calma en ese aspecto. De cualquier modo la mentalidad de la gente no ha cambiado.
–¿San Luis con el ex presidente por dos días, Rodríguez Saá?
–También. Corrientes con Tato Romero Feris.
–Cuéntenos cómo viven, qué cosas caracterizan a estas sociedades.
–En el poder no hay una persona sino una familia con miembros en todos los lugares que importan. La riqueza proviene de medios inmorales e ilícitos. No hay partidarios políticos sino clientes. En Corrientes se dan cien pesos por familia, las cuales luego apoyan en todo.
–¿Quién los da?
–El gobernador que los daba estaba preso, así que los da su esposa, que es la intendente.
–El gobernador estaba preso.
–Bueno... eso es una historia. Este hombre estaba desde vieja data en el gobierno. En un momento, los maestros, a quienes no se les pagaba el sueldo desde hacía cuatro meses, decidimos autoconvocarnos y en los lugares de trabajo en lugar de dar clases, trabajamos en el sentido de cambiar la mentalidad política para poder tener un gobierno democrático y no un gobierno feudal como el de Romero Feris.
–¿Cuánto hacía que estaba en el gobierno?
–Entre él y el hermano que estuvo primero, más de veinte años.
–Ustedes entonces empezaron esta lucha. –Sí, éramos docentes que empezamos reuniéndonos en asambleas locales que más tarde pasaron a ser provinciales. Así, avanzando, logramos también levantar una carpa blanca en una plaza, a la cual se llamó Plaza de la Vida. Y ahora viene lo mejor.
–¿Qué fue lo mejor?
–Que cuando nos quisimos acordar habían levantado en la plaza una carpa de desocupados, otra de comerciantes, otra de empleados judiciales. Toda la provincia estaba con su carpa en la plaza. Todas las tardes a determinada hora se incitaba al gobierno a través de un micrófono para que saliera a dar una explicación. Esto hasta que logramos voltearlo.
–Sin elecciones.
–¡Claro! Sin elecciones. Tuvo que renunciar. Después de una campaña durísima. A mí me odiaba. Tuvo conmigo agarradas por radio, en las que terminó insultándome. Me decía que no tenía nada de católica y me trataba de señora.
–¿Por qué fue a dar de Catamarca a Corrientes?
–La congregación me sacó. Yo creo que porque molestaba.
–¿Cómo se portó ahí su “obediencia”?
–Acepté el traslado. No dije nada. Obedecía. La congregación me sacó, pero yo creo que esto respondió a un pedido. Aunque nunca supe bien.
–¿Qué le hace pensar eso?
–El gobernador de Catamarca era muy amigo del presidente Menem y a su vez del obispo.
–Entre los dos la sacaron. Me dijo que se había formado una comisión que presidía el padre de María Soledad. A partir de ahí se organizaron las marchas pidiendo justicia. ¿Qué sabían ustedes de los hechos?
–Ya desde el primer momento sabíamos que había encubrimiento, pues supimos cómo habían pasado las cosas a través de gente que vino a contarnos.
–¿Gente que había presenciado cosas?
–Hay el caso de dos viejitas que fueron asesinadas en vinculación con el hecho. Ellas estaban en un té canasta en casa de la mamá de Ramón Saadi, el gobernador, cuando llegó a la casa la mamá de Guillermo Luque, Beba Luque, diciendo “¿saben qué pasó? Mi hijo mató a una chinita”. Cuando dijo eso, tal vez creía que la había matado con el auto. No sé. Pero no era con el auto.
–¿Una chinita dijo?
–-Sí, es la manera que tienen allá de decir, “una negrita”, “una cualquiera”. Al día siguiente esta señora tuvo que llamar a todas las personas que habían estado en el té y para cerrarles el pico les regaló por su silencio, un viaje a Chile con todo pago. Todo pareció taparse. Un manto de silencio fue cayendo.
–Mientras tanto ustedes que sabían la verdad...
–Yo hice una denuncia que me valió una acusación por calumnia y un juicio.
–La denuncia la hizo a través de la prensa.
–Sí, pero no de la prensa de mi provincia, que estaba toda comprada. Fue la prensa de otras provincias, y sobre todo de Buenos Aires, que me ayudó a socializar el tema –dijo y quedó callada.
–Se quedó pensando.
–Sí, porque hay cosas que uno no puede decir. Yo tengo miedo todavía.
–No las diga... Ocho años pasaron antes de que se hiciera un juicio que llevara a los asesinos a la cárcel. ¿Por qué ocho años?
–La estrategia de ellos era que se fuera perdiendo la fuerza de quienes querían justicia.
–Hubo un primer juicio que se anuló gracias a la fuerza de la gente. ¿En qué se basaron para conseguir la anulación?
–El primer juicio fue una fantochada total. Los acusados quedaban presos no por homicidas, sino por falso testimonio. Habían pasado muchos años, de hecho, las personas que habían declarado en el primer momentoconsiguieron que en el juicio su declaración fuera cambiada de manera muy sutil.
–Ese juicio se transmitía por televisión.
–Eso fue lo bueno. La televisión permitió que se vieran las señas que se hacían entre sí fiscales y acusados. La televisión mostró al desnudo la corrupción en el juicio. Esto llevó a que se prohibiera la transmisión, mientas el juicio seguía.
–Como respuesta se levantó el país entero.
–Lo cual llevó a la anulación del juicio.
–Son muchas las cosas que están en la base de los actuales movimientos populares. El caso de María Soledad creo que es una de esas cosas. La gente tuvo posibilidad de medir sus fuerzas.
–Sí, fueron ocho años de lucha en los que se aprendió mucho sobre lo que puede el pueblo cuando se pone. Ellos postergaron el juicio para debilitar, borrar, hacer olvido. Pero el pueblo no olvidó ni dejó que la indignación se borrara.
–Finalmente el fallo fue por violación y homicidio.
–Sí, aunque fue incompleto porque el encubrimiento realizado por la Justicia, el gobierno y la policía no se esclareció. Y era bastante grave porque murieron tres personas. Las dos viejitas que estaban en el té canasta que no aceptaron el viaje a Chile, una de ellas dijo que hablaría. Simularon un asalto y una noche entraron a la casa y las mataron. Y también mataron a un colectivero a quien confundieron con el que había declarado haber visto cuando tiraron el cuerpo de María Soledad.
–¿Qué hizo el que había declarado cuando vio que habían matado al otro?
