Por Osvaldo Bayer
La República nunca murió, volvió a levantarse después de aquel nefasto día del Punto final y la Obediencia debida de los paniaguados y los desleales. Pero a los asesinos se los siguió buscando. Aquella gente del coraje civil irrenunciable los persiguió y los denunció en la calle, se los escrachó, se les gritó en la cara la pérfida ignominia de sus crímenes. Los torvos desaparecedores y torturadores buscaron rincones. Aquella huida del entonces “general de la Nación”, Suárez Mason, a Estados Unidos, fue una muestra de la valentía de esos a los cuales Hadad levantaría a la categoría de “héroes de Malvinas”. Se escondieron, se cubrieron con los cargos de moda de las organizaciones de vigilancia y custodia. Y se metieron hasta en los pueblitos más idílicos del paisaje argentino para esconder sus rostros aviesos. Estuve en Villa La Angostura, en medio del paisaje beatífico del Nahuel Huapi. Allí la juventud y los vecinos de la honradez y el coraje han dejado al desnudo a un ex miembro de la horda asesina del general Benjamín Menéndez, el de Córdoba, el que bajaba el pulgar después de castigar bárbaramente a los prisioneros y les robaba los recién nacidos a las parturientas. El mayor Francisco Pablo D’Aloia llegó un buen día a Villa La Angostura y fue a ocupar una casa fastuosa en el mejor paisaje. Y por supuesto no fue a trabajar por la cultura o a proteger la naturaleza. No, llegó representando a una empresa poderosa, la Recovery S.A. que se dedica al negocio de la “privatización de los impuestos” que habrá que ver qué secuelas deja de esas que conocemos dentro de los nuevos negocios en los que descollaron patriotas a lo María Julia. El individuo recién aparecido, rodeado de dinero y de amistades entre lo más granado de la pequeña oligarquía regional, fue partícipe necesario en la máquina asesina del III Cuerpo de Ejército y específicamente en el traslado y fusilamiento de Gustavo De Breuil, Arnaldo Toranzo y Miguel Vaca Narvaja. Ha sido participante del levantamiento carapintada, en 1989. Se negó a declarar en el Juicio de la Verdad de Córdoba en el 2000.
Los ciudadanos libres y democráticos de Villa la Angostura piden en un documento que han puesto a la firma en la biblioteca pública del lugar que este militar de los setenta se vaya. No quieren ver en sus calles a alguien que llevó el uniforme en los nefastos años de la tortura y la desaparición. No quieren que con su aliento traiga el olor a cadáver de quienes fueron asesinados en las peores circunstancias. Las aguas del lago ya no tendrían los celestes ni las montañas los blancos puros elevados al paraíso. Váyase, le dicen, a quien perteneció a la banda del despojo y la muerte.
Me maravilló el sentido de comunidad y de humanismo de los angostureños. Allá metidos en la montaña quieren la justicia que los pusilánimes negaron al levantar el brazo en aquella vergonzosa jornada anticivil del voto a las leyes de Obediencia civil y Punto final. Creemos en el triunfo de los libres de Villa La Angostura.
Pero hay otra cosa entre los argentinos que va creciendo cada vez más dando un mentís al prólogo del Nunca más del libro de la Conadep, que estableció oficialmente la teoría de los dos demonios, de manos de un intelectual intocable. Aquel que puso el mismo nivel entre los asesinos y las víctimas. Y que comparó el accionar de quienes buscaban un nuevo país con los que querían seguir con ese régimen de dictaduras militares y políticos obedientes, mientras la República se iba hundiendo poco a poco para dejarnos esta Argentina de hoy, de la desocupación, el hambre y la miseria para sus hijos más explotados y zaheridos.
Por eso me llamó la atención y me llenó de reconocimiento el acto que hizo una escuela de periodismo que entrega “manzanas” a los que se van convirtiendo en verdaderos maestros de la prensa. Pues bien, una de esasmanzanas fue para los periodistas desaparecidos. Algo que los medios tratan de callar salió allí para la discusión y el debate. Coraje civil demostraron los organizadores. Se está abriendo pues la puerta que traiga claridad y seriedad en el trato de ese capítulo de la historia argentina que se intentó cubrir con las cobardías civiles del “de esto no se habla”. Hace poco un diario –por ejemplo– se negó en primera instancia a poner la palabra desaparecido en un aviso fúnebre. Esto nos habla del criterio que reina en gran parte de nuestra sociedad.
Me tocó recibir esa “manzana” para los colegas desaparecidos en nombre de la organización de trabajadores de prensa. En esa oportunidad dije las siguientes palabras, una especie de “prólogo” para la definitiva rehabilitación y reconocimiento hacia esos hombres y mujeres que buscaron una nueva sociedad. Dije así:
“Sus frentes están frías; sus rostros guardan una extrema palidez, pero sus ojos nos miran.
Son los periodistas desaparecidos. Los que fueron nuestros amigos, los que en las redacciones escribían noche y día. Además de la crónica diaria, el manifiesto, el volante, la declaración, la crítica. Querían a la República, volvían a los sueños de Mariano Moreno. Una República de libres e iguales. No dormían por discutir, no querían aceptar un país de militares y mercaderes del lujo y la humillación. Eran hombres y mujeres que andaban solos por las calles con sus sueños y proyectos.
Las redacciones iban mostrando poco a poco sus huecos. Allá el escritorio vacío de Susana, la bella revolucionaria; aquí el de Enrique, el planificador, el rebelde. Iban quedando sólo los recuerdos de aquellos otros días, después de la salida del diario, en el bodegón donde todo eran risas y anécdotas de la vida diaria.
Nos quedaron sus voces, sus ideas, sus discusiones, su increíble valentía de volver al lugar donde los estaban esperando los alcahuetes de civil que los iban a entregar a los verdugos de uniforme.
Clarisa, Rodolfo, el Paco, sus nombres fueron cambiando, ahora seguían la lucha desde sus refugios. Ya no vimos ni sus ojos, ni sus sonrisas, leíamos sus letras de luchadores latinoamericanos. Los mataron los delegados uniformados del poder injusto. Almirantes, brigadieres, generales con sus galones de mucamos. Los alcahuetes de siglos con sus permanentes torturas, cárceles, tiros en la nuca. Los peores y los mejores del género humano. Estos últimos, los primeros en tirar la piedra contra el cristal de la codicia para que entrara el sagrado aire de la libertad y la dignidad. Los uniformados trajeron la muerte y nos dejaron esta muerte actual. Nos dejaron en manos de los políticos corruptos de la Obediencia debida y el Punto final. Obediencia debida, nosotros seguiremos creyendo en la rebeldía debida y llevaremos flores a nuestros héroes de la palabra.
Durante siglos los revolucionarios fueron perseguidos con la crucifixión, el descuartizamiento, la hoguera, la horca, la silla eléctrica, el fusilamiento, la desaparición. Los mercenarios de la represión están vivos entre nosotros, en los balcones de sus casas. Se dice que Suárez Mason no duerme desde hace 5567 días, que Massera juega todas las noches a los dados hasta el amanecer. Tira esos dados sobre la mesa cada vez con más fuerza para apagar los gritos de su conciencia, pero cada vez más los dados al golpear se transforman en ruidos de huesos humanos de los sepulcros construidos por él, y Videla elige el pasillo por el cual repite un millón y medio de veces por día: ‘no están ni vivos ni muertos, están desaparecidos’.
Cuando visitamos redacciones estamos orgullosos, allí lucharon los periodistas libres y soñadores. Nuestros compañeros, nuestros amigos para siempre, nuestros ejemplos vivos. Jóvenes plenos, libres, nuestros héroes rebeldes. Los amamos cada vez más. Los admiramos cada vez más. Gracias,queridos compañeros. Muy pronto, vuestros hermosos rostros estarán en cuadros en las redacciones de una República justa.”
Obediencia debida, no; sólo rebeldía debida.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-9559-2002-08-31.html
Por Sandra Russo
Si se pudiera jugar al sapo tratando de embocar la moneda dentro de la boca de Adolfo Rodríguez Saá, los jugadores tendrían altas posibilidades de embocarla. La sonrisa es enorme. Con esa sonrisa innegablemente seductora el hombre va remontando lo que parecía irremontable, y las encuestas reportan día a día lo bien que aceita su estrategia electoral, juntando a Aldo Rico con Hugo Moyano, coqueteando con Raúl Castells, recolectando bichos y mariposas dentro de una misma canasta. La suya.