–Vivió mucho tiempo escondido. Claro, tenía miedo. Pero tenemos, además, al padre Carrizo que sabía muchas cosas. Algunas de las cuales me confidenció. También se puede decir que a él lo mataron. Tenía una úlcera sangrante muy grave y cuando debían internarlo, para hacerle una transfusión, alguien dio la orden, nunca se supo quién, de llevarlo al aeropuerto diciendo que debían trasladarlo a Buenos Aires. Lo del traslado era mentira y el padre se fue en sangre. Esa anoche murió en el sanatorio de los Jalil, parientes de los Saadi, que era a donde debían haberlo llevado en primera instancia. Cuando llegó al sanatorio, ya medio muerto, tampoco le hicieron la transfusión. Esta muerte fue denunciada pero no investigada.
–¿Cómo murió, concretamente, María Soledad?
–Ella intentó defenderse de la violación. Fueron cinco los que la violaron.
–Ella estaba enamorada de Luque, que la entregó.
–El, para que ella se quedara quieta mientras la violaban sus amigos le dio una cachetada que le provocó un vómito de sangre que la ahogó. Cuando se dan cuenta de que está muriendo la llevan al sanatorio de los Jalil, pero ya no hay nada que hacer. Soledad muere. Ahí, un hombrecito, que vigilaba autos, vio cuando entraban al sanatorio el auto de Luque y declaró. Después, entre el primero y el segundo juicio, tuvimos que mantener a este hombre escondido porque de otra manera lo habrían matado.
–En un momento, entonces la congregación la traslada a Corrientes. Allí también encontró qué hacer.
–Sí, en cualquiera de las provincias feudales hay mucha, muchísimas cosas para hacer. En Corrientes se destapó la olla del tráfico de niños. Las empleadas domésticas de las familias ricas en Corrientes, a cambio de conservar el trabajo cama adentro, cuando quedaban embarazadas eran a menudo empujadas a entregar el bebé. El cual era vendido.
–¿Está hablando de algo realmente frecuente?
–Tan frecuente que en cuanto llegué a Corrientes empecé a recibir llamadas de chicas cuyos hijos habían sido vendidos a parejas de Italia, Francia, Alemania.
–¿Qué querían que hiciera?
–Que las ayudara a recuperar sus criaturas. Eso era imposible, pero sí pude movilizar el ambiente para parar con ese comercio en el que estaban comprometidos nada menos que la asesora del Juzgado de Menores y su marido, un conocido abogado.
–¡Una asesora de menores en complicidad con un abogado que es su marido! Si fuera un argumento de ficción lo criticaríamos por barroco.
–Más adelante se comprobó que este comercio existe en todas las provincias. Más en las más pobres, claro.
–Santiago, Formosa, el Chaco.
–Esto hizo que me transformara en un referente para muchísima gente. Me llaman y ahí, donde me necesitan, si puedo hacer algo, lo hago.
–Además está trabajando en la CTA.
–Sí, con Víctor De Gennaro, una persona admirable. En este momento hemos constituido el Frente Nacional contra la Pobreza, por el Trabajo y la Producción. Hoy a la tarde nos reunimos para encarar el tema del hambre.
–¿Qué proponen?
–Se propusieron muchas cosas. Yo propuse algo que fuera inmediato, factible, de trabajo de base y que se constituyera en un mensaje muy claro para el Gobierno. Yo digo que por manzana se haga en una casa, una olla popular diaria. Que cada familia dé lo que puede, dos papas, una taza de fideos, lo que sea... Y en lugar de que esa comida se sirva y se coma en la calle, se la vaya a buscar con una cacerola y se lleve a la casa, lo cual, creo, da al hecho una mayor dignidad. Por otra parte si algunos de los que aportaron, no necesitan comer de esa olla, tendrán en cambio la satisfacción de haber realizado un acto solidario.
–¿Cuál sería el mensaje que, dijo, deseaba pasar al Gobierno?
–El Gobierno ya no existe. No existe el Estado, no nos da trabajo, ni nos da de comer. El Gobierno somos nosotros. Estamos buscando lo alternativo desde la solidaridad. Por otra parte es muy fácil organizar una manzana. Sería difícil organizar un movimiento y tantas otras cosas, pero una manzana para hacer una comida al día claro que es fácil.
–¿Es verdad que Menem le ofreció un cargo público en Catamarca?
–Me ofreció la vicegobernación.
–¿Qué le dijo?
–Que ésa no era mi misión. A mí me gustan el trabajo y la docencia social y no la partidaria.
–Siente que en lo partidario empequeñece su trabajo.
–Claro.
–¿Cómo ve este papado?
–Yo creo que hay, realmente, una salvaguarda de la ortodoxia del Vaticano, muy claramente manejada.
–Ratzinger no es el mejor consejero que podía tener el Papa. Aunque seguramente él lo eligió. Lo recuerdo hace unos años, en Brasil, hablando sobre la Teología de la Liberación. “Esa babosería”, dijo.
–Nosotros somos defensores de la Teología de la Liberación porque entendemos que la moral de situación existe. Es decir, cada situación responde a una realidad que debe ser considerada. Y creo que como católicos no debemos ignorar lo que la situación está exigiendo. A mí, opinar sobre la ley de salud reproductiva me ha costado que un obispo me prohibiera la entrada a su provincia.
–Es fácil entender que la Iglesia no acepte el aborto, pero es muy difícil entender que no acepte la anticoncepción.
–¿Cómo se puede negar el uso del preservativo? Primero por nuestros jóvenes, que de otra manera se exponen al sida y segundo, ¿en qué sentido es benéfico que en una familia sin recursos nazcan ocho, diez, catorce hijos? A mí me ha tocado gente en el campo, que me dice “hermanita, éste es inocente, nació inocente. Es angelito”.
–Hablaba de un discapacitado...
–O si no, “Este otro, hermanita, está en tercer grado y ¿sabe? un solo problemita tiene, es desmemoriado, nació sin el aparato de la memoria, entonces no aprende a leer ni a escribir”. Se trata, en general, de la discapacidad que viene de la mala alimentación de la madre durante el embarazo. Yo, a las monjitas que están haciendo misión en el campo, les pido que expliquen los cuidados para evitar el embarazo y el sida. Yo tengo la conciencia tranquila, Dios no puede querer que nazcan hijos de padres alcohólicos al punto de que los últimos sean directamente discapacitados. A las médicas, que trabajan allí voluntariamente, les digo, que si no pueden entregar preservativos y enseñar –no es fácil esta tarea en el campo– acepten las proposiciones de mujeres que con muchos hijos quieran hacerse ligazón de trompas.
–Hermanita, usted va a ir presa. En la Argentina la ligazón de trompas es un delito.
–No, no, por favor, tengo mucho que hacer todavía.

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Jugar al solitario

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 29-09-2002 00:00:00

Por Sandra Russo

Miles de personas acompañaron el viernes en La Plata a Estela Carlotto para repudiar los balazos contra el frente de su casa. Por la mañana, ese mismo día, centenares de chicos de escuelas públicas jugaron al ajedrez en la Plaza de Mayo, en una insólita protesta por el bestial asesinato de Ezequiel Demonty, el chico forzado por la policía a ahogarse en el Riachuelo en una réplica asquerosa de otras muertes de otra década, cuando a los desaparecidos del Río de la Plata no se los tragaba la tierra sino el agua. La semana pasada, miles de personas apagaron las luces de sus casas, aplaudieron o tocaron las bocinas de sus autos para repudiar el inminente aumento de tarifas de los servicios públicos. Hace diez días, otras multitudes de varias ciudades del país respondieron con vehemencia a la convocatoria de la Red Solidaria para pedir paz.
Ya no es extraño, sino más bien habitual, que de pronto puntos neurálgicos de este país se enciendan en movilizaciones novedosas, creativas, arrolladoras. A quienes pertenecen a nuevas o viejas organizaciones –entre las nuevas, están, entre otras, las piqueteras y las asambleístas; entre las viejas, las de derechos humanos o los partidos políticos– la gimnasia de la movilización les es dada y es recogida como una práctica constitutiva de esa pertenencia. Pero lo que a los ojos de esta sociedad legitima y refuerza cualquiera de esas movilizaciones, lo que liga a esas movilizaciones a la idea de consenso, es la participación de “la gente”, de la gente suelta, de los independientes.
La palabra independiente tiene un lustre respetable. Supone libertad de conciencia, libertad de pensamiento y cierto dominio de sí: a los independientes hay que ganárselos, los independientes no compran fórmulas prêt-à-porter, los independientes estudian el sapo antes de tragárselo. Hasta ahí vamos bien: nadie puede objetar que haya tanta gente independiente en un país cuyas instituciones políticas han dado tantas muestras de ser tan impotentes, tan erráticas y tan burdas. Pero el acelerado proceso de independencia política que se ha desarrollado en los últimos años merece un análisis un poco menos piadoso y acaso un poco más crítico.
¿No habrá en alguna parte, más allá del principio de ambas palabras, una ligazón entre el independiente y lo individual? ¿No estará contaminada una parte de nuestra independencia con la sobredosis de individualismo que sorbimos durante las últimas dos décadas? ¿No seremos rehenes, escudados en la noble causa de la independencia, del cuento que nos contó durante tanto tiempo el pensamiento dominante, según el cual lo individual, que es aquello que no se puede dividir, era el único ejercicio posible en una sociedad sin lazos, sin redes, sin organizaciones y sobre todo sin política?
Según aquel relato del pensamiento dominante, sólo en el reino de lo individual los individuos podían encontrar alguna satisfacción. La satisfacción por excelencia del universo capitalista era el éxito. Y allí fuimos, cada uno con su modalidad y su cuota aceptable, persiguiendo la utopía del pensamiento dominante: miles perdían, pero algunos ganaban. Y si ganaban, lo hacían solos, autosuficientes, sin mirar para el costado, sin distraerse, como arquitectos eficientes de su monoéxito. Bien: era mentira. Pasó otra cosa. Vino la tempestad y arrasó con su vendaval muchos castillos de naipes de gente dedicada a jugar al solitario.
Porque eso es lo que esconden los balcones que de pronto reviven con gente golpeando cacerolas o luces que se van apagando de pronto para adherir a una protesta. Eso es lo que hay a bordo de los autos que chillan con sus bocinas para advertir que sus ocupantes están, como los ocupantes del auto de al lado, hartos del terrorismo de Estado, de las mafias policiales, de la violencia que no para, de las muertes de todos los días, de los impúdicos negocios que se han hecho y que pretenden seguir haciendo cuatro a costa de millones. Lo que hay atrás de los balcones, de los autos, de las pancartas, de las marchas, en una escala sorprendente, son hombres y mujeres solitarios. El individualismo encerraba la pretensión del éxito, pero cuando esa máscara cayó, quedó la soledad.
Hoy, las incontables movilizaciones de las que participan miles de personas son en su mayor parte protagonizadas por gente sola que se junta. Solitarios que confluyen en algunos reclamos con otros solitarios. Lo que hasta ahora no se ha podido articular es el pasaje a otra etapa en la que cada uno rompa su costra y entre en contacto con los otros, pero no solamente para tener piedad o para mitigar el escozor que provoca ver tanto dolor ahí en la puerta, sino para operar en la realidad de una manera efectiva, es decir: para cambiar algo más allá del propio estado de ánimo. Todavía el mito de hacer la de uno, de cortarse solo, sigue en vigencia. Está destartalado, desnutrido y desprestigiado, pero ese mito caló hondo en las mentalidades argentinas, históricamente predispuestas a comprar cualquier fábula sobre el ascenso social basado en el esfuerzo personal. De ese tipo de esfuerzo venimos todos. Somos el fruto de esfuerzos de esa índole.
Posiblemente el surgimiento de organizaciones políticas que en el futuro contengan a los independientes no devendrá de un afán voluntarista: es el tipo de cosas que suceden cuando una sociedad está madura para eso, ni un minuto antes ni un minuto después. Pero tal vez valga la pena observar estas cuestiones que nos obligan a revisar incluso nuestras propias certezas. Después de todo, los independientes argentinos ya no estamos en un viaje de vuelta de asociaciones colectivas que nos desencantaron. Hace tanto que somos independientes, que la independencia política en sí misma ahora podría pensarse, en el mejor de los casos, como un viaje de ida hacia otra cosa.
Algo es seguro: no será esta manera de estar juntos mientras seguimos estando separados la que nos conduzca a otro estado de cosas. Porque miles y miles de solitarios podrán gritar, encender o apagar las luces de sus casas, ir a una marcha, a muchas marchas, tocar bocina, putear a algún ex funcionario o lo que sea, miles y miles de solitarios podrán seguir convirtiendo una vez por semana a esta ciudad en un happening que llame la atención del mundo, pero nuestra propia realidad empezará a cambiar recién cuando seamos capaces de crear clubes de los que estemos orgullosos de ser socios.