Allá lejos, en enero, con los treinta muertos de diciembre todavía frescos en la memoria y el rugir cacerolero envalentonando a decenas de miles de personas, el escozor popular no toleró el nombre de Carlos Grosso como flamante funcionario de Rodríguez Saá: fue el propio Grosso el que se prendió fuego con su soberbia, al afirmar que el nuevo presidente había privilegiado “su inteligencia por sobre su prontuario”. Quizá hayan sido los treinta muertos frescos, quizá haya sido un ataque general de sentido común ante la exposición de esa locura asesina del Estado, pero en enero no estábamos para escuchar hablar de prontuarios. Exigíamos limpieza.
Aquel remoto país que era este mismo país en enero pareció demostrar, con la piel colectiva erizada ante la designación de un funcionario de pasado altamente viscoso, que el estallido de diciembre había sido el resultado de varios hartazgos juntos. La frutilla del postre probablemente haya sido el corralito, pero la airada reacción popular ante la designación de Grosso también indicó que había un reclamo ético bien claro, bien preciso, bien audible. Aquel ataque de sentido común pareció desenmascarar una falacia que sería bueno recordar ahora, porque la gente se agota, se confunde, se desespera y olvida. La falacia es aquélla según la cual es posible confiar en los que “roban pero hacen”. En los que tienen “prontuario” pero también tienen “inteligencia”. En los que no pueden explicar su patrimonio personal pero sí pueden explicar la manera de salir de este desastre. Aquella reacción popular veraniega, aquella indignación, demostró que la gente por fin había entendido que los que roban nunca hacen: apenas entretienen para que nadie se dé cuenta de que roban.
El reclamo ético, la demanda de limpieza y transparencia no sólo para exhibir el propio bolsillo sino también para pensar, actuar y comunicar pensamientos y acciones, no es, como muchos pretenden hacer ver, un purismo hinchapelotas cuyo destino es obstaculizar el camino de los que prometen nuevos milagros de los Andes. El reclamo ético es un reclamo de supervivencia.
Los argentinos tenemos un asombroso, escalofriante poder de negación. Hemos negado crímenes horrorosos. Hemos negado chanchullos evidentes. Hemos negado pactos vergonzantes. La negación le permite a todo el mundo mantener el equilibrio cuando existe una amenaza. El perro puede estar a punto de mordernos pero nos sentimos mejor si hacemos de cuenta que no lo vemos. Pero colectivamente, una vez que ya hemos sido mordidos veinte veces por los mismos perros, es necesario cruzar la calle, ponerles bozal, cambiar de camino, llamar a la perrera, hacer algo con el perro pero sobre todo hacer algo con nosotros.
Esta vez nadie podrá decir que no estaba avisado. La indignante realidad argentina ya no permite negar. Del robo, de la transa, de la rosca, de la interna, de la burda viveza criolla que a veces se confunde con “experiencia política” brotará más de lo mismo, más de esto, más mugre, más engaño. Es cierto que de esta tragedia nacional algunos son más responsables que otros, pero también es cierto que hoy cada uno debe hacerse responsable de su credulidad.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-9413-2002-08-28.html
Por Eduardo Galeano
¿Quién se queda con el agua? El mono que tiene el garrote. El mono desarmado muere de sed. Esta lección de la prehistoria abre la película 2001, Odisea del espacio. Para la odisea 2003, el presidente Bush anuncia un presupuesto militar de mil millones de dólares por día. La industria armamentista es la única inversión digna de confianza: hay argumentos que son irrebatibles, en la próxima Cumbre de la Tierra en Johannesburgo o en cualquier otra conferencia internacional.
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Las potencias dueñas del planeta razonan bombardeando. Ellas son el poder, un poder genéticamente modificado, un gigantesco Frankenpower que humilla a la naturaleza: ejerce la libertad de convertir el aire en mugre y el derecho de dejar a la humanidad sin casa; llama errores a sus horrores, aplasta a quien se pone en su camino, es sordo a las alarmas y rompe lo que toca.
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Se alza la mar, y las tierras bajitas quedan por siempre sepultadas bajo las aguas. Esto parece una metáfora sobre el desarrollo económico en el mundo tal cual es, pero no: se trata de una fotografía del mundo tal cual será, en un futuro no tan lejano, según las previsiones de los científicos consultados por las Naciones Unidas.
Durante más de dos décadas, las profecías de los ecologistas merecieron burla o silencio. Ahora, los científicos les dan la razón. Y el 3 de junio de este año, hasta el propio presidente Bush no tuvo más remedio que admitir, por primera vez, que ocurrirán desastres si el recalentamiento global continúa dañando el planeta. El Vaticano reconoce que Galileo no estaba equivocado, comentó el periodista Bill McKibben. Pero nadie es perfecto: al mismo tiempo, Bush anunció que los Estados Unidos aumentarán en un 43 por ciento, en los próximos dieciocho años, la emisión de los gases que intoxican la atmósfera. Al fin y al cabo, él preside un país de máquinas que ruedan comiendo petróleo y vomitando veneno: más de doscientos millones de automóviles, y menos mal que los bebés no manejan. A fines del año pasado, en un discurso, Bush exhortó a la solidaridad, y fue capaz de definirla: “Deja que tus niños laven el auto del vecino”.
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La política energética del país líder del mundo está dictada por los negocios terrenales, que dicen obedecer al alto cielo. Trasmitía mensajes divinos la finada empresa Enron, fallecida por estafa, que fue la principal asesora del gobierno y la principal financista de las campañas de Bush y de la mayoría de los senadores. El gran jefe de Enron, Kenneth Lay, solía decir: “Creo en Dios y creo en el mercado”. Y el mandamás anterior tenía un lema parecido: “Nosotros estamos del lado de los ángeles”.
Los Estados Unidos practican el terrorismo ambiental sin el menor remordimiento, como si el Señor les hubiera otorgado un certificado de impunidad porque han dejado de fumar.
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“La naturaleza está ya muy cansada”, escribió el fraile español Luis Alfonso de Carvallo. Fue en 1695. Si nos viera ahora.
Una gran parte del mapa de España se está quedando sin tierra. La tierra se va; y más temprano que tarde, entrará la arena por las rendijas de las ventanas. De los bosques mediterráneos, queda en pie un quince por ciento. Hace un siglo, los bosques cubrían la mitad de Etiopía, que hoy es un vasto desierto. La Amazonia brasileña ha perdido florestas del tamaño del mapa de Francia. En América Central, a este paso, pronto se contarán los árboles como el calvo cuenta sus pelos.
La erosión expulsa a los campesinos de México, que se marchan del campo o del país. Cuanto más se degrada la tierra en el mundo, más fertilizantesy pesticidas hay que usar. Según la Organización Mundial de la Salud, estas ayudas químicas matan tres millones de agricultores por año.
Como las lenguas humanas y las humanas culturas, van muriendo las plantas y los animales. Las especies desaparecen a un ritmo de tres por hora, según el biólogo Edward O. Wilson. Y no sólo por la deforestación y la contaminación: la producción en gran escala, la agricultura de exportación y la uniformización del consumo están aniquilando la diversidad. Cuesta creer que hace apenas un siglo había en el mundo más de quinientas variedades de lechuga y 287 tipos de zanahoria. Y 220 variedades de papa, sólo en Bolivia.
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Se pelan los bosques, la tierra se hace desierto, se envenenan los ríos, se derriten los hielos de los polos y las nieves de las altas cumbres. En muchos lugares la lluvia ha dejado de llover, y en muchos llueve como si se partiera el cielo. El clima del mundo está para el manicomio.
Las inundaciones y las sequías, los ciclones y los incendios incontrolables son cada vez menos naturales, aunque los medios insisten, contra toda evidencia, en llamarlos así. Y parece un chiste de humor negro que las Naciones Unidas hayan llamado a los años noventa Década Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales. ¿Reducción? Esa fue la década más desastrosa. Hubo ochenta y seis catástrofes, que dejaron cinco veces más muertos que los muchos muertos de las guerras en ese período. Casi todos, el 96 por ciento para ser precisos, murieron en los países pobres, que los expertos insisten en llamar “países en vías de desarrollo”.