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Orden y generosidad

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 28-09-2002 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

En este país argentino donde se inventó el más bestial método de represión llamado la desaparición de personas; en este país donde se descargan itacazos desde las sombras, donde se arroja de los puentes a la juventud, donde como en Jujuy la policía ordenada por el gobernador hace desaparecer obreros, donde la Policía Federal y la Bonaerense y todas las demás raptan y violan a adolescentes y balean a niños y secuestran y cobran coimas, donde los candidatos a presidente dan espectáculos tontos, en los cuales la imbecilidad ya lleva la marca nacional, sí, sí en este país argentino también pasan cosas con las que uno se siente orgulloso hasta la emoción. Por ejemplo, esto, estudiantes y vecinos de los barrios que se unen para dar de comer a los chicos hambrientos.
¡Con qué talento, con qué dedicación, con qué altruismo! A pesar que escondidos detrás de los postigos, figuras sombrías los espían como el Videla de calle Cabildo que observa todo desde la oscuridad, con el miedo del cruel y el cobarde.
Salí a recorrer el viejo barrio, sí, Belgrano, que lo conozco desde el año ‘32, y miro los pocos edificios antiguos que quedan. Sí, allí está el antiguo colegio de señoritas, el normal Nº 10, en Tres de Febrero entre Blanco Encalada y Olazábal, donde en décadas anteriores entraban y salían sin cesar las adolescentes de guardapolvo blanco que iban a ser nuestras futuras maestras. Sus risas y voces eran la señal para que los varones saliéramos a la vereda a admirar tanta frescura y cosa bella. Hace ya muchos años que está vacía esa ancha y tranquila casona que habrá escuchado infinidad de veces los timbres de la hora del deber y los minutos del descanso.
Bien, en ese edificio, que no es otra cosa que la antigua residencia de los Mansilla –de aquel lúcido Lucio que dejó tanto testimonio del pasado– se sirven meriendas para nuestros hijos hambrientos. No, no lo hacen ni la municipalidad ni el ejército con sus cocinas de campaña ni las damas católicas. No, lo hacen los vecinos solidarios que salen de sus casas, sirven el mate cocido, cortan los pancitos y los endulzan y esos hombres que traen los tarros de leche. Sí, en la Argentina de la mano abierta, como en tantos otros sectores de los barrios que saben que hay hambre y cumplen con el deber –cristiano, que le llaman– de dar de comer al hambriento. Pero hay más, no sólo es la gente de la asamblea barrial próxima que se ha movilizado para esta tarea humanitaria sino también los propios alumnos del Centro de Estudiantes del Normal 10, que funciona apenas a unos metros del antiguo edificio. Para los alumnos se ha convertido en un deber vital ayudar a sus propios compañeros que llegan sin desayunar. Sí, en Belgrano también ocurre esto, también hay hambre. Y quieren cumplir con la palabra más importante de la lengua humana: la solidaridad.
Pero claro, no todo es tan fácil en esta Argentina que arroja a sus jóvenes al Riachuelo. No, apenas comenzaron los trabajos de remover y quitar la basura que afeaba la casona de Mansilla, cuando la pintaron y la lavaron en sectores que no afectan el carácter histórico de la propiedad, comenzaron a aparecer los ojos de la rapiña y el egoísmo. En lo que eran grupos de acción solidaria vieron “ocupantes” de casa, vieron un pecado contra el sagrado derecho de la propiedad. No les importó la vida que trajo la buena voluntad, sino que los invadió el miedo de que los solidarios fueran “subversivos” que quisieran “subvertir” el orden actual. El orden actual. Y un vecino, el señor Kirschbaum se puso en contacto con la “autoridad”, esa “autoridad” que además de arrojar a la juventud al Riachuelo cuida el “orden” de las familias y principalmente la justicia que nos honra. Por supuesto, cayó de inmediato la policía amiga de la sociedad y con los métodos que ejercita en comisarías y cárceles, desalojó a los representantes de la buena voluntad como si fuesen aborígenes en plena Campaña del Desierto. Y claro está, con la policía llegaron los medios de Hadad y secuaces y por supuesto el muy solícito Feinmann dio un cuadro dantesco de subversión y usurpación. El acostumbrado diarioconservador se rasgó las vestiduras y habló de que los vecinos y los alumnos no habían solicitado permiso “a la autoridad”. Claro, es posible que si hubieran solicitado el permiso a la “autoridad” correspondiente le hubiera dado permiso a Menem para poner allí un Comité “Volveré y seré millones”.
Pero la buena voluntad no se ha dado por vencida: el “merendero” sigue funcionando en la vereda, pese al señor Kirschbaum, a Hadad y Feinmann, y a la Policía Federal. Llegó en el momento en que una chica ha donado cincuenta salchichas y pancitos, la mitad de lo que tenía para celebrar su cumpleaños. Hay mejillas rojas y besos de pura alegría.
Estamos seguros que el odio del fascismo presente va a ser vencido por la grandeza de la buena voluntad y el altruismo.
Lo que quiere el Centro de Estudiantes y la asamblea popular de Belgrano y Núñez es utilizar ese amplio espacio para el gesto humano y la cultura. No se va a tocar para nada la casona de Lucio Mansilla sino las construcciones aledañas posteriores que dan hoy un aspecto sucio y tétrico. Le van a lavar la cara y devolver a esos espacios la risa y la esperanza.
Nadie va a vivir allí sino sólo permanecerán en las horas de la generosidad y la cultura. ¿Si no por qué ese espacio en medio de Belgrano va a ser dejado en la barbarie de la mugre y la disolución? ¡Cómo le gustaría a Lucio Mansilla saber que su antigua casa sirve para dar de comer a argentinitos de ojos grandes y sonrisas tristes! Pero claro, el orden de Hadad y Feinmann y del comisario gordo que comía chicles y que ordenó el “procedimiento” medieval se imponen en la Argentina mafiosa del 2000.
Mañana mismo, domingo a la tarde los vecinos de la asamblea y los estudiantes del Centro del Normal 10 harán una fiesta de cultura popular con murgas y malabarismos, en Olazábal y Tres de Febrero. Y, pese al señor Kirschbaum, a Radio 10 y Canal 9, y al comisario gordo, la gente del pueblo va a concurrir con pan, galletitas, leche en polvo, mermelada, yerba, azúcar, mesas, sillas, caballetes, y ganas de trabajar. Va a ser una fiesta de la comunidad de Belgrano. Pero además, deben concurrir los legisladores de la ciudad para que se cercioren de la seriedad y de la calidez del acto de esta gente más evangélica que muchos de los que se hincan a rezar para que reine el orden de las rejas y tiro fácil. El primer paso es el comedor estudiantil y popular, luego lo seguirán el centro cultural y recreativo, el ropero comunitario, la escuela de artes y oficios, el centro de jubilados, el cine barrial y la biblioteca vecinal.
Será el triunfo de la generosidad contar el egoísmo y la pequeñez, la participación societaria contra el autoritarismo de los que tienen el poder y el dinero, la grandeza contra la mezquindad burocrática. La casona de Mansilla se cubrirá de flores y a sus patios regresarán las risas de aquellas “señoritas” de guardapolvo blanco que hace décadas estudiaban de maestras en esos patios plenos de sol.