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Con devoción y entusiasmo, el sur del mundo copia, y multiplica, las peores costumbres del norte. Y del norte no recibe las virtudes, sino lo peor: hace suya la religión norteamericana del automóvil y su desprecio por el transporte público, y toda la mitología de la libertad de mercado y la sociedad de consumo. Y el sur también recibe, con los brazos abiertos, las fábricas más cochinas, las más enemigas de la naturaleza, a cambio de salarios que dan nostalgia de la esclavitud.
Sin embargo, cada habitante del norte consume, en promedio, diez veces más petróleo, gas y carbón; y en el sur sólo una de cada cien personas tiene auto propio. Gula y ayuno del menú ambiental: el 75 por ciento de la contaminación del mundo proviene del 25 por ciento de la población. Y en esa minoría no figuran, bueno fuera, los mil doscientos millones que viven sin agua potable, ni los mil cien millones que cada noche se van a dormir sin nada en la barriga. No es “la humanidad” la responsable de la devoración de los recursos naturales, ni de la pudrición del aire, la tierra y el agua.
El poder se alza de hombros: cuando este planeta deje de ser rentable, me mudo a otro.
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La belleza es bella si se puede vender y la justicia es justa si se puede comprar. El planeta está siendo asesinado por los modelos de vida, como nos paralizan las máquinas inventadas para acelerar el movimiento y nos aíslan las ciudades nacidas para el encuentro.
Las palabras pierden sentido, mientras pierden su color la mar verde y el cielo azul, que habían sido pintados por gentileza de las algas que echaron oxígeno durante tres mil millones de años.
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Esas lucecitas de la noche, ¿nos están espiando? Las estrellas tiemblan de estupor y de miedo. Ellas no consiguen entender cómo sigue dando vueltas, todavía vivo, este mundo nuestro, tan fervorosamente dedicado a su propia aniquilación. Y se estremecen de susto, porque han visto que ya este mundo anda invadiendo otros astros del cielo.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-9294-2002-08-25.html
Por Sandra Russo
“No podemos pasarnos los próximos cuarenta años hablando de los cuarenta que pasaron”, decía, primaveral, un inolvidable y ligeramente insoportable José Sacristán en aquella película, Solos en la madrugada, que aquí se vio ritualmente cuando todavía no teníamos estética democrática y bebíamos gota a gota cada licuado que en esa materia nos llegaba desde España. Es que en España, en los 80, tampoco tenían estética moderna, estaban a más de un siglo mental de convertirse en europeos y en vanguardistas. Los primeros vientos postfranquistas soplaron como un refrito atosigado de lo que durante décadas no había podido soplar. Era un momento de largos parlamentos, de moralejas, de mensaje. Después de tanto silencio y tanto cura dándole forma al mundo, qué más daban, qué más se podía pedir que aquellas películas aleccionadoras, atravesadas por su ideología, psicobolches, uf, zurditas, llenas de antropólogas y periodistas, de separados, de madres solteras, de alcohólicos, de gente sin un duro pero con ideales.
Después los ideales pasaron de moda, España entró en Europa, Sacristán envejeció, ya habían dado por cuarta vez Los gozos y las sombras y las copias eran malas, Galicia se puso top, Barcelona ni hablar, acá Alfonsín pasó con más pena que gloria, vino Menem, comimos tofu o sushi según nuestras respectivas procedencias, los pulóveres peruanos se hicieron insostenibles, el mundo nos llegaba por delivery o por la web, comprarse un cartucho de impresora no era drama, y de pronto, ciertos temas que incluso la gente más a tono con la época en la Argentina siempre supo respetar y calibrar, como por ejemplo el terrorismo de Estado, empezaron a sonar levemente extemporáneos.
“¿Vos trabajás en Página/12?”, me preguntó hace algo menos de un año un diseñador. Asentí. “¿Por qué no se modernizan?”, siguió él, y agregó: “Esas fotos, siempre esas fotos, deprimen con esas fotos, te amargan de entrada”. Se refería a los recordatorios. A las fotos y los textos con los que cada día los familiares y amigos recuerdan a quienes desaparecieron hace más de veinticinco años. A las víctimas del terrorismo de Estado. “Está bien recordar, pero en algún momento hay que empezar a dar vuelta la página”, dijo él. Y yo me acordé de José Sacristán diciendo “no podemos pasarnos los próximos cuarenta años hablando de los cuarenta que pasaron”, y me pregunté lo más honestamente posible si esa frase, que en la película significaba la expectativa de futuro, el hartazgo del monotema del franquismo, la posibilidad de pensarse a sí mismo como otra cosa que aquel a quien alguien o algo le pudrió la vida, era aplicable ya en este país. Y entonces, pocos meses antes de que estallara el cacelorazo, me contesté que no. Que los recordatorios seguían siendo necesarios. Que a pesar del delivery y de la web no somos holandeses, ni siquiera españoles, sino éstos, todavía amigos o hijos o padres o vecinos de esos chicos y chicas que desde el blanco y negro de sus fotos carnet ya ajadas no tienen derecho a negarles el mínimo gesto del recuerdo.
Para ese entonces, quiso la casualidad que una de las revistas culturales catalanas más exquisitas, la B-Guided, dedicara una extensa nota a los recordatorios de este diario. En el útero del mundo del arte conceptual, me enteré entonces, se libraba, a partir del tema del Holocausto, una discusión sobre la vigencia o no de “los monumentos”. Y había quien sostenía que hoy el concepto de monumento ya no sirve y que, en cambio, era necesario hacerlo funcionar como algo vivo, algo así como un aviso en un diario. Descubrieron, a través de la revista Ramona, que eso ya lo hacía desde hace quince años Página/12, con los recordatorios dedicados a los desaparecidos de la última dictadura militar. Y hablaron de esos recordatorios no ya como un acto ético y político, sino como un hecho de arte conceptual. Hoy, martes 20 de agosto, veo que junto a los recordatorios habituales se repite el de Miguel Bru, desaparecido en el ‘93. Y en la cabeza se me mezcla su cara con las de Missing Children, esas otras fotos de chicos aparentemente fugados de sus casas que ahora, a la luz del estiércol bonaerense desparramado después del asesinato de Diego Peralta, tal vez sean las fotos de algunos chicos fusilados por escuadrones de la muerte. Y creo hoy, como hace un año, que es extremadamente equívoco y peligroso hartarse de tener memoria, o dar vuelta algunas páginas del pasado, porque el pasado sigue al acecho. Seguimos necesitando recordar.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-9128-2002-08-21.html
Por Osvaldo Bayer
Bueno, basta ya de hablar de crímenes, de policías corruptos, de gendarmes coimeros y de cuentas en Suiza. Eso sólo no es la Argentina, diría algún desesperado. No, decimos, hay otra Argentina que encontramos todos los días en ventanillas y mostradores. La Argentina burocrática. Donde se nos hace cumplir estrictamente la ley y a escribir, si es necesario, diez veces, los formularios respectivos. Todo en su orden y armoniosamente. Lo hemos aprendido bien. El buen ciudadano, que no tiene los papeles en orden, será un habitante del infierno. Falta la firma. Se envió a la división Legales. No está en término, son respuestas que solimos oír cuando formamos largas colas. El caso de Luciana Feliciani y su hijo, Carlos Martín, de 12 años, es patético. Ella es argentina, pero su hijo es uruguayo. Y ahí empiezan los problemas. Claro, aquello de que San Martín hablaba de la patria latinoamericana, sí, está muy bien para una fiesta escolar, pero no para la ventanilla de documentación de Migraciones. Para estudiar, en la Argentina, país serio y de futuro, se necesita el DNI. Sin DNI, nada; con DNI, todo. El chico quiere estudiar en la antigua escuela normal de Belgrano. Pero al ir a inscribirse se oyó un rotundo no. Hijo de argentina, sí, pero uruguayo. Fue a la escuela Raggio, y recibió la misma negativa: con DNI, todo; sin DNI, nada. Aunque lo pida San Martín personalmente. ¿Pero cómo, acaso a Ibrahim Al Ibrahim no le dieron directamente pasaporte argentino y lo nombraron asesor de la Aduana sin que supiera castellano? Ante estas preguntas hubo respuestas argentinas: “Ah, bueno, pero en ese caso la orden vino de arriba”. O: “Ah, bueno, pero lo que ocurre es que Ibrahim es sirio”. Aquí paremos y miremos a San Martín y sus ideales...