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Gente de barrio

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 16-09-2002 00:00:00

Por Sandra Russo

De lo que nos va quedando, el barrio es lo más parecido a una nación. Exagero, claro. Pero si se piensa que un barrio limita con otro, o que nuestros vecinos son vecinos de otra gente que a su vez es vecina de otra, no cuesta tanto imaginar la trama tejida de abajo para arriba y no al revés, de lo grande a lo chico, de lo macro a lo micro, como nos han enseñado a pensar la nacionalidad, antes, incluso, de que esa nacionalidad tuviera la oportunidad de postularse por sí misma. Tal vez parte del fracaso de este país se deba a esa ansiedad. A ese frenesí por definir, calificar y proclamar una identidad que nunca terminó de decantarse.
Entre 1906 y 1910, llegaron a la Argentina más de 800.000 inmigrantes. Fue la segunda y enorme tanda. En 1910, de una población total de 6.392.000 habitantes, 2.300.000 eran extranjeros. Por esa época, el país, y especialmente Buenos Aires, era un enorme conventillo. Sabemos qué significa ser conventillero. Podemos, sin demasiado esfuerzo, imaginar de dónde venimos, podemos imaginar esas casas de inquilinato atestadas de familias que hablaban diferentes idiomas, gente asustada y con la guardia permanentemente alta, gente que había quemado naves, pero que sin embargo no renunciaba a su nacionalidad europea porque aquí no había encontrado lo que le habían prometido. Podemos, apelando a alguna anécdota de nuestras propias familias, imaginar el sonido ambiente de aquellos conventillos, ese muro de cemento que era el idioma y el lento surgimiento del cocoliche como una manera de perforarlo. Y si no podemos, allí están los sainetes y los grotescos criollos para recordarnos que cada pieza del conventillo era un mundo en miniatura, con sus credos, sus altares, sus creencias, sus tradiciones. Y están para recordarnos, también, que en esa presunta amalgama argentina que se quiso dar por hecha, lo que había en realidad era prejuicios, miedo, rivalidad, discriminación y, sobre todo, melancolía.
Los inmigrantes llegaron a un presunto país, pero ellos, con su llegada, lo convirtieron en otro. Criollos, orilleros, compadritos, tanos, turcos, judíos, vascos, gallegos, franceses, alemanes, todos con la suerte echada en esta canoa, pero cada uno con su manera particular de remar. El sainete fue el género que capturó ese momento, el “género chico” que se ocupó de la gente chica, de sus dramas menores, de su patética desolación travestida en naciente viveza criolla y ego alterado, del clima siempre bañado en la dificultad para comunicarse con el de la pieza de al lado, de esa gente siempre volviendo a la lengua madre en la propia pieza para no perder lo escaso que les quedaba del origen, para legar a los hijos algo de lo que habían traído puesto en sus cuerpos y en sus mentes cuando decidieron emigrar.
Probablemente los ideólogos del ‘10, como Lugones o Ingenieros, hayan insistido tanto en la existencia de una nacionalidad ya conformada porque esa nacionalidad era un enigma, como eran un enigma los vecinos de al lado: el prójimo, en la Argentina, era alguien de nombre extraño. Alguien que era necesario volver caricatura y estereotipo para digerirlo. Alguien cuyos pesares más profundos causaban la hilaridad del auditorio en el grotesco. El teatro popular tuvo la enorme misión de desdramatizar aquella vida cotidiana llena de confusión y desengaño.
Esos escenarios fueron los escenarios reales de los que emergieron los barrios, las capillas, las parroquias. Pasaron muchos años y generaciones. Pero lo barrial y lo vecinal, hasta ahora, permaneció ligado a aquel “género chico”. Lo barrial y lo vecinal quedó pegado a cuestiones menores, a problemas domésticos, a una idea apolítica, inofensiva, circunscripta a deportes, fomento, semáforos, mientras las grandes cuestiones, las cuestiones nacionales, había que dirimirlas en otro lado, en horizontes más amplios.
Mientras la nación se iba haciendo ausente con aviso, mientras el Estado se iba descomponiendo, algo cambió. Lo barrial y lo vecinal se ha resignificado, y no por una operación de prensa ni por afán voluntarista: es así, pasó así, está pasando. Desde diciembre aquel enorme conventillo de idiomas diferentes ha mutado en un laboratorio del idioma común que miles de personas buscan entre los que tienen más a mano, entre los que se cruzan cada mañana y a quienes dan los buenos días, entre quienes viven, los que conocen a sus hijos, los que compran en el mismo almacén, los que se ponen de acuerdo para cambiar de supermercado, los que deciden hacer cordones de vigilancia, los que discuten política pero también arman coros o bailan salsa, los que, en fin, tuvieron en estos meses agitados la oportunidad de conocerse. Lo barrial y lo vecinal ya no suenan menores. Desde lejos se escucha el motor (está encendido).