Pero partamos del principio. Luciana Feliciani es una mujer de trabajo, de todo trabajo, desde tareas domésticas por hora hasta cuidado de ancianos, es una máquina de realizar tareas, hasta ha trabajado en obras de construcción. Lo que gana apenas si le alcanza. Pues bien. Ella y su hijo Carlos Martín Cánepa, de 12 años, llegan desde Uruguay a Buenos Aires. El chico tiene permiso del padre para quedarse en la Argentina. El pibe cursa séptimo grado. Mientras tanto saca el certificado de residencia (el papel dice “precaria”) por el cual la madre paga 200 pesos (solidaridad latinoamericana), 45 pesos por la revisación médica y 10 pesos por la foto. Todo lo ganado en un mes por la madre. Primero se paga, después se pregunta. Cuando el chico quiere anotarse en la secundaria le dicen: no, un no con muchas o. El asunto es que debe presentar el DNI, y para el DNI debe tener la residencia definitiva. Pero ésta no la puede obtener hasta por lo menos dentro de un año, pero sí debe presentarse cada tres meses para prorrogar la “residencia precaria”. Es decir, que va a perder el año y ni siquiera le van a dar el certificado de estudios hasta séptimo grado. Pero cómo, che, en este país tan lindo, donde a Ibrahim sólo le bastó una recomendación de arriba... Sí, che, pero el pibe Martín, oriental, hijo de Artigas, debe cumplir estrictamente con la ley porque es pobre. Y si no puede estudiar, que vaya a trabajar... De cartonero. Pero ojo, que para eso necesita permiso, siendo uruguayo. (Qué hermoso sería que los docentes y los alumnos del normal de Belgrano o de la Escuelas Raggio se unieran y le hicieran un camino tomados de los brazos, para que el uruguayito Martín pueda estudiar a pesar de la burocracia egoísta y grosera. Y que le canten: “Vení, uruguayito, que contra el saber no hay certificado que valga”. Entonces sí que aquel liberador llamado Artigas sonreiría en el cielo de la Libertad.)
Pero no debemos ser injustos. En estos días, el Gobierno se preocupó de los niños. Por ejemplo hasta de ellos se habló precisamente con los militares. A uno lo deja estupefacto la foto de Duhalde en Córdoba rodeado por gordos y sonrosados comandantes de la Aeronáutica, entre ellos el jefe de la Fuerza Aérea, Walter Barbero. Se habló de todo lo que conocemos y nunca existió: heroísmo, patriotismo, sacrificio, gloria eterna. Hasta del “futuro” de la Patria: los niños. Sonriente, el ministro de Defensa, el radical Jaunarena, se inclinaba hacia los uniformados y llevaba un sobretodo parecido al que llevan los suboficiales. Nos parece que era justo el momento en que Duhalde les hubiera dado la misión a los rozagantes oficiales argentinos que desde ahora van a tener un solo deber: buscar a los niños secuestrados durante la dictadura con la que ellos tanto colaboraron –recuérdese el campo de concentración Mansión Seré, para más datos, lugar del horror y la cobardía– tiene que ser para ellos un deber insustituible: tratar de reparar lo que las tres fuerzas hicieron. Si lo rechazan es tal vez por consejo de Jaunarena o por un uniformado terror a la verdadera justicia.
Lo mismo decimos de la visita del general Brinzoni y el almirante Stella a Duhalde donde le exigieron que se terminara con los juicios a los militares por la desaparición de personas. En vista a la acusación contra Galtieri, autor del bestial asesinado de los dos ciegos de Rosario y del robo de su casa y pertenencias. Duhalde también tiene la solución en las manos: ordenarles a Brinzoni y a Stella que desde ahora su única misión debe ser la localización de los desaparecidos, de todos, sin excepción ya que ellos y su organizaciones fueron los culpables de tal latrocinio. ¿Qué esperan los gobernantes argentinos para dar esa orden?
Quien vaya a visitar las ruinas del campo de concentración Club Atlético se va a dar cuenta de la bajeza, de la cobardía y de la brutalidad de los cerebros uniformados para con los prisioneros. Los calabozos, las salas de tortura, el aspecto dantesco de las paredes y el ambiente. ¿Cuándo los gobiernos argentinos van a dar la orden de la obligatoriedad de las visitas por miembros de las Fuerzas Armadas de esos espectrales lugares de la maldad y la ferocidad? Muy bien al equipo de la Ciudad de Buenos Aires que está haciendo el trabajo de relevar lugar por lugar ese antro de la crueldad militar. Con una minuciosidad científica y con un deber lleno de dolor, vimos a las jóvenes mujeres y hombres reconstruir ese pasado que nos avergüenza. Ese es verdadero trabajo para nuestra historia y para dar las huellas de un futuro sin crimen ni autoritarismos demenciales.
Uruguayito Martín, de madre argentina, que quieres estudiar en una Argentina de frutos generosos: también hay argentinos nobles que te van a abrir el camino a las escuelas del saber, a pesar de las ratas y los burócratas. Sí, hay argentinos nobles como esos estudiosos que están reviviendo el trágico pasado nuestro, clasificando piedras y correajes abandonados de milicos, en los que fueron sus trágicos campos de concentración.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-9013-2002-08-18.html
Por Sandra Russo
¿Cuál es la diferencia entre una naturaleza muerta y un plato de frutas frescas? Los argentinos estamos en el momento justo de aprenderla. Cada día dos dimensiones de la realidad chocan entre ellas, a cada instante esas dos dimensiones libran su batalla para imponerse la una sobre la otra. De este proceso saldrá una nueva larva pegajosa o el inédito bichito de luz que imaginan millones, pero el camino está plagado de confusiones, de desatinos, de lacra vieja que se presenta como debutante.
Ahora a todo el mundo se le ha dado por “discutir ideas”. Vaya latiguillo en un país en el que las ideas no se mataban pero la gente, cómo no. Dígame dónde y a cuántos. ¿Cómo quiere matarlos? ¿De un tiro en un asalto? ¿Fusilados en una fuga? ¿Torturados en una comisaría? ¿De hambre? ¿De tristeza? ¿En un atentado nunca esclarecido? ¿En la explosión de una fábrica de armamentos? ¿Suicidados?
Ahora todos acaban de nacer de un huevo, y recién nacidos como están, inocentes, sinceros, limpitos, con el corazón en la mano dicen que quieren discutir ideas. La carrera electoral los ha envalentonado, y es que conocen el paño. Total la gente se olvida, la gente se cansa de estar escrachando políticos, puteando a los gerentes de los bancos, haciendo ruido con llaves de casas que van a ser rematadas, la gente se pudre y se conforma, les prometés cien mil puestos de trabajo o una revolución productiva y los tenés comiéndote de la mano.
Peluquines, sonrisas con todos los dientes, palos de golf, denuncias al voleo, liftings estridentes (Cavallo otra vez, Manzano otra vez, Nosiglia debe andar cerca), palabras, palabras: hagan la cuenta de cuántas veces cada candidato o precandidato dice ideas, proyecto, negociación, recursos, integración, inclusión, puestos de trabajo, consenso, renovación, reconstrucción, refundación, y siguen, siguen, siguen como si la tragedia no los rozara, como si ellos hubiesen permanecido empollando la nueva Argentina mientras la vieja se hundía.
Y la gente, es cierto, se pudre de andar recordándoles a ellos que no tienen vergüenza. La gente está agotada y está ocupada en otra cosa. Como pudo leerse en este diario el domingo pasado, hay miles de personas ocupándose de otros, adoptando a los otros, dándoles de comer en comedores surgidos de asambleas o de grupos de vecinos aislados que decidieron dejar de aislarse.
Hay gente que junto con la basura saca a la puerta de su casa huevos duros, para que esa noche, al menos alguien se quede de este lado y no se fugue al abismo de la desnutrición. Hay gente que cede, a la salida del supermercado, alguna de sus bolsas de alimentos para los hambrientos que están esperando. Hay gente que compra ramos de fresias a un peso y ya no sabe qué hacer con tantas fresias, pero las acepta para que la moneda que da no sea limosna sino una transacción lo más normal posible, algo que mantenga al que vende las fresias en un estado parecido a un trabajo de vendedor de fresias. Hay gente que inventa necesidades para que otro las cubra: Verónica está pintando su casa para darle trabajo al pintor; Alberto compra comida hecha para darle trabajo a una vecina; Marta podría y debería, dado su presupuesto, limpiar su casa, pero se niega a sumergir en el desempleo a la señora que trabaja con ella desde hace doce años. Ninguno de estos gestos es caritativo en el sentido-té-canasta. Cada uno de estos gestos son de supervivencia, de resistencia, de mayoría de edad. Cada una de estas personas hace lo que hace por el bien del otro, pero también por su propio bien. No es simple pureza de conciencia ni cielo ganado lo que subyace en estos gestos: es tierra firme, red.
Mientras los viejos y absurdos dirigentes pintan sus naturalezas muertas creyendo representar la fruta fresca, no representan nada. En las veredas la gente no se pregunta cuál es la diferencia. Está a la vista, y es una diferencia obscena.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-8868-2002-08-14.html
Por Jack Fuchs
El 12 de agosto de 1952, hace medio siglo, Salomón Lozovskii, David Berguelson, Itzik Fefer, Peretz Markish, Leib Kvitko, Shmuel Presov, David Hofshtein, Eliahu Spivak, Itzjak Nusinov y Benjamín Zushkin, entre otros, fueron fusilados en secreto en los sótanos de la cárcel de Lubyanka en Moscú. Fue después de una prolongada investigación inquisitorial que no evitó torturas ni martirio para estos intelectuales judíos.
Todos fueron acusados de conspiración, traición y hostilidad hacia el Partido Comunista y la URSS, en un simulacro de juicio que fue mantenido en secreto. El proceso, conocido como el “Asunto de Crimea”, formó parte de la campaña stalinista contra los “cosmopolitas sin patria” –es decir el pogrom de Stalin contra la cultura judía– que llevó a la expulsión, el destierro o el arresto de millares de intelectuales judíos, campaña cuyo inicio se ubica en 1948, con el asesinato disfrazado de accidente de Shlomo Mijoels.
Algunos de estos intelectuales, integrantes del Comité Judío Antifascista, habían viajado en 1942 a Inglaterra, Canadá, Estados Unidos y México, donde lograron el apoyo de la población y reunieron sumas importantes para asistir a la URSS en su lucha contra el nazismo. Varios habían sido condecorados por el mismo Stalin. Todos habían demostrado inquebrantable lealtad a la causa soviética. ¿Por qué fueron detenidos, torturados y ajusticiados tan cruelmente? Por ser judíos, por el odio insuperable que Stalin guardaba al judaísmo.
Seis meses después, el azar de su muerte frenó otro juicio tramado contra un grupo de médicos judíos, acusados de conspirar contra su vida. En 1956, los intelectuales judíos asesinados fueron rehabilitados, pero sin desagravio de su memoria: no hay monumento que los recuerde ni calle que perpetúe su nombre. Hasta el día de hoy se desconoce el lugar de la sepultura donde sus nietos podrían poner una flor.
Esta historia constituye una memoria incómoda para quienes han querido negar esta realidad. Literalmente no saben qué hacer con esto, no pueden tolerar la idea de que el mismo que llevó una lucha sin cuartel contra el nazismo, instrumentó tal política de odio antijudío. Los grandes humanistas, los pensadores comprometidos, no dijeron nada no sólo durante los juicios sino luego, con el “programa de desestalinización” cuando todo salió a la luz. Quizás pecaron de indiferencia. Quizás de ingenuidad, la de no reconocer la crueldad del hombre para con el hombre, aun en la supuestamente más humana de las ideologías.
Después de cincuenta años, la noticia pasa desapercibida entre tantas atrocidades de nuestro siglo.
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Por Eduardo Galeano
¿Somos tan conmovedores? El presidente Bush se ha conmovido con el drama del Uruguay, aunque no hay ningún indicio de que él pueda ubicar a nuestro país en el mapa. ¿Será que le tocó el corazón la abnegación de nuestro presidente, ese buen hombre siempre listo para servir en la primera línea de fuego contra Cuba, Argentina, o lo que gusten mandar? Quién sabe. El hecho es que Bush dijo: “Hay que echar una mano”. Y a continuación dijeron exactamente lo mismo los organismos internacionales de crédito, que cumplen la noble función del papagayo en el hombro del pirata.
Entonces se reunieron, a contra reloj, nuestros legisladores. Y por mayoría, una mayoría sorda a cualquier discusión, votaron en un santiamén la ley que dispara el tiro de gracia a la banca pública. La ley estaba bien fundamentada: o aprueban esto o la plata no llega.
Y se torcieron los pescuezos buscando al avión que venía del cielo. Los dólares no viajaron en avión, pero llegaron: “Mil quinientos millones de dolores”, dijo el embajador de los Estados Unidos, que no habla una palabra de español. El error confesó la verdad.
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En la cuna, los países latinoamericanos nacieron a la vida independiente hipotecados por la banca británica.
Dos siglos después, un taxista de Montevideo me comenta: “Dicen que Dios proveerá. Se creen que Dios dirige el Fondo Monetario”.
Con el tiempo, hemos ido cambiando de acreedores. Y ahora debemos mucho más. Cuanto más pagamos, más debemos; y cuanto más debemos, menos decidimos. Secuestrados por la banca extranjera, ya no podemos ni respirar sin permiso. Los latinoamericanos vivimos para pagar los llamados “servicios de deuda”, al servicio de una deuda que se multiplica como coneja. La deuda crece en cuatro dólares por cada nuevo dólar que recibimos, pero celebramos cada nuevo dólar como si fuera milagro. Y como si la soga, destinada a apretar el pescuezo, pudiera servir para alzarnos desde el fondo del pozo.
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Desde hace unos cuantos años, el Uruguay está dedicado a dejar de ser un país para convertirse en un banco con playas. Y los Estados Unidos acaban de confirmarnos, por boca del embajador, esa función y ese destino. Así nos va. ¿Un país de servicios, o un país que renuncia a ser país para entrar por la puerta de servicio al mundo globalizado? Linda manera de integrarnos al mercado, que nos integra desintegrándonos. Los bancos se funden, mientras los banqueros se enriquecen. El gobierno, gobernado, simula que gobierna. Fábricas cerradas, campos vacíos: producimos mendigos y policías. Y emigrantes. Hace cola toda la noche, en la calle, en pleno invierno, el gentío que busca pasaporte. Los jóvenes desandan, hacia España, hacia Italia, hacia donde sea, el camino que sus abuelos hicieron al revés.
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El ahorro es la base de la fortuna de los banqueros que lo usurpan. Este cine continuado ofrece, desde hace años, la misma película: bancos vaciados por sus dueños, pasivos incobrables que se descargan sobre la sociedad entera. Amparados por el secreto bancario, los magos de las finanzas desaparecen el dinero como la dictadura militar desaparecía a las personas. Su exitosa faena deja un tendal de ahorristas estafados y de empleados en la incertidumbre, y una deuda pública que cobra a todos el fraude de pocos.
La banca privada, que ha merecido tantos salvatajes millonarios, presta dinero a quienes lo tienen y no a quienes lo necesitan, y está cada vez más divorciada de la producción y del trabajo, o de la poca producción y el poco trabajo que todavía nos quedan. Pero esta plaza financiera extraterrestre acaba de ser recompensada por la nueva ley que hiere de muerte a la banca del estado.
Si seguimos así, nada tendrá de raro que, más temprano que tarde, las empresas públicas terminen siendo nuestra única moneda de pago ante los vencimientos de la impagable deuda externa. Será algo así como una ejecución del estado, fusilado por los acreedores. Y poco importará, entonces, la voluntad popular, que hace diez años se expresó contra las privatizaciones, en un plebiscito, por más del setenta por ciento de los votos.
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¿Más Estado, menos Estado, casi ningún Estado? ¿Un estado reducido a las funciones de vigilancia y castigo? ¿Castigo de quiénes?
La dictadura financiera internacional obliga al desmantelamiento del Estado, pero sólo la omisión de los controles públicos puede explicar la escandalosa impunidad con que han sido desvalijados algunos bancos del Uruguay. “Los controladores no son adivinos”, justificó un diputado oficialista. El último de los responsables de esa tarea incumplida es un primo del presidente de la república.