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Los límites de la vergüenza

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 14-09-2002 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Hay cosas que no se pueden explicar y menos disculpar. La absoluta falta de ética de casi todos. Si hay elecciones lo vamos a ratificar en sus resultados. ¿Todas las conciencias son comprables? ¿Los principios de la ética son cumplidos apenas por uno que otro solitario que termina finalmente como vagabundo de la sociedad?
Uno lee nombres, por ejemplo, de amigos que en los sesenta tuvieron una actitud podríamos decir hasta insobornable defendiendo lo nacional y popular. Todo había nacido de aquellas enseñanzas del mariscal alemán Colmar von der Goltz en su libro El pueblo en armas que aquí, los militares argentinos habían editado como La nación en armas (por las dudas). Bien, Von der Goltz aseveraba allí que un país sólo puede llegar a ser libre en el momento en que es capaz de fabricar sus propias armas. Es decir, todo el esfuerzo a la industria. Perón fue un admirador total del mariscal prusiano y, por ejemplo, en Yo, Perón, el libro de Pavón Pereyra, el general le dicta: “Los de mi promoción fuimos los primeros en trabajar con los métodos alemanes. Nuestras estructuras del Colegio Militar eran alemanas y habían llegado en 1910 con una misión que presidía el general Von der Goltz. El ejército se modernizó, ¡hasta nos vestíamos de otra manera”.
Amén de otros párrafos en los que se ponía al militar prusiano en el lugar de San Ignacio de Loyola.
Es que nuestros gobernantes liberales querían lo mejor para nosotros, por supuesto, europeo, y así como hicieron la marina de guerra según el modelo inglés, así al ejército le dieron la escuela prusiana. Prusia había arrollado a Francia en la guerra del ‘70 con los cañones de Krupp, los fusiles de Mauser y las comunicaciones de Loew, Berlín. Por eso, el general Ricchieri mandó a nuestro ejército al corte alemán y creó el servicio militar según ese modelo.
Por eso surgió por encima de los liberales el nacionalismo industrialista: no importar, fabricar aquí, industria nacional era la larga meta. Lo nacional con apoyo popular. Crear condiciones para que el pueblo colabore y no se vuelva insurrecto luchando por sus condiciones de vida y de trabajo.
Bueno, y ahora llegamos. Los que dentro del peronismo fueron fieles a esa línea, cuyo máximo representante fue don Arturo Jauretche, hoy apoyan a Rodríguez Saá. ¿Cómo? Sí. Es fácil de comprobarlo viendo sus firmas al término de comunicados y tomas de posición de ese sector. Sí, sí, en el gran guiñol argentino, donde el realismo mágico argentino eleva a hada hacedora a la turca Sesin, con vista al aeropuerto internacional de Merlo, sus concursos literarios “Yo, bisnieto de ‘Lanza Seca’” donde lo histriónico llega a las instancias patológicas de los mejores loqueros de la Francia de las Tullerías. Sí, sí, vamos a perder todos, pero nos vamos a divertir como jamás en estas latitudes. Los records de todo tipo nos moverán a sentirnos interesantes como pueblo del Tercer Mundo definitivo, y cada vez más el turismo internacional se va a acercar a nuestras playas en busca de lo auténticamente argentino. Sí, no ya el sueño de la industria pero sí de lo nuevo nacional argentino. Pero esto, vaya y pase. Estamos acostumbrados y desde que Perón prohibió el carnaval, lo logramos en el escenario oficial, donde ya con Carlos Saúl llegamos a éxitos insuperables. Pero no nos referimos al posible carnaval puntano sino a otra cosa. Nos referimos a algo muy triste, trágico, canallesco, sucio. Nos referimos al apoyo que esos viejos luchadores dan a lo patibulario que viene colado. El golpista Rico. Un aprovechado. El inspirador de la fuerza para declarar la Obediencia Debida y el Punto Final, que aprobaron los genuflexos. Apoyar a Rico con Rodríguez Saá es pisotear el concepto de República, de voluntad popular, es apoyar a la más siniestra de lastraiciones a la democracia. Golpista de tanque y ametralladora. Dos veces se levantó contra las instituciones constitucionales y no le importó matar a inocentes. Un dragón pintado, escurridizo y matón.
¿Pero y qué dicen los peronistas de aceptar un individuo así en su cúpula? ¿No recuerdan a los fusilados por Aramburu que se levantaron para restituir las instituciones? Rico es todo lo contrario de aquel general Valle. El carapintada se levantó para que fueran perdonados todos los asesinos, todos los torturadores, todos los secuestradores, todos los ladrones de uniforme.
¡Qué bajo ha caído la pobre República! Un candidato delincuente de cara pintada candidato de la democracia. Claro, es el representante del fascismo puro, una línea que los peronistas nunca pudieron borrar en su partido, pensemos en Lombilla y Amoresano, pensemos en López Rega. Y ahora este nuevo asesor, cómplice de la dictadura militar, que jamás ejerció la rebeldía debida contra los crímenes de lesa humanidad.
Acerca de la inmoralidad que hoy reina en todos los estratos de nuestra sociedad basta comparar el caso Rico con el caso de los ocupantes de La Tablada. El uniformado faltó a todos los juramentos de respeto a las instituciones, se levantó en armas, por su culpa murieron inocentes. Luego, por segunda vez repitió la hazaña y fue amnistiado con absoluta irresponsabilidad por Menem. Pero a los ocupantes del cuartel de La Tablada no sólo se los mató, se los desapareció, sino que a los sobrevivientes se los condenó en gran parte a prisión perpetua. No se les dio derecho de apelación, pese al llamado de atención de la OEA al gobierno argentino. Ni Menem, ni De la Rúa ni Duhalde consideraron necesario contestar al organismo internacional. Total, los presos son de izquierda. Los ministros argentinos se callaron la boca, la Justicia argentina se calla la boca. Los candidatos del justicialismo y del radicalismo se callan la boca. Los peronistas viejos y nuevos que apoyan a Rodríguez Saá y por ende a Rico, se callan la boca. Más ahora, después de lo que se ha hecho con Roberto Felicetti, preso de La Tablada. Cuando fue detenido, en la criminal matanza represiva que ordenó Alfonsín con el general desaparecedor Arrillaga, a Felicetti le rompieron los dos brazos y fue torturado. Después de 13 años de prisión se le permitió salir a trabajar de día. Al mismo tiempo que estudiaba sociología trabajaba en una empresa privada. Luego el decano de Filosofía, Félix Schuster, le permitió trabajar en la misma facultad, donde tuvo una conducta ejemplar. Hasta que empezó la campaña de Hadad y Eduardo Feinman por la radio acusando al decano de emplear “terroristas” y asesinos en esa casa de estudios. Ante esta campaña, los funcionarios responsables le quitaron al detenido el permiso para trabajar. También ratificó dicha medida injusta el nuevo rector de la UBA, Jaim Etcheverry. Todos contra el preso. Para el golpista, todas las libertades y las candidaturas. Para el preso de La Tablada, todo el rigor de la ley más el miedo de los responsables, más la cobardía y la falta de coraje civil de la burocracia. Y la perversión de los que usan los medios para la agachada, el poder de la infamia. Argentinos, votemos a Rico, y hagamos oídos sordos ante la injusticia. Sonríamos confundidos ante la cobarde inmoralidad de los responsables.