Pero más elocuente resulta la caída en cascada de unas cuantas empresas gigantes en los Estados Unidos. Al fin y al cabo, ocurre en el país que impone a los demás la llamada “desregulación”, o sea: la obligación de hacer la vista gorda ante los tejes y manejes del mundo de los negocios. Acaban de ocurrir, allí, las mayores bancarrotas de la historia, confirmando que la tal “desregulación” deja las manos libres para mentir y robar en escala descomunal. Enron, WorldCom y otras corporaciones pudieron realizar con toda facilidad sus estafas colosales, haciendo pasar pérdidas por ganancias y cometiendo errorcitos contables por miles de millones de dólares.
Me parecen peligrosas las medidas que ahora anuncia el presidente Bush contra los ejecutivos tramposos y sus cómplices. Si de veras las aplicara, y con retroactividad, podrían caer presos él y casi todo su gabinete.
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¿Hasta cuándo los países latinoamericanos seguiremos aceptando las órdenes del mercado como si fueran una fatalidad del destino? ¿Hasta cuándo seguiremos implorando limosnas, a los codazos, en la cola de los suplicantes? ¿Hasta cuándo seguirá cada país apostando al sálvese quien pueda? ¿Cuándo terminaremos de convencernos de que la indignidad no paga? ¿Por qué no formamos un frente común para defender nuestros precios, si de sobra sabemos que se nos divide para reinar? ¿Por qué no hacemos frente, juntos, a la deuda usurera? ¿Qué poder tendría la soga si no encontrara pescuezo?
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Por Sandra Russo
El sábado alquilamos Annie Hall. La miramos entera sin reírnos ni una vez. Era extraño. La recordábamos como una comedia, pero la volvimos a ver, pasados más de veinte años, como una película casi melancólica que básicamente hablaba del fin del amor. Los mohínes hipernaturales de Diane Keaton, su vestuario extravagante, el paseo por la neurosis de un Woody Allen todavía con pelo habían permanecido atesorados en la memoria, y en cierto modo lamentamos haberla visto de nuevo. Era mejor recordarla con el plus que siempre los recuerdos les agregan a las cosas que alguna vez nos fascinaron.
Annie Hall fue una de las primeras perlas norteamericanas que nos encandilaron después de haber aborrecido, necesariamente y durante largos años, todo lo que venía de Estados Unidos. Pero no se podía ser tan necio. Ante algunas evidencias del genio norteamericano había que rendirse, y Annie Hall fue en su momento una de esas evidencias.
Por aquella época, la época de nuestro propio esplendor en la hierba, los jóvenes se dividían, como ahora y siempre, en bandas con códigos de pertenencia y de diferencia. Nosotros éramos los hermanos menores de los militantes de los `70, los que mientras ellos hablaban de cosas importantes en la pieza del fondo, nos íbamos a la pieza de más al fondo a escuchar música progresiva y a leer al Conde de Lautréamont. Para ellos éramos unos cabezas huecas que no se mostraban demasiado inclinados a cambiar el mundo. Estábamos más propensos a cambiar nuestra percepción del mundo con hongos mexicanos y algunas tímidas sustancias ilegales.
Pero las cosas pasaron como pasaron y eso fue incontestable. Los hermanos mayores empezaron a desaparecer. Cambiamos El lobo estepario por Para leer al Pato Donald. Hubo mucho, mucho olor a muerte, y maduramos de golpe. Literalmente, de golpe. Mientras otras bandas de jóvenes, los Rebelde Way de aquella década, bailaban con “Fiebre de sábado por la noche”, íbamos al cine Arte a ver cine polaco. Y ya mirábamos mal a los que llevaban puestas remeras con la bandera norteamericana. No hacía falta demasiada astucia para advertir que la CIA había estado y estaba detrás de los sucesivos gobiernos militares que uno tras otro fueron aniquilando a los hermanos mayores en casi todos los países del patio trasero.
Nosotros, que habíamos leído con fruición deleitada las largas estrofas del “Canto a mí mismo” de Whitman, debimos darnos por enterados de que aquella enorme nación a la que Whitman le había cantado con el pretexto poético de la primera personal del singular, había degenerado en una máquina insaciable de avidez, en una fuente inescrupulosa de crímenes fronteras afuera, en una exportadora aberrante de doctrinas asesinas. Sin habérnoslo propuesto, casi a la fuerza, quedamos convertidos, nosotros, los cabezas huecas, en el enemigo interno. Nos defendimos de diversas maneras. Una de ellas fue el odio larvado, creciente y visceral por “lo norteamericano”, tantas veces enunciado como “lo americano”, dándonos en esa enunciación por deglutidos, por ignorados, por asimilados, por hechos, por vencidos.
Pero un día, con el correr de los años, la CIA dejó de estar en nuestras mentes como una amenaza y empezó a ser apenas una parte argumental de “Los Expedientes X”. Ya teníamos un montón de amigos viviendo en Nueva York, la gente viajaba a Miami y volvía a usar remeras con la bandera norteamericana. Cada año veíamos las películas de Woody Allen y hasta creíamos amar a la distancia a aquel Manhattan olfateado como el centro innegable de un mundo del que nos sentíamos parte.
Claro que Estados Unidos no es sólo su gobierno, pero indignados como nos indignamos con nuestros propios gobiernos cuando condenan a Cuba ante la ONU, nos preguntamos cómo se sentirá la gente honrada, la buena gente, la gente querible norteamericana cuando su gobierno va muchísimo más allá, y llama “daños colaterales” a los asesinatos de civiles en cualquier parte del mundo en que a ellos se les ocurra dar clases de democracia. Cómo se sentirá la gente de bien norteamericana cuando su gobierno sigueaplastando sin piedad a países enteros. Cómo se sentirán los honestos carpinteros norteamericanos cada vez que se hace evidente que los ideales que en su origen reivindicaron al individuo como una forma de reivindicar las libertades personales hoy son gas tóxico, misiles, usura, fraude, coima, chantaje hacia el vecino, el otro, el latino, el pobre, el débil, el exótico. Si hay norteamericanos indignados con la barbarie de su gobierno, se indignan en voz baja. No se los escucha desde aquí.
El péndulo vuelve a correrse de lugar una vez más. Estados Unidos vuelve a significar, como antes, no la ayuda sino la amenaza; no el ejemplo sino el bochorno; no la civilización sino la gula. El Manhattan de Woody Allen siempre fue de Woody Allen y de los norteamericanos. Incluso si les vendemos el alma por unos cuantos papeles que serán transferidos de banco a banco, a lo sumo nos dejarán mirar por la ventana, que es el lugar por donde miran las fiestas los criados.
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Por Juan Gelman
Reverberaba aún en la conciencia europea el caso Dreyfus cuando Kafka escribió, en octubre de 1914, su relato más despojadamente cruel: “En la colonia penitenciaria”. En 1906 había sido rehabilitado el capitán Dreyfus, único oficial judío del Estado Mayor Francés, que bajo la falsa acusación de espiar para Alemania sufrió degradación, corte marcial y una condena por la que inauguró el ex leprosario de la Isla del Diablo convertido en colonia penal. El caso sacudió durante años las entrañas políticas de Francia, irradió a media Europa y, a caballo de la ola de antisemitismo que cundió, Maurice Barres formulaba el concepto de que el individuo sólo era un eslabón de la cadena de generaciones y estaba irremisiblemente conformado por la sangre de los ancestros comunes a toda la nación, a los que el judío era extraño. Se trataba del “Blut und Boden” –sangre y suelo– que Hitler enarboló décadas después como infame bandera de la Shoá. No es curioso que esos hechos tuvieran presencia en el judío Kafka y en su obra: Josef K., protagonista de El proceso, es arrestado inopinadamente una mañana y sometido a juicio sin razón. Como Dreyfus.
La Isla del Diablo –1200 metros de largo por 400 de ancho– se encuentra a 10 kilómetros de la costa de la Guayana francesa y la colonia penal sólo fue clausurada en 1944. De allí escapó en su novena tentativa el asesino Henri Charriere (a) Papillon, quien narró sus peripecias en una autobiografía que Dalton Trumbo adaptó para el cine en 1973. El cuento de Kafka se desarrolla en la colonia penal de una isla del trópico en la que se habla francés, y ahí terminan las cercanías con el caso Dreyfus. La existencia en el relato de una casa de té sugiere que la acción transcurre en Oriente. Claro que hay más: una máquina infernal que ejecuta prisioneros y antes graba en sus cuerpos la sentencia que se les impuso por alguna infracción. Es la tortura, la escritura del poder. El oficial a cargo de la máquina describe entusiasmado sus virtudes al viajero que la observa y puede leerse aquí el repudio de Kafka al avance técnico aplicado por secuaces del atraso. Algo, sin embargo, mella la exaltación del oficial: ha muerto el viejo comandante de la colonia penal que diseñó la máquina y el nuevo quiere abolir esa práctica. Ruega entonces al viajero, un investigador distinguido, que abogue ante el último por la continuidad del método.
El oficial elogia sus ventajas y su argumentación está cargada de pasado. Rememora cómo eran las ejecuciones en los tiempos del antiguo comandante: el valle repleto de gente rodeando la máquina desde el día anterior a la ejecución, fanfarrias, todos los altos funcionarios de la isla sentados en la primera fila del espectáculo, la puja por verlo de cerca cuando se acercaba el final de la víctima y la preferencia dada a los niños. “Gracias a mi oficio –aclara el militar–, yo podía estar siempre al lado; con frecuencia permanecía allí en cuclillas, con dos niños pequeños en mis brazos. ¡Cómo recibíamos todos la expresión de transfiguración del rostro atormentado! ¡Cómo manteníamos nuestras mejillas al resplandor de esa justicia alcanzada por fin y que ya se acababa! ¡Qué tiempos aquellos, camarada!” Es lo que hoy han de decirse los Videla, Massera, Suárez Mason y otros torturadores, asesinos y desaparecedores de cadáveres que nos tocó padecer. Lo mismo se dirán “profesionales” de esa laya en Chile, Uruguay y no pocos países de América latina.
El final del cuento es paradigmático. El viajero pide ver la tumba del comandante fallecido y enterrado en la casa de té debajo de una mesa que el oficial aparta. Sobre la losa hay una inscripción que dice: “Aquí descansa el viejo comandante. Sus partidarios, a quienes ya no se permite llevar un nombre, le han cavado la fosa y colocado la losa. Existe una profecía que dice que el comandante resucitará después de un cierto número de años y, desde aquí, guiará a sus partidarios para reconquistar lacolonia. ¡Creed y esperad!”. Kafka no se equivocaba y no hubo mucho que esperar. El viejo comandante se encarnó en Hitler, Stalin, otros, para hacer la lista corta. Tiene una gran capacidad de resucitación.
En 1916 Kafka hizo en Praga una lectura pública de En la colonia penitenciaria. La prensa lo calificó de “libertino del horror”. Kurt Wolff, su editor, se negó a publicar el cuento porque le parecía “demasiado repugnante”. Kafka le respondió a Wolff: “Como aclaración a este relato, tengo que añadir que no sólo él es repugnante, sino que más bien nuestro tiempo en general, y el mío en particular, fue y es repugnante, en particular el mío”. Kafka tal vez nunca imaginó que Hiroshima, Nagasaki, la Shoá, la globalización brutal y otros genocidios amontonarían más capas de repugnancia sobre esa repugnancia. Ni que personajes como Bush hijo se empeñarían en aumentar la cantidad y calidad del producto.
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Por Osvaldo Bayer
Mientras el sistema del capitalismo globalizado presenta desolador cáncer en su propia cabeza, los argentinos, que hemos soportado todos los dislates, las mentiras y los robos del sistema a través de mentados sátrapas o infinitos incapaces y alcahuetes del mandamás de allende los mares, nos pasamos discutiendo las candidaturas. Somos los cándidos de las candidaturas. Reutemann o De la Sota, nos preguntamos, ante el quid que nos presenta desde la pantalla de todos los días un personaje minúsculo con influencias quizá obtenidas en sudadas antesalas de padrinos en ciudades, pampas y bolsas. Un personaje surgido de los rincones oscuros de Lomas de Zamora. Los argentinos no nos damos maña para no entrar en ese pasillo oscuro de candidaturas empujadas desde los salones de legislaturas y antesalas de comité. Volvemos a aquel panorama de la década del treinta con los caudillos de Avellaneda o el gobernador puntano y mendocino para ver si tal abogado radical vinculado con la banca británica podía llegar a ser presidente. Estamos en plena década del fraude patriótico porque por más que las elecciones sean "limpias" y todos los partidos tengan fiscales, el fraude ya fue hecho. Duhalde elige los candidatos y nosotros vamos a conformarnos con uno de ellos. O se libra la batalla con el inverosímil traficante de armas y de candidaturas y todo termina en un arreglo de caballeros: ni vos ni yo pero el presidente es tuyo y el gabinete es mío, Diputados es tuyo y Senadores es mío. Buenos Aires es mío y Córdoba y Santa Fe son tuyos. Que vendría a resultar la proclamación de Ramón Hernández-María Julia, con otros rostros sonrientes de los "candidatos del pueblo". El radicalismo terminó para siempre porque aquella vez después de tantas componendas y tantos arreglos designó a De la Rúa. Cuya vocación fue hacerse amigo del juez y trenzando, trenzando, los "jefes" finalmente se decidieron por él. Fue el error final. Terminó en el marasmo, se abrió la ventana y entró el aire fresco del basta de los engañados. Para eso tanta bala en la Patagonia y Nueva Pompeya contra obreros de traste planchado pero el ideal en los ojos; para eso tanto pacto con el gorilaje y aceptar presentarse solos a elecciones cuando las dictaduras prohibían a los otros. Para eso tantos intendentes al desaparecedor por excelencia. Ya está, radicales, calma radicales, a sus casas y a repensar los 86 años de fracasos, acomodos, ilusiones, buenas intenciones y traiciones a sí mismos y a eso nunca vivido que todavía citamos esperanzados, la democracia.
El peronismo fue una oportunidad distinta. El coronel llegó por un golpe al poder y jugó bien su populismo en un país rico donde se podía repartir, y repartió. Una historia argentina de rajes, afanos, personalismos lagrimeantes, plazas llenas repentinamente vacías, la California, la cañonera de Stroessner y los gorilas fusiladores. Una gran ópera trágicamente bufa. Y después la ilusión generosa de los jóvenes. (Con mártires buenos, buenos. Un luminoso de pura generosidad, Rodolfo; y uno que se puso a aprender a caminar la Latinoamérica heroica, John William.)
La tradición bien argentina: radicales, dictaduras, peronistas, dictaduras, radicales, y como final de toda la democracia barata y traicionada: Duhalde. Y las vacas fueron enflaqueciendo. Se aprendió el camino a Suiza y a rebajarles el sueldo a los maestros, y no reponer ladrillos en las escuelas. ¿Cómo explicar que el gobierno de Perón haya caído por obra del ejército, su origen? ¿Acaso al ejército no se lo educó en lo nacional y popular? Un ejército al servicio del pueblo decía el líder en los engalanados desfiles del 9 de Julio. Tres o cuatro gorilas terminaron con una doctrina que se enseñaba en las escuelas. Y cuatro o cinco almirantes educados en viejos buques ingleses dieron el puñetazo en la mesa y dispararon las brigadas populares azules y blancas, y las movilizaciones obreras Perón-Evita que iban a hacer el justicialismo desde las calles. (¿En qué quedó la denominada revolución de Evita? ¿Quién tomó sus ideales? ¿Qué gran movimiento se originó en su memoria? ¿Donde están las columnas de mujeres que en su nombre deberían tomar los puentes de Avellaneda? Nada, suplementos periodísticos en su aniversario, actos de los gordos de la CGT. ¿Qué teoría de ella informan nuestros libros de historia? Adornos, sólo adornos. Algún monumento, algún altar, alguna tumba adornada. Algún music-hall para las lágrimas.)
¿Qué nos dejó el peronismo oficial cuando terminó definitivamente con López Rega y sus Tres A? Un ejército desaparecedor --la mayoría de estos oficiales se educó durante el peronismo en los colegios militares y las academias de guerra--. ¿Qué se les enseñó? ¿Acaso el odio a todo lo que fueron liberación americana? (Recuerdo cuando la revolución guatemalteca fue vencida por los militares mercenarios de Estados Unidos y los perseguidos se refugiaron en la embajada argentina. Perón los mandó buscar en un avión argentino y fueron a parar directamente a la cárcel de Devoto. Una cobarde traición a la tradición de Zapata y Sandino.) Qué nos dejó el peronismo de la clase trabajadora formada en su origen en la FORA: los gordos de la CGT, que negocian con todo y con todos. (Y que a pesar de ellos hay organizaciones que siguen con aquella vieja tradición de seguir la lucha desde las calles.)