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Coincidencias

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 12-09-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Anton Chejov nunca supo –y seguramente o casi nunca imaginó– que su obra engendraría una discípula en la remota para él Nueva Zelanda. Tampoco lo sabía Katherine Mansfield cuando el gran escritor ruso falleció en l904: tenía 16 años por entonces y estaba a punto de pergeñar una novela de la que se conservan algunos fragmentos. La llamó Juliet y resultó autoprofética. La protagonista contrae una gonorrea que debilita sus defensas, aborta y muere de tuberculosis. La autora sufrió idéntico destino y su vida cesó a los 35 de edad.
Nació en Wellington, en un hogar con padre que de empleado bancario se convirtió en banquero, siempre ganoso de posición social y respetabilidad. La hija cultivaba otras pasiones, oscilaba entre ser violoncelista profesional o escritora y practicaba rebeldías irritantes para una sociedad más bien pacata. ¿Se amotinaba contra el filisteísmo familiar quien escribió “un músico no desea a un hombre o a una mujer, desea toda la octava del sexo”? Virginia Woolf, que la conoció íntimamente, pinta en su novela Las olas a un personaje que padece de padre banquero australiano y que “nunca pudo perdonarse esa barbaridad”. Cualquier semejanza con las realidades de la joven Mansfield sería no casual.
El año 1909 le trajo acontecimientos decisivos. Es enviada a Baviera para dar a luz a un hijo de neocelandés con el que casa e inmediatamente se divorcia. Pierde el hijo y adquiere un amante polaco con gonorrea incluida. Y sobre todo lee por primera vez a Chejov, que la impresiona y marca. Tal vez no cabe hablar en este caso de influencia sino de coincidencia en una manera de ver el mundo, del encuentro –dijo ella– con “un espíritu pariente”. Como el ruso, la neocelandesa desnudó el aburrimiento anodino y los padecimientos sin propósito de ciertos sectores de la “buena sociedad”. Por las páginas de “En la bahía” –uno de sus cuentos más largos, escrito en 1922 y el más envidiado por la Woolf– transita un Jonathan Trout que se pregunta “qué diferencia hay entre mi vida y la de un preso común. En realidad soy un insecto que se metió en una habitación por su propia voluntad. Choco contra las paredes, choco contra las ventanas, revoloteo contra el techo, hago de todo menos salir volando afuera. Y me paso todo el tiempo pensando, como esa polilla, o esa mariposa, o lo que sea, ‘¡la vida es corta! ¡la vida es corta!’”. El Nicolai Stepanovich de Chejov no dice algo distinto: “Me está pasando algo que sólo es disculpable en un esclavo... Estoy lleno de odio y de desprecio, indignación, hastío, miedo”.
Mansfield publicó en vida tres libros de cuentos que la instalan de manera especial en la literatura inglesa. Fue la primera que registró la tristeza irresuelta que yace bajo los entumecimientos de la vida diaria y lo hizo con más fuerza y concreción que contemporáneos suyos como E. M. Foster y aun James Joyce. Creó lectores con sed de su escritura y John Middleton Murry, editor, ensayista y esposo, le publicó póstumamente dos libros de cuentos –El nido de la paloma y Algo infantil– con textos que había rastreado en los 53 cuadernos y otros papeles sueltos de la muerta. Lástima que Murry incurrió luego en lo que no mucho antes había condenado: publicó en forma de diario una selección de las notas que su mujer redactaba en trenes, vestíbulos de teatros, acostada en la cama, y usando cualquier trozo de papel a mano. Murry las expurgó para dibujar la figura de quien definió como “la flor perfecta de Inglaterra”, un ejercicio común a ciertos parientes de escritor que lo corrigen cuando ha desaparecido, como la sobrina de Flaubert y ejemplares de otras latitudes. La edición completa de las notas por Margaret Scott descubre la medida de esa malversación.
Detrás de la confección del diario de un famoso suele rondar la idea de su publicación y no pocos aprovechan la oportunidad –en ocasiones póstuma– de arreglar cuentas con amigos y enemigos. No es el caso de las notas de Katherine Mansfield, en las que abundan rasgos de su dureza, su apetito sexual, sus celos de otros escritores, su obsesión con la muerte. Entre esbozos de tramas narrativas, citas de autores preferidos y aun recetas de cocina, destellan su percepción del absurdo cotidiano y la visión tragicómica de las peleas con el marido, de sus infidelidades mutuas, de la envidia que le despertaba –y devolvía– Virginia Woolf, de sus desesperaciones.
“Ser salvajemente entusiasta, o gravemente serio, es un error. Ambas cosas pasan. Hay que tener siempre sentido del humor”, apuntó tres meses antes de morir. Se había internado en el Instituto para el Desarrollo Armonioso del Hombre que fundara Gurdjieff en Fontainebleau y sus últimas anotaciones son poco más que listas en ruso de palabras como hombros, cuello, dedos, estómago, pecho, que necesitaba para describir los síntomas de su afección. Estos vocabularios dan tristeza y testimonian que Katherine Mansfield alcanzó más en su hacer que en su vivir. Le acontece a la mayoría de los seres humanos, Chejov incluido.

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Pedir paz

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 05-09-2002 00:00:00

Por Sandra Russo

Si uno nada en la cloaca, probablemente al rato de nadar no huela nada. El mal olor se huele si la realidad, la memoria o alguna oportunidad extraordinaria permite compararlo con otros olores, o mejor: con otros perfumes. La convocatoria del viernes conjuga la realidad, la memoria y una oportunidad extraordinaria. Porque, para empezar, se usan otras palabras, y no es un hecho menor que en esos tres minutos las decenas de miles de personas que probablemente participen expresen el anhelo de “paz”, y no el de “seguridad”. No es menor porque seguramente toda esa gente desea vivir más segura, quién no, pero a lo largo de estos años el debate acerca de la “seguridad” o la “inseguridad” ha restringido el campo de visión, lo ha ceñido con fórceps a una discusión en la que los polos de opinión fueron, por un lado, los “duros” que instaban a “meter bala”, y por el otro lado, los “garantistas”, como si fuese posible que desde el Estado se fuese otra cosa que garantista: ¿cómo podría un funcionario cualquiera retacear garantías constitucionales a alguien? Poder, pudieron. Prácticamente no han hecho otra cosa, y así nos fue. Ese debate encubría, y sigue encubriendo por parte del auditorio, o sea de esta sociedad, cierto consentimiento a prácticas delictivas para combatir a la delincuencia, y así nos fue.
La invocación a la paz pone el eje en otro lado, es una nueva manera de ver el problema. Celebremos. Si de algo carecemos los argentinos es de otras maneras de ver los problemas. Damos brazadas en la cloaca mientras seguimos escuchando los mismos argumentos, los mismos prejuicios, las mismas mentiras con las que el poder fue cavando la cloaca y llenándola de pus y de gente. Celebremos que esta vez pasa algo nuevo. Mañana, maestros y rectores de colegios pobres y colegios acomodados, las iglesias, los independientes, organizaciones no gubernamentales, bomberos, médicos, empleados, se articularán alrededor de la Red Solidaria, y simbolizarán, con un acto central lejos del Congreso y lejos de la Plaza de Mayo, el pasaje al primer plano de varios sectores unidos no sólo en un reclamo: lo más fuerte es que están unidos en un punto de vista. Tampoco es menor que el lugar elegido sea un comedor popular del Bajo Flores. Que el pedido de paz llegue tan pegadito a una red de ciudadanos autoconvocados por actitudes solidarias también es nuevo. Hasta ahora, y con el tema de la violencia encajado en el tema de la “seguridad”, lo único esperable era abroquelamiento, encapsulamiento, puertas cerradas al que toca timbre pidiendo un pan, vidrios levantados al que se acerca al auto a pedir una moneda, sospecha, indiferencia, en fin, más cloaca.
Que la paz sea reivindicada junto a la solidaridad abre otro espacio, inaugura otra perspectiva, delinea otro país deseable, un país al que no le alcanzan los guardias privados ni las murallas medievales para separar a pobres y a ricos, insinúa que en ese país deseable la paz no debe ser la de los cementerios, sino la del café al solcito, la de los chicos jugando en la vereda, la del gesto amistoso con el desconocido, la de la caminata tranquila por el barrio, la de la casa con la puerta abierta. Nada de eso está contemplado cuando lo que se pide es “seguridad”, pero el perfume de cada una de esas cosas remueve la cloaca cuando la gente empieza a pedir paz.

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Orwell redivivo

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 03-09-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

George Orwell anticipó en su última novela, publicada en 1949, un mundo con policías del pensamiento, anulación del pasado, mutilaciones del lenguaje y la memoria, siempre dispuesto a tragarse las mentiras que sirve el poder. Tenía en mente a la entonces Unión Soviética, pero sucede, curiosamente, que es en Estados Unidos donde el gobierno de Bush hijo está llevando a la práctica esas imaginaciones. Es cierto que la novela se titula 1984 y que estamos padeciendo el 2002. Hay que darle tiempo al tiempo.
Hace más de dos meses que la Asociación de Bibliotecas de EE.UU. está esperando que el FBI conteste cuántas veces ha utilizado las amplias atribuciones que le otorga la USA Patriot Act para investigar en secreto los registros –alguna vez confidenciales– de bibliotecas públicas y librerías. Es la pregunta número 12 de un cuestionario de 50 que el Comité de Justicia de la Cámara de Representantes elevó al Departamento del ramo que dirige el devoto John Ashcroft. Devoto en materias varias: religión, represión, fascismo. También esperan el congresista demócrata John Conyers y el republicano James Sensenbrenner, presidente del Comité, que prepararon el cuestionario y fijaron el 9 de julio que pasó como fecha límite para la recepción de las respuestas.
Desde que los atentados del 11/9 llevaron al Congreso estadounidense a aprobar esa ley “antiterrorista”, un documento de 342 páginas que los parlamentarios no tuvieron tiempo de leer, el FBI adquirió, entre muchas otras, la facultad de vigilar a su antojo los hábitos de lectura de todo ciudadano. Guay de quien compre en una librería o pida en una biblioteca algún libro sobre el Islam, o Cuba, o las Torres Gemelas, o los países del “eje del mal”: podría ser catalogado como sospechoso de terrorismo, detenido por tiempo indeterminado sin aviso ni acceso a un defensor, es decir, “desaparecido a la argentina”, como señalara Warren Christopher, ex secretario de Estado de James Carter. De hecho, casi todo el pueblo estadounidense corre esos riegos si el FBI se encapricha.
Las órdenes de allanamiento llamadas sneak and peek (irrumpir y revisar de manera furtiva) le permiten catear cualquier hogar, escrutar efectos personales, fotografiar, bajar información de la computadora si la hay, sin que el dueño se entere hasta después del hecho cumplido. En la revista Insight on the News, John Whitehead, fundador y presidente del Instituto Rutheford, definió la situación así: “La libertad y la seguridad no se excluyen mutuamente, pero lo único que nos separa de la tiranía es la Constitución de EE.UU. ¿Pienso que hemos perdido libertades civiles? Sí. ¿Pienso que hemos establecido las bases de un Estado policial? Sí”. No se puede decir que Whitehead habla oscuro.
Las órdenes de registro de bibliotecas y librerías son emitidas por una instancia judicial que se reúne en secreto y prohíben que los funcionarios y dueños de las unas y las otras revelen a nadie que el FBI los ha contactado, y menos a la persona que está siendo investigada. Los Angeles Times (29/7) da cuenta de un sondeo que el centro de investigaciones de la biblioteca de la Universidad de Illinois llevó a cabo en 1020 bibliotecas: el 85 por ciento, en su mayoría de los institutos de investigación más importantes, fue “visitado” por agentes federales o locales que pedían información sobre las preferencias de los lectores. La policía del pensamiento, vamos.
Esto no transcurre sin reacciones institucionales. Se ha informado en estas páginas (29/8) que en Newark, Detroit, Washington y Cincinnati se dictaron fallos que condenan los métodos orwellianos ejecutados por Bush hijo. El tribunal federal de apelación de Cincinnati dictaminó que eran ilegales las audiencias secretas que culminaron con la deportación de centenares de sospechosos de terrorismo detenidos luego del 11/9. “El Poder Ejecutivo intenta seccionar las vidas de las personas, de espaldas a la mirada pública y detrás de una puerta cerrada. Las democracias mueren detrás de puertas cerradas”, especifica su sentencia. La jueza federal deWashington, Gladys Kessler, determinó que el Departamento de Justicia debe proporcionar los nombres de la mayoría de los sospechosos que siguen presos. “Las detenciones secretas –dice su fallo– constituyen un concepto odioso para una sociedad democrática.”
Y hay resistencias locales. Las autoridades municipales de Berkeley (California), Denver (Colorado), Ann Harbor (Michigan) y de cuatro ciudades de Massachusetts (Northampton, Leverett, Amherst y Cambridge) aprobaron sendas resoluciones que cuestionan el camino que la Casa Blanca recorre en su guerra “contra el terrorismo” dentro de las fronteras nacionales. “Creemos que estas libertades civiles (de expresión, de reunión, la igualdad ante la ley y el derecho a la privacidad, otras) están ahora amenazadas por la USA Patriot Act”, aseveró el concejo municipal de Cambridge. “Nos trajo (esa ley) resonancias de la era McCarthy y de otros tiempos”, recordó la concejal de Denver, Kathleen Mac Kenzie. Es que resulta imposible anular las reservas democráticas de una sociedad entera. Eso también –desesperadamente– Orwell previó.

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