Un resumen desolador. Pero antes una pregunta: ¿Por qué ninguno de los dos partidos, radical y peronista, estableció una ley por la cual se condenaba a todo general golpista que había traicionado a la Constitución? No, todo lo contrario, los ex dictadores seguían cobrando sus sueldos, seguían detentando su uniforme y concurrían a los actos militares y eran saludados por todos los uniformados y civiles. Veamos el último acto militar con Brinzoni y Jaunarena. Estuvo presente el general borracho: Galtieri.
Un resumen pesimista hasta la tristeza que no se va. Porque si no, estas tristes calles de hoy, estos rostros de los "grasitas" de Evita en el frío. En el hambre. Vivimos la Argentina pobre después de ochenta y seis años de radicales, dictaduras, peronistas. Todos tuvieron todas las oportunidades. Huyeron, robaron, los culpables son los otros. Si me voltean a mí yo no soy el culpable por dejarme voltear sino el que me voltea. Hasta practicamos las relaciones carnales. Y rezamos todos los años a San Cayetano. No nos olvidamos de ninguno de nuestros deberes ciudadanos: cantar a la bandera, honrar a los héroes de Malvinas, escuchar a Hadad y darle cada vez más poder. Nuestras principales calles se llaman Yrigoyen y Perón, no Walsh ni Cooke. Ni Juan Ocampo y Luisa Llaiana, aquellos héroes primeros de los derechos a la dignidad en los orígenes de nuestras luchas en la calle, cuando los obreros enfrentaban a cara descubierta al más miserable de los miserables: el coronel Ramón Falcón, figura de la muerte en aquellos tiempos donde los obreros querían vida.
Síntesis actual del peronismo: Menem --que arrasó con el país y con los ideales-- y Duhalde quieren que todo lo antiguo se mantenga en el poder para seguir jugando al poker de la manija.
Ochenta y seis años de democracia, entre radicales y peronistas, y dictaduras que ellos permitieron. Hay que decir basta. Que se vayan con sus iconos y sus fracasos y sus traiciones. La sangre tiene que brotar nueva en nuestros jardines. Debe comenzar una nueva era, de caras jóvenes y almas limpias y banderas de luchas dignas. Ellos ya tuvieron la gran oportunidad, y nos dejaron este país de lágrimas, hambre, frío y roña. Decir no al pasado será el verdadero coraje civil que debamos demostrar en las calles para no avergonzarnos ante las próximas generaciones.
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Por Sandra Russo
Dibujo animado: el gato persigue al ratón. Lo persigue enloquecidamente. Tan fuera de sí está el gato, y tan fuera de sí está el ratón, que ni uno ni otro se dan cuenta de que la carrera los ha conducido al borde de un precipicio. Las leyes del dibujo animado se imponen, y los dos siguen corriendo en el vacío. Corren como sacados, y es que están sacados de la realidad. Están tan compenetrados en lo que están haciendo (perseguir y escapar) que suspenden la ley de gravedad. Probablemente el ratón, que es el más débil y en consecuencia quien saldrá beneficiado por las leyes del dibujo animado, llegue a cruzar el abismo y toque nuevamente tierra y siga corriendo. Pero el gato, en plena carrera, advertirá de pronto que abajo de sus pies no hay nada. Recién cuando el gato tome conciencia de la nada sobre la que corre, y precisamente porque toma esa conciencia, caerá.
En su libro Mirando al sesgo, el filósofo esloveno Slavoj Zizek usa este tipo de recursos de la cultura popular para explicar complejísimas nociones lacanianas que aun pese al afán docente del autor permanecen oscuras para los profanos. Pero haciendo una síntesis de sentido, se podrían ensayar algunas asociaciones con la realidad argentina y con el capitalismo. No asociar con Lacan, que sería pretencioso. Digo más bien con Tom y Jerry.
¿Quién es el gato y quién es el ratón? Es difícil precisarlo, pero podría pensarse este momento del capitalismo real como esa carrera entre ambos, como un sketch desarrollado en el aire, sobre el vacío. La fuerza arrolladora que tomaron en las décadas pasadas las ideas de la revolución conservadora que impusieron el modelo económico neoliberal son la inercia, el ilógico fuera de sí que hace creer a quienes corren que están pisando todavía tierra firme. Este vacío era la tierra más firme posible. Eso dijeron.
Hace algo más de una década, tras la Caída del Muro, las presuntas ñoñerías socialistas debieron dejar paso a los soberbios profetas del mercado. Uno de ellos, Arthur Seldon, tanque de pensamiento thatcherista, llegó a escribir que “El proceso de mercado induce incluso a malas personas a llevar a cabo acciones buenas, mientras que el proceso político hace que incluso personas buenas realicen cosas malas... La solución consiste en disciplinar la autoridad de los políticos y reducirla a su mínima expresión”. Taladraron, taladraron, taladraron. Lograron, y no sólo en la periferia sino también y sobre todo en el intestino mismo del Imperio, que la lógica empresarial fuera asimilada a la lógica política. Bush tiene su gabinete lleno de ex empresarios, como si las empresas norteamericanas fueran un semillero de gente idónea, pero los escándalos por contabilidad fraudulenta estallan uno tras otro.
Diciembre de 2001 significa, para los argentinos, la explosión sangrienta de una burbuja, el final de un estado de apatía popular que había dejado pasar de largo miles de atrocidades. Veníamos de años de saber cosas que nos negábamos colectivamente a saber (porque saber, tomar conciencia, ¿recuerdan el principio de esta nota?, hace al gato darse cuenta de que está corriendo en el vacío, lo hace caer). Pero diciembre de 2001 significó en Estados Unidos la explosión de otra burbuja. Fue entonces cuando cayó Enron, y después siguieron cayendo o comenzaron a ser investigados por sospechas de fraudes, de balances mal hechos y de corrupción, allí y en Europa, otros iconos capitalistas: Xerox, Johnson y Johnson, Global Crossing, IBM, Carlsberg, ABB, Tyco, Lucent, Peregrine Systems y otros tantos, hasta llegar ahora a WorldCom. Mientras los funcionarios norteamericanos siguen teniendo el patético coraje de dar consejos a los países que no han hecho más que seguir sus consejos, esta imagen de Tom y Jerry corriéndose más allá del precipicio, en el vacío, sigue viaje y llega a su punto de partida: no es la periferia sino el núcleo del capitalismo el escenario central de esta carrera en el aire. Elvacío dejado por las Torres Gemelas subraya el fenómeno: el atentado contra el símbolo del capitalismo dejó vacío lo que ya estaba vacío.
El gato y el ratón hace rato que están corriendo en el aire. Sólo la inercia que destiló tan concentrada y autoritariamente el pensamiento hegemónico permite aún que el gato y el ratón sigan corriendo. Pero desde diciembre de 2001 no ha cesado de aumentar de tamaño la fisura en esa inercia, que es lo único que sostiene esta ficción. El capitalismo ha hecho su striptease y ha mostrado sus carnes defectuosas. El mercado, finalmente, no hacía buenos a los malos: hacía lo contrario. El mercado no se autorregulaba: abusaba de la falta de regulaciones. El mercado no limpiaba las aguas que la política había ensuciado: las corroía mucho más profundamente, pero con el agravante de que a los políticos se los puede no votar, repudiar o remover. El mercado, en cambio, es anónimo, no está en ninguna parte, no tiene nombre, es Nadie. Por eso los mercados han luchado tan férreamente contra la política, por eso quieren deshacerla, desacreditarla, descomponerla. En parte lo han logrado descomponiendo a las clases políticas, encontrándole a cada quien su precio.
A la caída argentina le han seguido ahora otras caídas regionales. Caídas inevitables. Tom y Jerry han vuelto a sí, se han dado cuenta de que bajo sus pies no había nada. Caída, en el contexto del dibujo animado, equivale al regreso a la realidad: si se corre en el aire, se cae.
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